martes, 30 de noviembre de 2010

PEDRO SALINAS - La felicidad inminente

Miedo, temblor en mí, en mi cuerpo:
temblor como de árbol cuando el aire
viene de abajo y entra en él por las raíces,
y no mueve las hojas, ni se le ve.
Terror terrible, inmóvil.
Es la felicidad. Está ya cerca.
Pegando el oído se la oiría
en su gran mancha subceleste, hollando nubes.

Ella, la desmedida, remotísima,
se acerca aceleradamente,
a una velocidad de luz de estrella,
y tarda
todavía en llegar por que procede
de más allá de las constelaciones.
Ella, tan vaga e indecisa antes,
tiene escogido cuerpo, sitioy hora.
Me ha dicho: "Voy". Soy ya su destinada presa.
Suyo me siento antes de su llegada,
como el blanco se siente de la flecha,
apenas deja el arco, por el aire.
No queda el esperarla
indiferentemente, distraído,
con los ojos cerrados y jugando
a adivinar, entre los puntos cardinales,
cual la prohijará. Siempre se tiene
que esperar a la dicha con los ojos
terriblemente abiertos:
insomnio ya sin fin si no llegara.
Por esa puerta por la que entran todos
franqueará su paso lo imposible,
vestida de un ser más que entre en mi cuarto.
En esta luz y no en luces soñadas,
en esta misma luz en donde ahora
se exalta en blanco el hueco de su ausencia,
ha de lucir su forma decisiva.
Dejará de llamarse
felicidad, nombre sin dueño. Apenas
llegue se inclinará sobre mi oído
y me dirá: "Me llamo…"
La llamaré así, siempre, aún no sé cómo,
y nunca más felicidad.

Me estremece
un gran temblor de víspera y de alba,
porque viene derecha, toda, a mí.
Su gran tumulto y desatada prisa
este pecho eligió para romperse en él,
igual que escoge cada mar
su playa o su cantil donde quebrarse.
Soy yo, no hay duda; el peso incalculable
que alas leves transportan y se llama
felecidad, en todos los idiomas
y en el trino del pájaro,
sobre mí caerá todo,
como la luz del día entera cae
sobre los dos primeros ojos que la miran.
Escogido estoy ya para la hazaña
del gran gozo del mundo:
de soportar la dicha, de entregarle
todo lo que ella pide, carne, vida,
muerte, resurección, rosa, mordisco;
de acostumbrarme a su caricia indómita,
a su rostro tan duro a sus cabellos
desmelenados,
a la quemante lumbre, beso, abrazo,
entrega destructora de su cuerpo.
Lo fácil en el alma es lo que tiembla
al sentirla venir. Para que llege
hay que irse separando, uno por uno,
de costumbres, caprichos,
hasta quedarnos
vacantes, sueltos,
al vacar primitivo del ser recién nacidos,
para ella.
Quedarse bien desnudos.
tensas las fuerzas vírgenes
dormidas en el ser, nunca empleadas,
que ella, la dicha, sólo en el anuncio
de su ardiente inminencia galopante,
convova y pone en pie.

Porque viene a luchar su lucha en mí.
Veo su doble rostro,
su doble ser partido, como el nuestro,
las dos mitades fieras, enfrentadas.
En mi temblor se siente su temblor,
su gran dolor de la unidad que sueña,
imposible unidad, la que buscamos,
ella en mí, en ella yo. Por que la dicha
quiere yambién su dicha.
Desgarrada, en dos, llega con el miedo
de su virginidad inconquistable,
anhelante de verse conquistada.
Me necesita para ser dichosa,
lo mismo que a ella yo.
Lucha entre darse y no, partida alma;
su lidiar
lo sufrimos nosotros al tenerla.
Viene toda de amiga
porque soy necesario a su gran ansia
de ser
algo más que la idea de su vida;
como la rosa, vagabunda rosa,
necesita posarse en un rosal,
y hacerle así feliz, al florecerse.
Pero a su lado, inseparable doble,
una diosa humillada se retuerce,
toda enemiga de la carne esa
en la que viene a buscar mortal apoyo.
Lucha consigo.
Los elegidos para ser felices
somos tan solo carne
donde la dicha libra su combate.
Quiere quedarse e irse, se desgarra,
por sus heridas nuestra sangre brota,
ella, inmortal, se muere en nuestras vidas,
y somos los cadáveres que deja.
viva, ser viva, en algo humano quiere,
encarnarse, entregada, pero al fondo
su indomable altivez de diosa pura
en el último don niega la entrega,
si no es por un minuto, fugacísima.
En un minuto solo, pacto,
se la siente total y dicha nuestra.
Rendida en nuestro cuerpo,
ese diamante lúcido y soltero,
que en los ojos le brilla,
rodará rostro abajo, tibio par,
mientras la boca dice: "Tenme".
Y ella, divino ser, logra su dicha
sólo cuando nosotros la logramos
en la tierra, prestándole
los labios que no tiene. Así se calma
un instante su furia. Y ser felices
es el hacernos campo de su paces.

Patrick Demarchelier

Patrick Demarchelier

Giorgio Agamben - Profanaciones

Este libro de Giorgio Agamben reúne diez ensayos breves, diez sutiles indagaciones acerca de algunos temas centrales de la filosofía contemporánea: lo sagrado y lo profano, el proceso de subjetivación y dessubjetivación, la percepción benjaminiana del capitalismo como religión de la modernidad. El pensamiento de Agamben toma aquí diferentes ritmos, tonalidades, objetos: se sumerge en mitos antiguos y figuras cercanas -desde la imagen del Genius latino, hasta la del "ayudante" en kafka, en Walser, en Collodi. Reflexiona sobre la parodia, sobre el deseo, sobre la noción de autor en Michel Foucault; sobre qué significa "ser especial"; sobre el cuerpo convertido en puro medio sin fin; sobre la secreta solidaridad entre felicidad y magia.

domingo, 28 de noviembre de 2010

ROBERT JAMES WALLER - LOS PUENTES DE MADISON COUNTY

Queridos Carolyn y Michael:
Aunque me siento muy bien, creo que es tiempo de poner mis cosas en orden (como suele decirse). Hay algo, algo muy importante, que debéis saber. Por eso, os escribo esta carta.
Después de abrir la caja fuerte y encontrar el sobre marrón que va dirigido a mí, con matasellos de 1965, con seguridad llegaréis a esta carta. Si es posible, por favor, sentaos a leerla a la mesa de la cocina. Pronto entenderéis por qué os lo pido.
Me resulta difícil escribir esto a mis propios hijos, pero debo hacerlo. Es algo demasiado fuerte, demasiado hermoso como para que muera conmigo. Y si queréis saber quién ha sido vuestra madre, con todo lo bueno y todo lo malo, debéis saber lo que voy a contaros. Ánimo.
Como ya habéis descubierto, se llama Robert Kincaid. No sé a qué corresponde la inicial L. que había después de Robert. Era fotógrafo, y estuvo aquí en el año 1965, fotografiando los puentes cubiertos.
¿Recordáis cómo se entusiasmó la gente de aquí cuando las fotos aparecieron en el National Geographic? También recordaréis que, por esa época, yo empecé a recibir la revista. Ahora comprenderéis mi repentino interés por ella. A propósito, yo estaba con él, le llevaba una de las mochilas de las cámaras, cuando hizo la foto en Cedar Bridge.
Quiero que sepáis que yo quise a vuestro padre con un amor tranquilo. Lo sabía entonces y lo sé ahora. Él ha sido bueno conmigo y me ha dado dos hijos, vosotros, a quienes adoro. No lo olvidéis.
Pero Robert Kincaid era alguien diferente; no se parecía a nadie a quien yo hubiera visto o de quien hubiera oído hablar o sobre quién hubiera leído algo en toda mi vida. Es imposible que lleguéis a entenderlo totalmente. En primer lugar, vosotros no sois yo. En segundo lugar, hubierais tenido que estar cerca de él, mirarlo moverse, oírlo explicar que estaba en una rama muerta de la evolución. Tal vez os ayuden los cuadernos y los recortes de las revistas, pero tampoco eso será suficiente.
Además, él no era de este mundo. Es lo más claro que puedo decir sobre Robert. Siempre me pareció que era un ser parecido a un leopardo que había llegado en la cola de un cometa. Así se movía, y así era su cuerpo. De algún modo, era, al mismo tiempo, fuerte, afectuoso y bueno, poseído por cierto sentido trágico. Sentía que se estaba tornando anticuado en un mundo de ordenadores y robots y de organización generalizada. Se veía como a uno de los últimos cowboys, según decía; y también decía que tenía los colmillos viejos.
La primera vez que lo vi fue cuando se detuvo a preguntar cómo podía llegar a Roseman Bridge, vosotros tres estabais en la Feria de Illinois. Creedme, yo no andaba buscando ninguna aventura. Nada más lejos de mi mente. Pero lo miré unos segundos y enseguida supe que lo deseaba, aunque no tanto como llegué a desearlo después.
Y, por favor, no penséis que él era un Casanova que corría detrás de las campesinas para aprovecharse de ellas. No era así en absoluto. En realidad, era un poco tímido, y yo tuve tanto que ver con lo que pasó como él. Seguramente más. La nota que está guardada junto a su pulsera la dejé yo en Roseman Bridge para que él la viera, la mañana después que nos conocimos. Aparte de esa foto mía, esa nota es la única evidencia de mi existencia que le quedó a través de los años, de que no era un sueño que había tenido.
Sé que los hijos tienden a pensar que sus padres son un poco asexuales, de manera que espero no perturbaros, y, por cierto, espero que esto no destruya el recuerdo que tenéis de mí.
Robert y yo pasamos horas juntos en la vieja cocina. Hablábamos y bailábamos a la luz de las velas. Y, sí, hicimos el amor ahí y en el dormitorio y en la pradera y en cualquier lugar que se nos ocurría. Eran amores increíbles, poderosos, trascendentes, y continuaron casi sin cesar durante días. Al pensar en él, muchas veces me viene a la mente la palabra «poderoso». Porque eso era él cuando nos conocimos.
Era como una flecha en su intensidad. Yo me sentía desvalida cuando él me hacía el amor. No débil, no es así como me sentía. Sólo invadida por su viva fuerza emocional y física. Una vez, cuando se lo susurré, dijo con sencillez: «Soy el camino y soy un peregrino y soy todas las velas que salieron al mar».
Después miré el diccionario. Lo primero en que pensé cuando oí la palabra «peregrino» fue en «halcón». Pero la palabra tiene otros significados, y él seguramente lo sabía. Uno es «extranjero, «extraño». Otro es «vagabundo, andariego, migratorio». El latín peregrinus, una de las raíces de la palabra, significa desconocido. Él era todo eso... un desconocido, un extranjero, un vagabundo y, ahora que lo pienso, también era como un halcón.
Entended, hijos míos, que estoy tratando de expresar algo que no se puede decir con palabras. Sólo deseo que un día vosotros podéis vivir lo que yo he experimentado; de todos modos, empiezo a pensar que no es probable. Aunque supongo que no se estila decir estas cosas en nuestros tiempos más ilustrados, no creo que sea posible que una mujer posea el tipo particular de fuerza que tenía Robert Kincaid. De manera, Michael, que con eso quedas fuera. En cuanto a Carolyn, la mala noticia es que creo que sólo hubo un Robert Kincaid, y nada más.
Si no hubiera sido por vosotros y por vuestro padre yo me habría ido con él de inmediato. Me pidió, me rogó que me fuera con él. Pero yo no quise, y fue lo bastante sensible y atento como para no interferir en nuestras vidas después de eso.
La paradoja es que si no hubiera sido por Robert Kincaid no sé si hubiera podido quedarme en la granja todos estos años. En esos cuatro días me dio una vida, un universo. Nunca dejé de pensar en él ni por un momento. Aún cuando no pensaba en él conscientemente, lo sentía en alguna parte, siempre estaba ahí.
Eso no modificó nunca mis sentimientos por vosotros dos y por papá. Si pienso un momento solamente en mí, creo que no tomé una buena decisión. Pero teniendo en cuenta a mi familia, creo que sí.
Aunque debo ser honesta y admitirlo, Robert Kincaid comprendió desde el principio, mejor que yo, lo que formábamos entre ambos. Creo que sólo con el tiempo comencé, gradualmente, a darme cuenta. Si realmente lo hubiera comprendido, cuando me pidió cara a cara que me fuera con él probablemente lo habría hecho.
Robert pensaba que el mundo se había vuelto demasiado racional, que había dejado de confiar en la magia como debería. A menudo me he preguntado si yo no había sido demasiado racional al tomar mi decisión.
Estoy segura de que mi voluntad sobre mi entierro debe de haberos parecido incomprensible; tal vez pensasteis que era el producto de la confusión mental de una vieja. Después de leer la carta del abogado de Seattle de 1982 y mis cuadernos, comprenderéis por qué lo quise así. Le di mi vida a mi familia; a Robert lo que quedaba de mí.
Creo que Richard sabía que había algo en mí a lo que él no tenía acceso, y a veces me pregunto si encontró el sobre marrón que yo guardaba en casa, en el escritorio. Poco antes de su muerte, estaba sentada junto a él en el hospital de Des Moines y me dijo: «Francesca, sé que tú también tuviste tus propios sueños. Lamento no haber podido dártelos yo». Fue el momento más conmovedor de nuestra vida en común.
No quiero que os sintáis culpables ni tristes por estas cosas. No es lo que pretendo. Sólo quiero que sepáis cuánto he amado a Robert Kincaid. Lo he tenido en mis pensamientos todos los días, todos estos años, lo mismo que él a mí.
Aunque nunca volvimos a hablarnos, seguimos indisolublemente unidos; tanto como pueden estarlo dos personas. No encuentro las palabras para expresar esto adecuadamente. Él lo expresó mejor cuando dijo que ya no éramos dos seres distintos, y que nos habíamos convertido en una tercera persona, formada por los dos. Ninguno de lo dos existía en forma independiente de ese ser. Y ese ser andaba a la deriva.
Carolyn, recordarás la terrible pelea que tuvimos una vez sobre un vestido color rosa que yo guardaba en mi armario. Tú lo habías visto y querías ponértelo. Decías que no recordabas habérmelo visto puesto nunca, entonces, ¿por qué no podía arreglarlo para que te sirviera a ti? Ése fue el vestido que me puse la noche que Robert y yo hicimos el amor por primera vez. Nunca en mi vida estuve tan bonita como esa noche. El vestido era un pequeño recuerdo tonto de aquella época. Por eso nunca volví a ponérmelo y me negué a permitirte usarlo.
Después que Robert se fue de aquí en 1965, me di cuenta de lo poco que sabía de él en cuanto a la historia de su familia. Aunque creo que me enteré de casi todo lo que le concernía, de todo lo que realmente importaba, en esos breves días. Era hijo único, sus padres habían muerto, y él había nacido en un pueblecito de Ohio.
Ni siquiera estoy segura de si fue a la universidad, o a la escuela secundaria, pero tenía una inteligencia brillante a su manera, pura, primitiva, casi mística. Ah, sí, fue fotógrafo de guerra con los Marines en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial.
Estuvo casado una vez y se divorció, mucho antes de conocerme. No tuvo hijos. Su mujer tenía algo que ver con la música, creo recordar que era cantante folk, y las largas ausencias de Robert para sus reportajes fotográficos eran difíciles de soportar. Él asumía la culpa por la separación.
Aparte de eso, que yo sepa, Robert no tenía familia. Os pido que lo consideréis parte de la nuestra, por muy duro que os parezca al principio. Al menos yo tenía una familia, una vida con otros. Robert estaba solo. No era justo, y yo lo sabía.
Prefiero, o al menos eso creo, por la memoria de Richard y por la forma en que habla la gente, que de alguna manera todo esto quede en el seno de la familia Johnson. Pero lo dejo a vuestro juicio.
De todas maneras no me avergüenzo de lo que ocurrió entre Robert Kincaid y yo. Al contrario. Todos estos años lo he amado desesperadamente, aunque por razones personales traté una sola vez de ponerme en contacto con él. Fue después de la muerte de vuestro padre. Mi intento fracasó, y temí que le hubiese sucedido «algo», y por ese miedo nunca volví a intentarlo. Simplemente no podía enfrentarme con la realidad. De manera que imaginaréis lo que sentí cuando llegó, en 1982, el paquete con la carta del abogado.
Como os he dicho, espero que comprendáis que no pienso mal de mí misma. Si me queréis, debéis comprender lo que hice.
Robert Kincaid me enseñó lo que es ser mujer de una forma que pocas mujeres, tal vez ninguna, experimentará jamás. Era un hombre agradable y cariñoso, y, por cierto, merece vuestro respeto y quizá vuestro amor. Espero que podáis brindarle las dos cosas. A su manera, a través de mí, ha sido bueno con vosotros.
Que Dios os acompañe, hijos míos.

Mamá

Waller Robert J. - Los Puentes de Madison County

Sávats - El Hombre Blandengue

cover

Si, idiota
El esqueleto
Yo digo, tu dices
Abril
Hacia ningún sitio
Y aún cae
En la cama o en el suelo
Alargo algo
...
Deslizar
17.000

El hombre blandengue

Andre Brito

Andre Brito

Thomas Pynchon - Entropia

Thomas Pynchon - Entropia

viernes, 26 de noviembre de 2010

Andre Brito

Andre Brito

Malcolm Lowry - Bajo el volcán

Con los ojos de la mente volvió a ver «Los Borrachones», aquella extraordinaria imagen colgada en la pared de Laruelle, sólo que ahora adquiría un aspecto un tanto distinto. ¿Acaso no tendría otro significado ese cuadro, carente de intención como su humorismo, más allá de lo simbólicamente obvio? Vio que aquellos personajes con aspecto de espíritus, aparentemente se volvían más libres, más separados, y sus nobles rostros característicos tornaban a ser más característicos, más nobles, mientras mayor era su ascenso hacia la luz; aquellos seres rubicundos que se semejaban a demonios amontonados, se volvían más parecidos entre sí, más juntos, más semejantes a un único demonio mientras mayor era su cercanía a las tinieblas. Tal vez esto no fuera tan ridículo. Cuando él había luchado por elevarse, como al principio de su existencia con Yvonne, ¿acaso los «rasgos» de la vida no habían parecido aclararse, animarse más, los amigos y enemigos volverse más identificables, los problemas especiales, las escenas, y con ellos el sentido de su propia realidad, más separados de sí mismo? ¿Y no resultó que, mientras más se hundía mayor era la tendencia de aquellos rasgos a disimularse, a obstruirse y resolverse, para, a la larga, transformarse en algo apenas mejor que horrendas criaturas de su hipócrito yo interno y externo, o de su lucha, si la lucha existía aún? Sí, pero aunque lo hubiera deseado, anhelado, este mismo mundo material, por ilusorio que fuese, pudo haberse convertido en aliado para indicarle el buen camino. En este caso no habría habido recurrencia, por medio de voces irreales y engañosas y formas de disolución que cada vez se asemejaban más a una sola voz, a una muerte más muerta que la muerte misma, sino una infinita dilatación, una infinita evolución y extensión de límites, en que el espíritu era una entidad, perfecta e íntegra: ¡ah! ¿quién sabe por qué fue ofrecido al hombre —por acosada que fuese su suerte— el amor? Y sin embargo, tenía que enfrentarse a ello: había caído, caído, caído hasta... pero ahora mismo se percataba de no haber llegado enteramente hasta el fondo. Todavía no era el fin completo. Era como si su caída se hubiese detenido sobre un estrecho borde, borde desde el que no podía subir ni bajar, y sobre el cual yacía bañado en sangre y medio aturdido mientras que allá abajo, en las lejanas profundidades, aguardaba el abismo bostezando.

Fragmento de Bajo el volcán

jueves, 25 de noviembre de 2010

Alexandra Catiere

Alexandra Catiere

Carlos Sampayo - Duke Ellington & John Coltrane

Sobre esas pesadillas y anhelos, el polvo también flotaba, acechando. En su ingravidez, era la constatación de nuestra espera, la imagen casi corpórea del éxtasis y la inocencia ávida con que recibimos la novedad de que John Coltrane y Duke Ellington habían grabado un disco juntos. En él, otra vez gracias a los buenos oficios de Bob Thiele, que seguramente se creía el Dios de los monoteístas, se acabarían las discusiones sobre la autenticidad de uno u otro signo. No habría más batallas entre modernistas y clasicistas (llamados tradicionalistas en las playas remotas), ni furibundas miradas ni sabotajes: Ellington, que en los años veinte había sido tan hot como Armstorng o Sidney Bechet, permitía que el primero entre los heterodoxos, un bulímico espiritualista lleno de manías y con la sorpresa de la destrucción encerrada en su cuerpo, entrara en sus aparentemente democráticos dominios para un coloquio entre iguales, paralelos, independientes, superpuestos y complementarios.

Duke Ellington & John Coltrane comienza con un conmovedor “In a Sentimental Mood” donde Duke, inventor de la melodía, perfila mediante una figura repetida, de consistencia frágil, un estado de ánimo que no es exactamente sentimental sino el de la rememoración de otro estado de ánimo. La fórmula de su mano derecha, combinada con las notas largas de Coltrane, es mágica. En esa época el saxofonista tenía la costumbre de calmarse la ansiedad con enormes vasos de agua caliente, sustancia exenta de cualquier significado. Las otras siete piezas del repertorio del disco, ya encaminadas por la primera, ponen al descubierto combinaciones tan extrañas como lo son las que sustentan cualquier amistad profunda o relación de amor entre personas moralmente equilibradas (donde bien puede tratarse de dos inmorales, dos asesinos, dos artistas)... aunque Coltrane y Ellington no eran amigos; más de uno puso en duda que, después del experimento, volvieran a cruzarse más allá que en ocasión de algún festival de jazz. El uno con sus grandes vasos de agua caliente, el otro con sus gotas de codeína en los ojos, en las piadosamente conocidas como “las ojeras de Ellington”.

martes, 23 de noviembre de 2010

Leni Riefenstahl

Leni Riefenstahl

Eduardo Galeano - Los nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida,
            jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja
            de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

de El libro de los abrazos

lunes, 22 de noviembre de 2010

MARIO BENEDETTI – ASALTO EN LA NOCHE

Doña Valentina Palma de Abreu, 49 años, viuda desde sus 41, se despertó bruscamente a las 2 de a madrugada. Le pareció que el ruido venía del living. Sin encender la luz, y así como estaba, en camisón, dejó la cama y caminó con pasos afelpados hacia el ambiente mayor del confortable piso. Entonces sí encendió la luz. Tres metros más allá, de pie y con expresión de desconcierto, estaba un hombre joven, de vaqueros azules y gabardina desabrochada.

- Hola! -dijo ella. Debido tal vez a la brevedad del saludo, logró no tartamudear.

- Usted perdone -dijo el intruso- Me habían informado que usted estaba de viaje. Pensé que no había nadie.

- Ah. Y a qué se debe la visita?

- Tenía la intención de llevarme algunas cositas.

- Cómo pudo entrar?

- Por la cocina. No tuve que forzar la cerradura. En estas lides soy bastante habilidoso.

- Puedo saber si está armado?

- No me ofenda. Siempre averiguo antes de llevar a cabo una operación. Esta vez no me informé bien, lo reconozco. Pero solo decido operar cuando estoy seguro de que no voy a encontrar a nadie. Y si es así, para qué necesito armas?

- Y qué cositas le habrían interesado? Me imagino que sabrá que a esta hora intempestiva no es fácil largarse con un televisor de 22"" o un horno microondas, o una porcelana de Lladró.

- Tiene todo eso? Enhorabuena. Pero en estas excursiones de medianoche no me dedico a mercaderías de difícil transporte. Prefiero joyas, dinero en efectivo (si es posible, dólares, o en todo caso marcos), alguna antigüedad mas bien chiquita, que quepa en un bolsillo de la gabardina. Cosas así, rendidoras, de buen gusto, de escaso riesgo o fáciles de convertir en vil metal.

- Desde cuándo se dedica a una profesión tan lucrativa y con tanto futuro?

- Dos años y cuatro meses.

- Que precisión

- Lo que pasa es que mi primer procedimiento lo efectué al día siguiente de mi cumpleaños número treinta y cuatro.

- Y qué lo impulsó a tomar este rumbo?

- Mire, señora, yo soy casi arquitecto. en realidad, me faltan tres materias y la carpeta final. Pero me estaba muriendo de hambre. Tal vez usted no sepa que aquí el trabajo escasea. Por otra parte, no tengo padres ni tíos que me financien la vida. Ni siquiera padrino. Como dicen en España, estoy más solo que la una. Y ya lo ve, desde que emprendí mis excursiones nocturnas, al menos sobrevivo. Y hasta ahorro. Cuando tenga lo suficiente, creo que me compraré un taxi. Sé de otros dos casi arquitectos y un casi ingeniero que se decidieron por el taxi y les va bien.

- Y en ese caso abandonaría estas gangas clandestinas?

- No lo creo. El taxi sería sólo un complemento.

Doña Valentina, viuda de Abreu, entendió que era el momento de sonreír. Y sonrió.

- Qué le parece si dejamos para más tarde la elección de las cositas que compondrán su amable pillaje de esta noche, y ahora nos tomamos un trago?

Al hombre le llevó unos minutos acostumbrarse a esta nueva sorpresa, pero al final asintió.

- Está bien. Veo que usted asume con serenidad las situaciones inesperadas.

- Qué quería? Que me pusiera a temblar?

- De ninguna manera. Es mucho mejor así.

La dueña de casa se dirigió al barcito de caoba y extrajo dos vasos.

- Qué whisky prefiere? Escocés, irlandés o americano?

- Irlandés, por supuesto.

- Yo también. Con o sin hielo?

Una vez servidas las exactas medidas en los largos vasos de cristal azulado, posiblemente de Bohemia, el intruso levantó el suyo.

- Brindemos, señora.

- Por qué o por quién?

- Por la comprensión de la alta burguesía nacional.

- Salud! Y también por la frustración arquitectónica.

Cuando iban por la segunda copa, doña Valentina midió al hombre con una mirada que tenía un poco de cálculo y otro poco de seducción. Pensó además que era el momento de recuperar su sonrisa. Y la recuperó.

- Ahora dígame una cosa. En su botín de esta noche, no le interesaría mi camisón?

- Su camisón?

- si. Le advierto que bajo el camisón no tengo nada abajo. Tiene autorización para quitármelo.

- Pero.

- Acaso éste es un cuerpo demasiado viejo para usted?

- No, señora, le confieso que usted luce muy bien.

- Quiere decir: muy bien para mis años?

- Muy bien, sencillamente.

- Hace ocho años que quedé viuda y desde entonces no me he acostado con nadie. Qué opina de esa abstinencia mi asaltante particular?

- Señora, no necesito decirle que estoy a sus órdenes.

- Por favor, no me digas señora. Y tutéame.

- Te quito el camisón?

Ante el gesto de aprobación de la mujer, y antes de dedicarse al camisón de marras, el buen hombre se quitó la gabardina, los vaqueros, y el resto de su ropa, modesta pero limpia. A esa altura, ella había decidido no aguardar la iniciativa del otro y lo esperaba desnuda.

En la cama doble, el asaltante probó que no sólo era experto en rapiñas nocturnas, sino también en otros quehaceres de la noche. Por su parte, doña Valentina, a pesar de su prolongado ayuno de viuda, demostró a su vez que no había perdido su memoria erótica.

Igual que con el whisky, también con el sexo repitieron el brindis. Al final, ella lo besó con franca delectación, pero a continuación vino el anuncio.

- Ahora vamos a lo concreto, no te parece? Tenés que irte antes de que amanezca. Por razones obvias, que se llaman portero, proveedores, etcétera. Vamos, vestite. Y después veremos qué cositas podés llevarte.

Mientras él se vestía, y a pesar de su oferta anterior, ella volvió a ponerse el camisón.

Luego abrió las puertas de un placard, que en el fondo tenía un cofre. De éste fue extrayendo paquetitos de dólares y otras menudencias

- Qué tal? Hay algo que quisieras llevarte?

Sobre una mesita de roble fue depositando joyas de oro, brillantes, esmeraldas. También un reloj suizo ("era de mi marido, es un Rolex legítimo"), una petaca de marfil y otras chucherías de lujo.

- También está este revólver de colección. Dicen que perteneció a un coronel nazi. Te interesa?

Cuando el hombre, que había estado examinando las joyas, levantó la vista, ella oprimió el gatillo. El disparo alcanzó al tipo en la cabeza. Se derrumbó junto a la cama doble. Ella recogió todo el material en exhibición y lo volvió a guardar en el cofre. Todo, menos el revólver.

Luego de comprobar que el hombre estaba muerto, pasó cuidadosamente sobre el cadáver. Por un momento le puso el arma en la mano derecha, sólo para dejar constancia de sus huellas. Luego la recuperó y la dejó sobre la cama. Después fué al baño, se lavó varias veces la cara y las manos. También usó el bidet.

Entonces fue al living, reintegró la botella a su sitio, llevó los largos vasos de cristal azul a la cocina y allí los lavó, los secó y volvió al living para guardarlos. Luego levantó el tubo del teléfono y discó un número.

- Policía? Habla Doña Valentina Palma, viuda de Abreu, domiciliada en la avenida Tal, número tal y cual, apartamento 8-B. Les pido por favor que vengan aquí, urgentemente. Un asaltante entró, no sé cómo ni por dónde, en mi casa para robar. Por si eso fuera poco, intentó violarme. Constantemente me amenazaba con un revólver, pero se confió demasiado y de pronto no sé de dónde saqué fuerzas para arrebatarle el arma y sin vacilar le disparé. Tengo la impresión de que acabé con él. En defensa propia, claro. Vengan enseguida, porque la impresión y el susto han sido tremendos y les confieso que estoy a punto de desmayarme.

George Rodger

George Rodger

viernes, 19 de noviembre de 2010

JEAN FRANCOIS RAUZIER

EL FLAMENCO - PATRIMONIO INMATERIAL DE LA HUMANIDAD

Ángeles Mastretta . Arráncame la vida

Cristina Pato - The Galician Connection

cristinapatothegalician

 

 

  • Mundos Celtas_Celtic Worlds
  • Meniña Gaiteira_Bagpiper Girl
  • O Loito do Mar_Mourning Sea
  • A Sleepin’ Bee_Abella Durminte
  • A Pomba Dourada_The Golden Dove
  • Caronte
  • Miña Nai Lúa_My Mother Moon
  • Lamento_Wail
  • Rubias Envidias_Blond Envies
  • Nos Altos de Washington_Washington Heights
  • Arena y Aire II_Sand and Air II
  • Negro Caravel

MEGAUOLOAD

jueves, 18 de noviembre de 2010

Seydou Keïta

Seydou Keïta

Seydou Keïta

Seydou Keïta

Elogio de la madrastra. Mario Vargas Llosa

Acabas de incorporarte y mudarte en mirón. Hace un instante estabas ciego y de hinojos entre mis muslos, encendiendo mis fuegos como un sirviente abyecto y diligente. Ahora, gozas mirándome gozar y reflexionas. Ahora sabes cómo soy. Ahora te gustaría disolverme en una teoría. ¿Somos impúdicos? Somos totales y libres, más bien, y terrenales a más no poder. Nos han quitado la epidermis y ablandado los huesos, descubierto nuestras vísceras y cartílagos, expuesto a la luz todo lo que, en la misa o representación amorosa que concelebramos, compareció, creció, sudó y excretó. Nos han dejado sin secretos, mi amor. Esa soy yo, esclavo y amo, tu ofrenda. Abierta en canal como una tórtola por el cuchillo del amor. Rajada y latiendo, yo. Lenta masturbación, yo. Chorro de almíbar, yo. Dédalo y sensación, yo. Ovario mágico, semen, sangre y rocío del amanecer: yo. Esa es mi cara para ti, a la hora de los sentidos. Esa soy yo cuando, por ti, me saco la piel de diario y de días feriados. Esa será mi alma, tal vez. Tuya de ti. Se ha suspendido el tiempo, por supuesto. Allí no envejeceremos ni moriremos. Eternamente gozaremos en esa media luz de crepúsculo que ya estupra la noche, alumbrados por una luna que nuestra embriaguez triplicó. La luna real es la del centro, retinta como ala de cuervo; las que la escoltan, color del vino turbio, ficción. Han sido abolidos también los sentimientos altruistas, la metafísica y la historia, el raciocinio neutro, los impulsos y obras de bien, la solidaridad hacia la especie, el idealismo cívico, la simpatía por el congénere; han sido borrados todos los humanos que no seamos tú y yo. Ha desaparecido todo lo que hubiera podido distraernos o empobrecernos a la hora del egoísmo supremo que es la del amor. Aquí, nada nos frena ni inhibe, como al monstruo y al dios. Este aposento triádico –tres patas, tres lunas, tres espacios, tres ventanillas y tres colores dominantes– es la patria del instinto puro y de la imaginación que lo sirve, así como tu lengua serpentina y tu dulce saliva me han servido a mí y se han servido de mí. Hemos perdido el apellido y el nombre, la faz y el pelo, la respetable apariencia y los derechos civiles. Pero hemos ganado magia, misterio y fruición corporal. Éramos una mujer y un hombre y ahora somos eyaculación, orgasmo y una idea fija. Nos hemos vuelto sagrados y obsesivos. Nuestro conocimiento recíproco es total. Tú eres yo y tú, y tú soy yo y tú. Algo tan perfecto y sencillo como una golondrina o la ley de la gravedad. La perversidad viciosa –para decirlo con palabras en las que no creemos y que ambos despreciamos– está representada, por esos tres miradores exhibicionistas del ángulo superior izquierdo. Son nuestros ojos, la contemplación que practicamos con tanto afán –como tú ahora–, el desnudamiento esencial que cada cual exige del otro en la fiesta del amor y esa fusión que solo puede expresarse adecuadamente traumatizando la sintaxis: yo te me entrego, me te masturbas, chupatememonos. Ahora, deja de mirar. Ahora, cierra los ojos. Ahora, sin abrirlos, mírame y mírate tal como nos representaron en ese cuadro que tantos miran y tan pocos ven. Ahora ya sabes que, aún antes de que nos conociéramos, nos amaramos y nos casáramos, alguien, pincel en mano, anticipó en qué horrenda gloria nos convertiría, cada día y cada noche de mañana, la felicidad que supimos inventar.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Eric Kellerman

Eric Kellerman

Anne Marie Villefranche - EL BAÑO DE CHAMPAGNE

Alfred Stevens el ba%C3%B1o

"El baño era espacioso y decorativo, como correspondía al establecimiento. Marcel abrió una botella y sirvió dos copas de champagne para brindar por el inicio de sus aventuras comunes.
Marie Madelaine se sentó en una silla con las rodillas desnudas grácilmente cruzadas, sorbiendo su campagne totalmente embelesada, mientras Marcel se quitaba la americana y empezaba a descorchar botellas y verter burbujeante champagne en la grande y antigua bañera de ónix rosado. El delicado aroma del champagne colmaba el aire y hacía parpadear a Marie Madeleine.
-¡Es una absoluta locura! -exclamó ella, riendo.
-Sí, coincidió Marcel, riendo también mientras regaba el baño con una botella en cada mano.
Se dio prisa en abrir las cajas y descorchar las botellas con un diestro tirón, hasta vaciar el contenido de ocho docenas y sembrar el suelo de tapones, alambres y botellas vacías.
-Ahora -exclamó Marcel- su baño está preparado, princesa.
Le dio la mano y, con cortesía, la ayudó a meterse en el baño. Ella se sumergió en el dorado champagne, una visión que arrebataría el sentido a cualquier hombre.
Los delicados pezones rosados emergían a la superficie y el resto de su esbelto cuerpo y las piernas eran visibles a través del champagne."
De Locuras de amor

domingo, 14 de noviembre de 2010

Jack Delano

Jack Delano

John Kennedy Toole - La conjura de los necios

Apartó la vista de la ventanilla cuando el hombre de la barba pelirroja se alejaba corriendo, y abrió la revista Life que le había dado Darlene. En el Noche de Alegría, al menos Darlene había sido amable con él. Darlene estaba suscrita a Life porque quería cultivarse y, al darle a Jones la revista, había sugerido que quizás también pudiera serle útil. Jones intentó adentrarse por una editorial sobre la política norteamericana en Extremo Oriente, pero lo dejó hacia la mitad, preguntándose cómo aquello podría ayudar a Darlene a convertirse en una exótica, que era el objetivo al que ella había aludido una y otra vez. Pasó a los anuncios, pues eran las cosas que le interesaban de la revista. La selección de aquella revista era excelente. Le gustó mucho el anuncio de Seguros de Vida Etna, con la fotografía de la maravillosa casa que acababa de comprarse una pareja. El hombre de loción para el afeitado YARDLEY parecía un tipo rico y desenvuelto. En eso podía ayudarle la revista. Él quería tener el mismo aspecto que aquellos individuos.

Libro

John Kennedy Toole - La conjura de los necios

Apart� la vista de la ventanilla cuando el hombre de la barba pelirroja se alejaba corriendo, y abri� la revista Life que le hab�a dado Darlene. En el Noche de Alegr�a, al menos Darlene hab�a sido amable con �l. Darlene estaba suscrita a Life porque quer�a cultivarse y, al darle a Jones la revista, hab�a sugerido que quiz�s tambi�n pudiera serle �til. Jones intent� adentrarse por una editorial sobre la pol�tica norteamericana en Extremo Oriente, pero lo dej� hacia la mitad, pregunt�ndose c�mo aquello podr�a ayudar a Darlene a convertirse en una ex�tica, que era el objetivo al que ella hab�a aludido una y otra vez. Pas� a los anuncios, pues eran las cosas que le interesaban de la revista. La selecci�n de aquella revista era excelente. Le gust� mucho el anuncio de Seguros de Vida Etna, con la fotograf�a de la maravillosa casa que acababa de comprarse una pareja. El hombre de loci�n para el afeitado YARDLEY parec�a un tipo rico y desenvuelto. En eso pod�a ayudarle la revista. �l quer�a tener el mismo aspecto que aquellos individuos.

Diego Vasallo - Canciones en ruinas

1.Tarde
2.Así
3.Canto al amor
4.Donde palpitan las cosas
5.A ras de noche
6.Gardel
7.Ingravidez
8.Ver para no creer
9.Vuelve un poco de lo que perdí

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sábado, 13 de noviembre de 2010

Vadim Stein

Vadim Stein

Gilbert K. Chesterton - El hombre que fue Jueves

Fragmento del capítulo V

Mientras la conversación seguía su curso, Syme se dedicó a observar mejor a sus compañeros. Y poco a poco sintió que lo embargaba otra vez el sentimiento de horror hacia aquellas excentricidades psíquicas.

Habíale parecido al principio que todos los comensales, con excepción del peludo Gogol, eran personas comunes y corrientes por el aspecto y el traje. Pero al observarlos mejor, comenzó a descubrir en todos y cada uno de ellos lo mismo que había advertido en el que le esperó junto al Támesis: algún rasgo demoníaco. Aquella risa descentrada que desfiguraba de cuando en cuando la hermosa cara del que había sido su guía, era "típica" de todos aquellos "tipos". Todos tenían algo, perceptible tal vez a la décima o a la vigésima inspección; algo que no era del todo normal y que apenas parecía humano. Idea que trató de formularse, diciéndose que todos tenían aspecto y presencia de personas bien educadas, pero con una ligera torsión, como la que produce la falla de un espejo. Esta excentricidad semioculta, sólo podrá definirse describiendo uno a uno todos los tipos. El cicerone de Syme llevaba el título de Lunes; era el secretario del Consejo, y nada era más terrible que su tuerta sonrisa, a excepción de la espantosa y satisfecha risotada del Presidente. Pero ahora que Syme lo observaba más de cerca, advertía en el secretario otras singularidades. Su noble rostro estaba tan extenuado, que Syme llegó a figurarse que lo trabajaba alguna profunda enfermedad; pero, en cierto modo, el mismo dolor de su mirada negaba esta suposición. No: aquel hombre no era víctima de una dolencia física. Sus ojos brillaban con una tortura intelectual, como si el solo pensar fuese su dolencia. Esto era común a toda la tribu; todos tenían alguna anomalía sutil y distinta. Junto al secretario estaba el Martes, el peludo Gogol, cuya locura era más notoria. Después venía el Miércoles: un tal Marqués de San Eustaquio, figura harto característica. A primera vista, nada extraño se notaba en él, salvo que era el único a quien el traje elegante le sentaba como cosa propia. Llevaba una barbilla negra y cuadrada, a la francesa, y una levita negra y todavía más cuadrada, a la inglesa. Syme, muy sensible a tales encantos, pronto percibió que, en torno a este hombre, flotaba una atmósfera rica, tan rica que era sofocante, y que recordaba, quién sabe cómo, los olores soporíferos y las lámparas moribundas de los más tétricos poemas de Byron y de Poe. Al mismo tiempo, parecía que estuviera vestido con materiales no más ligeros, sino más suaves que los demás; el negro de su traje se dijera más denso y cálido que el de las sombras negras que le rodeaban, como si fuera el resultado de algún color vivo intensificado hasta el negro. Su levita negra semejaba negra a fuerza de ser púrpura intensa. Su barba negra negreaba a fuerza de ser azul. Y entre la espesura nebulosa de aquella barba, su boca rojo-oscura era desdeñosa y sensual. De seguro no era francés: acaso judío; tal vez procediera de mayores profundidades, en el profundo corazón del Oriente. En los abigarrados cuadros y mosaicos de Persia, que representan cacerías de tiranos, se ven esos ojos de almendra, esas azulosas barbas, esos crueles labios escarlata.

Syme ocupaba el otro asiento, y después de él venía un hombre muy viejo, el profesor de Worms, que aunque todavía ocupaba el lugar de Viernes, a diario temían que lo dejara vacante por defunción. Estaba en la más completa decadencia senil, a no ser por la inteligencia. Su rostro era tan gris como su larga barba gris; su frente se arrugaba en un surco de amable desesperación. En ninguno, ni siquiera en Gogol, el brillo del traje nupcial producía más penoso efecto de contraste. La flor roja de al solapa exageraba aún más la absoluta palidez plomiza de aquella cara, y el efecto era tan horrible como el de un cadáver vestido por unos dandies borrachos. Cuando se levantaba o se sentaba, lo cual lograba hacer con mucho trabajo y peligro, había en él algo peor que debilidad, algo inefablemente concertado con el horror de aquella escena: no era sólo decrepitud, era corrupción. Una idea abominable cruzó por la excitada mente de Syme: al menor movimiento, aquel muñeco iba a soltar una pierna o un brazo.

En el extremo de la mesa estaba el llamado Sábado: la figura más sencilla y desconcertante. Hombre pequeño, robusto, con una cara llena, oscura, afeitada: un médico llamado Bull. Tenía esa mezcla de desenvoltura y familiaridad cortés que no es raro encontrar en los médicos jóvenes. Llevaba el traje elegante con más confianza que seguridad, y una sonrisa congelada en la cara. Nada había en él notable, sino unos lentes negros y opacos. Tal vez la excitación nerviosa había ido en crescendo, pero ello es que a Syme le dieron miedo aquellos discos negros; le recordaron feas historias, semiolvidadas ya, sobre cierto cadáver en cuyos ojos habían incrustado unos peniques. No podía apartar la mirada de los vidrios negros de aquella máscara ciega. Al moribundo profesor, al pálido secretario, les hubieran sentado mejor. Pero en la cara de aquel hombre gordo y torpe eran un enigma, ocultaban de hecho la clave de la fisonomía. Ya no era posible saber lo que significaban aquella sonrisa y aquella gravedad. En parte por esto, y en parte porque su complexión revelaba una espesa virilidad de que carecían los otros, a Syme le pareció que aquél era el más perverso de la pandilla. Hasta se le figuró que se tapaba los ojos para encubrir su irresistible horror.

Chesterton - El Hombre Que Fue Jueves

jueves, 11 de noviembre de 2010

David Hamilton

David Hamilton

Jhon Cheever - El Nadador

Jhon Cheever - El Nadador

En este relato se basó la película de Frank Perry y estelarizada por Burt Lancaster.

Joja y la suerte roja

domingo, 7 de noviembre de 2010

Akos Major

 

Akos Major

Manolo García - Vendrán días

Vendrán días en que el peso que hoy te abruma se hará liviano,
vendrán días en que ese peso ya no será carga, sino bagaje.
Vendrán días, han de venir,
porque un alma que alberga sentimientos viles no brilla,
y un alma sin brillo es un tiempo marchito para quien lo soporta.

Déjame que escuche esa guitarra, que hoy me falta el aire,
que hoy necesito besar otros labios creyendo que beso tus labios.
Déjame perdido en negra noche que hoy el dolor duele,
que hoy necesito buscarte sin miedos, en otros rostros buscarte.

Llega el tiempo que en tu campo amado plantarás pensamientos
junto al pozo de tu huerta, enjambres de madreselva.
Y esa calma, esa calma te ha de ayudar,
porque un alma que mora en la sala de los pasos perdidos
es la furia vencida, cáscara vacía de un dolor exacto.

Déjame beber de ti en los labios de mujer extraña,
que hoy necesito el calor de unos brazos
que apaguen mi vana esperanza.
Déjame desnudo de recuerdos, no los necesito,
que hoy necesito buscarte sin miedos, en otros rostros buscarte.
Dame un lenguaje sin palabras para abrigarme, que tengo frio.
Dame besos y caricias olorosas y descalzas.
Dame un mundo sin palabras que yo respire, porque me ahogo.
Dame besos y caricias sinceras o mercenarias.

Déjame que escuche esa guitarra, que hoy me falta el aire,
que hoy necesito besar otros labios creyendo que beso tus labios.
Déjame perdido en la noche, que hoy el dolor duele,
que hoy necesito buscarte sin miedos, en otros rostros buscarte.
Déjame que escuche esa guitarra que hoy me falta el aire.

Alejandra Pizarnik - Extracción de la piedra de la locura


Alejandra Pizarnik - Extracción de la piedra de la locura

sábado, 6 de noviembre de 2010

Tango al Horno


Tango al Horno

JUAN JOSÉ TAMAYO - La visita del Inquisidor de la Fe

Cuenta el teólogo José María Díez-Alegría en su libro Teología en broma y en serio, ilustrado con las inconfundibles viñetas de Peridis (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1975), que Pío XII ordenó hacer excavaciones arqueológicas debajo del altar mayor de la basílica de San Pedro en el Vaticano para comprobar si se encontraba allí el sepulcro del apóstol Pedro. Lo que descubrieron los arqueólogos fueron cinco altares colocados uno debajo de otro y más abajo el sepulcro de Pedro en un huequecito excavado en el suelo y cubierto con unas tejas. Era, dice, "un sepulcro de esclavo, sin monumento alguno, situado en la parte de la necrópolis destinada a los extranjeros. Casi la fosa común". Pero estaba vacío y no había rastro alguno de Pedro. ¿Qué había sucedido? Con su agudo sentido del humor, Díez-Alegría avanzaba la hipótesis siguiente: cuando le pusieron cinco altares uno encima de otro y una inmensa cúpula, Pedro se sintió incómodo y se marchó.

¿Hipótesis descabellada la de Díez-Alegría? Quizá no tanto. Algo parecido había intuido ya Rafael Alberti en el poema Basílica de San Pedro, recogido en su libro Roma, peligro de caminantes, referido a una estatua de bronce, situada a la derecha de la nave central del Vaticano, que representa a Pedro con un pie ligeramente adelantado, cuyo metal está muy desgastado de tanto besarle los pies los visitantes de la basílica. He aquí el poema: "Di, Jesucristo, ¿por qué / me besan tanto los pies? / Soy San Pedro aquí sentado, / en bronce inmovilizado, / no puedo mirar de lado / ni pegar un puntapié, / pues tengo los pies gastados, / como ves. / Haz un milagro, Señor. / Déjame bajar al río, / volver a ser pescador, que es lo mío".

La anécdota de Díez-Alegría y el poema de Alberti muestran la degradación que ha sufrido el papado a lo largo de su historia. Benedicto XVI, el Papa que visita ahora Santiago de Compostela y Barcelona, nada tiene en común con Simón Pedro, el pescador del lago de Tiberíades. Tampoco sigue las rigurosas recomendaciones de Jesús de Nazaret a los apóstoles: "No cojáis nada para el camino: ni bastón , ni alforja, ni pan ni dinero, ni llevéis cada uno dos túnicas

[propio de gente acomodada]. Quedaos en la casa en que os alojéis

[no ser exigentes en cuanto al alojamiento] hasta que os vayáis de aquel lugar. Y en caso de que no os reciban, sacudíos el polvo de los pies. Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la buena noticia y curando en todas partes" (Lucas 9, 3-6). Pues bien, el viaje del Papa costará a los contribuyentes españoles 200.000 euros por hora, ¡qué contrasentido!

Benedicto XVI llega a España en su doble función de máxima autoridad religiosa del mundo católico y de jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano. Su elección fue obra de 114 "príncipes de la Iglesia", sin consulta ni participación de la comunidad cristiana, lo que limita sobremanera su capacidad para representar a todos los católicos. Benedicto XVI ejerce su autoridad religiosa antidemocráticamente y la jefatura de Estado de la Ciudad del Vaticano con un poder absoluto superior al de los faraones egipcios, los emperadores romanos y los califas del Imperio Otomano. Así lo reconoce la Ley Fundamental (Constitución) del Vaticano, que sustituye a la de 1929 y entró en vigor en febrero de 2001, siendo el cardenal Ratzinger presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En ella se establece que "el Sumo Pontífice, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, posee la plenitud de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial", y que tiene "en exclusiva la facultad de conceder amnistías, indultos y perdones".

Yo creo que el Vaticano como Estado y el autoritarismo papal son dos de los factores que más han contribuido al fracaso del cristianismo en su historia y que más escándalo generan entre los no creyentes, pero también entre no pocos cristianos evangélicos. Además, están en abierta oposición al Evangelio, que acusa a los jefes de las naciones de dominar al pueblo e imponer su autoridad (Marcos 10, 42-45), al tiempo que alejan, más que acercan, de la fe en Jesús de Nazaret. La desaparición del Vaticano es condición necesaria para la recuperación de la credibilidad de la Iglesia en el mundo actual.

Conforme a su doble condición, Benedicto XVI se reunirá con las máximas autoridades religiosas de la Iglesia española -cardenales, arzobispos y obispos- y las máximas autoridades políticas -reyes, presidente del Gobierno, etcétera- que lo recibirán con honores de jefe de Estado y participarán en los actos religiosos en lugares destacados, creando así una confusión de planos que nos retrotrae a épocas pasadas de nuestra historia.

Esas reuniones le servirán al Papa para ratificar los privilegios de los que goza la Iglesia católica: económicos, sociales, fiscales, jurídicos, educativos, sanitarios, militares, y para seguir dirigiendo la agenda religiosa del Gobierno de Rodríguez Zapatero, que se comprometió con Benedicto XVI a demorar -¿ad kalendas graecas?- la presentación a las Cortes de la nueva Ley de Libertad Religiosa y de Conciencia, que no es del agrado del Papa ni de los obispos españoles. De nuevo, el poder político rendido a la autoridad religiosa.

Beethoven - The Middle String Quartet

Beethoven - The Middle String Quartet

Puentes y hospitales en el Camino de Santiago


Puentes y hospitales en el Camino de Santiago

El Camino de Santiago


El Camino de Santiago

El Camino de Santiago - Introducción

El Camino de Santiago - Introducción

Cristina Pato - Xilento

Cristina Pato - Xilento

Melanie Rodriguez

 

Melanie Rodriguez