martes, 30 de noviembre de 2010

PEDRO SALINAS - La felicidad inminente

Miedo, temblor en mí, en mi cuerpo:
temblor como de árbol cuando el aire
viene de abajo y entra en él por las raíces,
y no mueve las hojas, ni se le ve.
Terror terrible, inmóvil.
Es la felicidad. Está ya cerca.
Pegando el oído se la oiría
en su gran mancha subceleste, hollando nubes.

Ella, la desmedida, remotísima,
se acerca aceleradamente,
a una velocidad de luz de estrella,
y tarda
todavía en llegar por que procede
de más allá de las constelaciones.
Ella, tan vaga e indecisa antes,
tiene escogido cuerpo, sitioy hora.
Me ha dicho: "Voy". Soy ya su destinada presa.
Suyo me siento antes de su llegada,
como el blanco se siente de la flecha,
apenas deja el arco, por el aire.
No queda el esperarla
indiferentemente, distraído,
con los ojos cerrados y jugando
a adivinar, entre los puntos cardinales,
cual la prohijará. Siempre se tiene
que esperar a la dicha con los ojos
terriblemente abiertos:
insomnio ya sin fin si no llegara.
Por esa puerta por la que entran todos
franqueará su paso lo imposible,
vestida de un ser más que entre en mi cuarto.
En esta luz y no en luces soñadas,
en esta misma luz en donde ahora
se exalta en blanco el hueco de su ausencia,
ha de lucir su forma decisiva.
Dejará de llamarse
felicidad, nombre sin dueño. Apenas
llegue se inclinará sobre mi oído
y me dirá: "Me llamo…"
La llamaré así, siempre, aún no sé cómo,
y nunca más felicidad.

Me estremece
un gran temblor de víspera y de alba,
porque viene derecha, toda, a mí.
Su gran tumulto y desatada prisa
este pecho eligió para romperse en él,
igual que escoge cada mar
su playa o su cantil donde quebrarse.
Soy yo, no hay duda; el peso incalculable
que alas leves transportan y se llama
felecidad, en todos los idiomas
y en el trino del pájaro,
sobre mí caerá todo,
como la luz del día entera cae
sobre los dos primeros ojos que la miran.
Escogido estoy ya para la hazaña
del gran gozo del mundo:
de soportar la dicha, de entregarle
todo lo que ella pide, carne, vida,
muerte, resurección, rosa, mordisco;
de acostumbrarme a su caricia indómita,
a su rostro tan duro a sus cabellos
desmelenados,
a la quemante lumbre, beso, abrazo,
entrega destructora de su cuerpo.
Lo fácil en el alma es lo que tiembla
al sentirla venir. Para que llege
hay que irse separando, uno por uno,
de costumbres, caprichos,
hasta quedarnos
vacantes, sueltos,
al vacar primitivo del ser recién nacidos,
para ella.
Quedarse bien desnudos.
tensas las fuerzas vírgenes
dormidas en el ser, nunca empleadas,
que ella, la dicha, sólo en el anuncio
de su ardiente inminencia galopante,
convova y pone en pie.

Porque viene a luchar su lucha en mí.
Veo su doble rostro,
su doble ser partido, como el nuestro,
las dos mitades fieras, enfrentadas.
En mi temblor se siente su temblor,
su gran dolor de la unidad que sueña,
imposible unidad, la que buscamos,
ella en mí, en ella yo. Por que la dicha
quiere yambién su dicha.
Desgarrada, en dos, llega con el miedo
de su virginidad inconquistable,
anhelante de verse conquistada.
Me necesita para ser dichosa,
lo mismo que a ella yo.
Lucha entre darse y no, partida alma;
su lidiar
lo sufrimos nosotros al tenerla.
Viene toda de amiga
porque soy necesario a su gran ansia
de ser
algo más que la idea de su vida;
como la rosa, vagabunda rosa,
necesita posarse en un rosal,
y hacerle así feliz, al florecerse.
Pero a su lado, inseparable doble,
una diosa humillada se retuerce,
toda enemiga de la carne esa
en la que viene a buscar mortal apoyo.
Lucha consigo.
Los elegidos para ser felices
somos tan solo carne
donde la dicha libra su combate.
Quiere quedarse e irse, se desgarra,
por sus heridas nuestra sangre brota,
ella, inmortal, se muere en nuestras vidas,
y somos los cadáveres que deja.
viva, ser viva, en algo humano quiere,
encarnarse, entregada, pero al fondo
su indomable altivez de diosa pura
en el último don niega la entrega,
si no es por un minuto, fugacísima.
En un minuto solo, pacto,
se la siente total y dicha nuestra.
Rendida en nuestro cuerpo,
ese diamante lúcido y soltero,
que en los ojos le brilla,
rodará rostro abajo, tibio par,
mientras la boca dice: "Tenme".
Y ella, divino ser, logra su dicha
sólo cuando nosotros la logramos
en la tierra, prestándole
los labios que no tiene. Así se calma
un instante su furia. Y ser felices
es el hacernos campo de su paces.

Patrick Demarchelier

Patrick Demarchelier

Giorgio Agamben - Profanaciones

Este libro de Giorgio Agamben reúne diez ensayos breves, diez sutiles indagaciones acerca de algunos temas centrales de la filosofía contemporánea: lo sagrado y lo profano, el proceso de subjetivación y dessubjetivación, la percepción benjaminiana del capitalismo como religión de la modernidad. El pensamiento de Agamben toma aquí diferentes ritmos, tonalidades, objetos: se sumerge en mitos antiguos y figuras cercanas -desde la imagen del Genius latino, hasta la del "ayudante" en kafka, en Walser, en Collodi. Reflexiona sobre la parodia, sobre el deseo, sobre la noción de autor en Michel Foucault; sobre qué significa "ser especial"; sobre el cuerpo convertido en puro medio sin fin; sobre la secreta solidaridad entre felicidad y magia.

domingo, 28 de noviembre de 2010

ROBERT JAMES WALLER - LOS PUENTES DE MADISON COUNTY

Queridos Carolyn y Michael:
Aunque me siento muy bien, creo que es tiempo de poner mis cosas en orden (como suele decirse). Hay algo, algo muy importante, que debéis saber. Por eso, os escribo esta carta.
Después de abrir la caja fuerte y encontrar el sobre marrón que va dirigido a mí, con matasellos de 1965, con seguridad llegaréis a esta carta. Si es posible, por favor, sentaos a leerla a la mesa de la cocina. Pronto entenderéis por qué os lo pido.
Me resulta difícil escribir esto a mis propios hijos, pero debo hacerlo. Es algo demasiado fuerte, demasiado hermoso como para que muera conmigo. Y si queréis saber quién ha sido vuestra madre, con todo lo bueno y todo lo malo, debéis saber lo que voy a contaros. Ánimo.
Como ya habéis descubierto, se llama Robert Kincaid. No sé a qué corresponde la inicial L. que había después de Robert. Era fotógrafo, y estuvo aquí en el año 1965, fotografiando los puentes cubiertos.
¿Recordáis cómo se entusiasmó la gente de aquí cuando las fotos aparecieron en el National Geographic? También recordaréis que, por esa época, yo empecé a recibir la revista. Ahora comprenderéis mi repentino interés por ella. A propósito, yo estaba con él, le llevaba una de las mochilas de las cámaras, cuando hizo la foto en Cedar Bridge.
Quiero que sepáis que yo quise a vuestro padre con un amor tranquilo. Lo sabía entonces y lo sé ahora. Él ha sido bueno conmigo y me ha dado dos hijos, vosotros, a quienes adoro. No lo olvidéis.
Pero Robert Kincaid era alguien diferente; no se parecía a nadie a quien yo hubiera visto o de quien hubiera oído hablar o sobre quién hubiera leído algo en toda mi vida. Es imposible que lleguéis a entenderlo totalmente. En primer lugar, vosotros no sois yo. En segundo lugar, hubierais tenido que estar cerca de él, mirarlo moverse, oírlo explicar que estaba en una rama muerta de la evolución. Tal vez os ayuden los cuadernos y los recortes de las revistas, pero tampoco eso será suficiente.
Además, él no era de este mundo. Es lo más claro que puedo decir sobre Robert. Siempre me pareció que era un ser parecido a un leopardo que había llegado en la cola de un cometa. Así se movía, y así era su cuerpo. De algún modo, era, al mismo tiempo, fuerte, afectuoso y bueno, poseído por cierto sentido trágico. Sentía que se estaba tornando anticuado en un mundo de ordenadores y robots y de organización generalizada. Se veía como a uno de los últimos cowboys, según decía; y también decía que tenía los colmillos viejos.
La primera vez que lo vi fue cuando se detuvo a preguntar cómo podía llegar a Roseman Bridge, vosotros tres estabais en la Feria de Illinois. Creedme, yo no andaba buscando ninguna aventura. Nada más lejos de mi mente. Pero lo miré unos segundos y enseguida supe que lo deseaba, aunque no tanto como llegué a desearlo después.
Y, por favor, no penséis que él era un Casanova que corría detrás de las campesinas para aprovecharse de ellas. No era así en absoluto. En realidad, era un poco tímido, y yo tuve tanto que ver con lo que pasó como él. Seguramente más. La nota que está guardada junto a su pulsera la dejé yo en Roseman Bridge para que él la viera, la mañana después que nos conocimos. Aparte de esa foto mía, esa nota es la única evidencia de mi existencia que le quedó a través de los años, de que no era un sueño que había tenido.
Sé que los hijos tienden a pensar que sus padres son un poco asexuales, de manera que espero no perturbaros, y, por cierto, espero que esto no destruya el recuerdo que tenéis de mí.
Robert y yo pasamos horas juntos en la vieja cocina. Hablábamos y bailábamos a la luz de las velas. Y, sí, hicimos el amor ahí y en el dormitorio y en la pradera y en cualquier lugar que se nos ocurría. Eran amores increíbles, poderosos, trascendentes, y continuaron casi sin cesar durante días. Al pensar en él, muchas veces me viene a la mente la palabra «poderoso». Porque eso era él cuando nos conocimos.
Era como una flecha en su intensidad. Yo me sentía desvalida cuando él me hacía el amor. No débil, no es así como me sentía. Sólo invadida por su viva fuerza emocional y física. Una vez, cuando se lo susurré, dijo con sencillez: «Soy el camino y soy un peregrino y soy todas las velas que salieron al mar».
Después miré el diccionario. Lo primero en que pensé cuando oí la palabra «peregrino» fue en «halcón». Pero la palabra tiene otros significados, y él seguramente lo sabía. Uno es «extranjero, «extraño». Otro es «vagabundo, andariego, migratorio». El latín peregrinus, una de las raíces de la palabra, significa desconocido. Él era todo eso... un desconocido, un extranjero, un vagabundo y, ahora que lo pienso, también era como un halcón.
Entended, hijos míos, que estoy tratando de expresar algo que no se puede decir con palabras. Sólo deseo que un día vosotros podéis vivir lo que yo he experimentado; de todos modos, empiezo a pensar que no es probable. Aunque supongo que no se estila decir estas cosas en nuestros tiempos más ilustrados, no creo que sea posible que una mujer posea el tipo particular de fuerza que tenía Robert Kincaid. De manera, Michael, que con eso quedas fuera. En cuanto a Carolyn, la mala noticia es que creo que sólo hubo un Robert Kincaid, y nada más.
Si no hubiera sido por vosotros y por vuestro padre yo me habría ido con él de inmediato. Me pidió, me rogó que me fuera con él. Pero yo no quise, y fue lo bastante sensible y atento como para no interferir en nuestras vidas después de eso.
La paradoja es que si no hubiera sido por Robert Kincaid no sé si hubiera podido quedarme en la granja todos estos años. En esos cuatro días me dio una vida, un universo. Nunca dejé de pensar en él ni por un momento. Aún cuando no pensaba en él conscientemente, lo sentía en alguna parte, siempre estaba ahí.
Eso no modificó nunca mis sentimientos por vosotros dos y por papá. Si pienso un momento solamente en mí, creo que no tomé una buena decisión. Pero teniendo en cuenta a mi familia, creo que sí.
Aunque debo ser honesta y admitirlo, Robert Kincaid comprendió desde el principio, mejor que yo, lo que formábamos entre ambos. Creo que sólo con el tiempo comencé, gradualmente, a darme cuenta. Si realmente lo hubiera comprendido, cuando me pidió cara a cara que me fuera con él probablemente lo habría hecho.
Robert pensaba que el mundo se había vuelto demasiado racional, que había dejado de confiar en la magia como debería. A menudo me he preguntado si yo no había sido demasiado racional al tomar mi decisión.
Estoy segura de que mi voluntad sobre mi entierro debe de haberos parecido incomprensible; tal vez pensasteis que era el producto de la confusión mental de una vieja. Después de leer la carta del abogado de Seattle de 1982 y mis cuadernos, comprenderéis por qué lo quise así. Le di mi vida a mi familia; a Robert lo que quedaba de mí.
Creo que Richard sabía que había algo en mí a lo que él no tenía acceso, y a veces me pregunto si encontró el sobre marrón que yo guardaba en casa, en el escritorio. Poco antes de su muerte, estaba sentada junto a él en el hospital de Des Moines y me dijo: «Francesca, sé que tú también tuviste tus propios sueños. Lamento no haber podido dártelos yo». Fue el momento más conmovedor de nuestra vida en común.
No quiero que os sintáis culpables ni tristes por estas cosas. No es lo que pretendo. Sólo quiero que sepáis cuánto he amado a Robert Kincaid. Lo he tenido en mis pensamientos todos los días, todos estos años, lo mismo que él a mí.
Aunque nunca volvimos a hablarnos, seguimos indisolublemente unidos; tanto como pueden estarlo dos personas. No encuentro las palabras para expresar esto adecuadamente. Él lo expresó mejor cuando dijo que ya no éramos dos seres distintos, y que nos habíamos convertido en una tercera persona, formada por los dos. Ninguno de lo dos existía en forma independiente de ese ser. Y ese ser andaba a la deriva.
Carolyn, recordarás la terrible pelea que tuvimos una vez sobre un vestido color rosa que yo guardaba en mi armario. Tú lo habías visto y querías ponértelo. Decías que no recordabas habérmelo visto puesto nunca, entonces, ¿por qué no podía arreglarlo para que te sirviera a ti? Ése fue el vestido que me puse la noche que Robert y yo hicimos el amor por primera vez. Nunca en mi vida estuve tan bonita como esa noche. El vestido era un pequeño recuerdo tonto de aquella época. Por eso nunca volví a ponérmelo y me negué a permitirte usarlo.
Después que Robert se fue de aquí en 1965, me di cuenta de lo poco que sabía de él en cuanto a la historia de su familia. Aunque creo que me enteré de casi todo lo que le concernía, de todo lo que realmente importaba, en esos breves días. Era hijo único, sus padres habían muerto, y él había nacido en un pueblecito de Ohio.
Ni siquiera estoy segura de si fue a la universidad, o a la escuela secundaria, pero tenía una inteligencia brillante a su manera, pura, primitiva, casi mística. Ah, sí, fue fotógrafo de guerra con los Marines en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial.
Estuvo casado una vez y se divorció, mucho antes de conocerme. No tuvo hijos. Su mujer tenía algo que ver con la música, creo recordar que era cantante folk, y las largas ausencias de Robert para sus reportajes fotográficos eran difíciles de soportar. Él asumía la culpa por la separación.
Aparte de eso, que yo sepa, Robert no tenía familia. Os pido que lo consideréis parte de la nuestra, por muy duro que os parezca al principio. Al menos yo tenía una familia, una vida con otros. Robert estaba solo. No era justo, y yo lo sabía.
Prefiero, o al menos eso creo, por la memoria de Richard y por la forma en que habla la gente, que de alguna manera todo esto quede en el seno de la familia Johnson. Pero lo dejo a vuestro juicio.
De todas maneras no me avergüenzo de lo que ocurrió entre Robert Kincaid y yo. Al contrario. Todos estos años lo he amado desesperadamente, aunque por razones personales traté una sola vez de ponerme en contacto con él. Fue después de la muerte de vuestro padre. Mi intento fracasó, y temí que le hubiese sucedido «algo», y por ese miedo nunca volví a intentarlo. Simplemente no podía enfrentarme con la realidad. De manera que imaginaréis lo que sentí cuando llegó, en 1982, el paquete con la carta del abogado.
Como os he dicho, espero que comprendáis que no pienso mal de mí misma. Si me queréis, debéis comprender lo que hice.
Robert Kincaid me enseñó lo que es ser mujer de una forma que pocas mujeres, tal vez ninguna, experimentará jamás. Era un hombre agradable y cariñoso, y, por cierto, merece vuestro respeto y quizá vuestro amor. Espero que podáis brindarle las dos cosas. A su manera, a través de mí, ha sido bueno con vosotros.
Que Dios os acompañe, hijos míos.

Mamá

Waller Robert J. - Los Puentes de Madison County

Sávats - El Hombre Blandengue

cover

Si, idiota
El esqueleto
Yo digo, tu dices
Abril
Hacia ningún sitio
Y aún cae
En la cama o en el suelo
Alargo algo
...
Deslizar
17.000

El hombre blandengue

Andre Brito

Andre Brito

Thomas Pynchon - Entropia

Thomas Pynchon - Entropia

sábado, 27 de noviembre de 2010

EDGAR ALLAN POE - ELEONORA

Edgar Allan Poe - Eleonora

SALOME VORFAS

SEAL ”SECRET”

Inocua - La Llave de los sueños

carátula

Viento
Psycho
Tan facil como solo convencerte
Ecos de mi juventud
Oceáno
Errante
Hasta el amanecer
Sensación
Volar
Pájaro Azul

La llave de los sueños