sábado, 22 de mayo de 2010

Alejandra Menassa - Sexo oral

 

Ven aquí, déjame que atraviese tus miedos con mi dicha,
déjame que deshaga la niebla de esta noche, que fulmine tus dudas,
déjame que te nazca, que te moldee como arcilla o como piedra,
sé mi antorcha, mi faro, sé mi niño y mi padre,
hazme la señal de la cruz en el regazo, sé irreverente, excomúlgame,
Dime que soy tu pecadito, tu luz extinguiéndose,
dime que Diógenes ya no busca más con su farol
porque me halló en la noche,
y prefirió dormir conmigo los siglos que le restan.
Dime que en el poema está permitido disentir,
está permitido gritar, está permitido para mí:
-ser de la ausencia, mutilación atómica,
dueña de la oquedad, orquesta sin batuta-,
pronunciar las palabras que me hagan libre,
desear deseos, centelleantes bengalas contra toda desidia.
Dime que me dejarás desgarrar la noche con mi alarido,
dime que conversaremos hasta extinguir
con las palabras el silencio, para hacerlo nacer después,
con el punto y coma de los besos.
Hablemos, hablemos, dime que las palabras
son un suelo firme, un elixir contra el hastío;
Exprímeme como a un fruto,
líbame hasta secar todas las humedades,
márcame con la marca invisible del deseo,
acósame, derríbame, se mi bestia, mi dinosaurio feroz.
Sé mi enemigo venial y mi amigo mortal,
perfórame las horas,
Háblame, háblame.
Que no hay sexo más atroz que la palabra.

Ven aquí, déjame que atraviese tus miedos con mi dicha,
déjame que deshaga la niebla de esta noche, que fulmine tus dudas,
déjame que te nazca, que te moldee como arcilla o como piedra,
sé mi antorcha, mi faro, sé mi niño y mi padre,
hazme la señal de la cruz en el regazo, sé irreverente, excomúlgame,
Dime que soy tu pecadito, tu luz extinguiéndose,
dime que Diógenes ya no busca más con su farol
porque me halló en la noche,
y prefirió dormir conmigo los siglos que le restan.
Dime que en el poema está permitido disentir,
está permitido gritar, está permitido para mí:
-ser de la ausencia, mutilación atómica,
dueña de la oquedad, orquesta sin batuta-,
pronunciar las palabras que me hagan libre,
desear deseos, centelleantes bengalas contra toda desidia.
Dime que me dejarás desgarrar la noche con mi alarido,
dime que conversaremos hasta extinguir
con las palabras el silencio, para hacerlo nacer después,
con el punto y coma de los besos.
Hablemos, hablemos, dime que las palabras
son un suelo firme, un elixir contra el hastío;
Exprímeme como a un fruto,
líbame hasta secar todas las humedades,
márcame con la marca invisible del deseo,
acósame, derríbame, se mi bestia, mi dinosaurio feroz.
Sé mi enemigo venial y mi amigo mortal,
perfórame las horas,
Háblame, háblame.
Que no hay sexo más atroz que la palabra.

JEFF HEALEY - Mess Of Blues

1126_jeff-healey_mess-of-blues

  • I'm Torn Down
  • How Blue Can You Get
  • Sugar Sweet
  • Jambalaya
  • The Weight
  • Mess O' Blues
  • It's Only Money
  • Like A Hurricane
  • Sittin' On Top of The World
  • Shake, Rattle and Roll

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  • Fleetwood Mac - Shrine '69

    shrine69

    1. Tune Up
    2. If You Be My Baby
    3. Something Inside of Me
    4. My Sweet Baby
    5. Albatross
    6. Before the Beginning
    7. Rollin' Man
    8. Lemon Squeezer
    9. Need Your Love So Bad
    10. Great Balls of Fire

    LINK

    Quino - Toda Mafalda

    mafalda_500

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    The_Doors - Essential Rarities

     

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    Originalmente editado como parte de la caja “The Complete Studio Recordings”, en la que se recogen todos los trabajos de estudio de The Doors, o lo que es lo mismo, todos sus discos oficiales y una serie de canciones que al final no fueron incluidas, “Essential Rarities” reúne esencialmente esas canciones que no fueron editadas desde un principio, saliendo como disco con personalidad propia fuera de la caja original.


    1. Hello to the Cities [Live] 0:56
    2. Break on Through [Live] 4:32
    3. Roadhouse Blues [live] 4:19
    4. Hyacinth House [Demo Version] 2:40
    5. Who Scared You 3:16
    6. Whiskey, Mystics and Men [live] 2:19
    7. I Will Never Be Untrue [live] 3:56
    8. Moonlight Drive [Demo Version] 2:31
    9. Queen of the Highway [Alternative version] 3:32
    10. Someday Soon [live] 3:41
    11. Hello, I Love You [Demo Version] 2:28
    12. Orange County Suite 5:27
    13. Soft Parade [live] 10:03
    14. End [live] 18:01
    15. Woman Is a Devil 4:09

    Michal Macku

    Michal Macku

    Mario Benedetti – Te quiero

    LOS SABANDEÑOS

    Tus manos son mi caricia
    mis acordes cotidianos
    te quiero porque tus manos
    trabajan por la justicia
    si te quiero es porque sos
    mi amor mi cómplice y todo
    y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos
    tus ojos son mi conjuro
    contra la mala jornada
    te quiero por tu mirada
    que mira y siembra futuro
    tu boca que es tuya y mía
    tu boca no se equivoca
    te quiero porque tu boca
    sabe gritar rebeldía
    si te quiero es porque sos
    mi amor mi cómplice y todo
    y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos
    y por tu rostro sincero
    y tu paso vagabundo
    y tu llanto por el mundo
    porque sos pueblo te quiero
    y porque amor no es aureola
    ni cándida moraleja
    y porque somos pareja
    que sabe que no está sola
    te quiero en mi paraíso
    es decir que en mi país
    la gente viva feliz
    aunque no tenga permiso
    si te quiero es porque sos
    mi amor mi cómplice y todo
    y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos

     

    viernes, 21 de mayo de 2010

    West Side Story - Leonard Bernstein

     
     
     

    LA MANDRAGORA

     
     
    01-Marieta
    02-Un burdo rumor
    03-Pongamos que hablo de Madrid
    04-Pasandolo bien
    05-El cromosoma
    06-Un santo varón
    07-Mi ovejita Lucera
    08-Villatripas
    09-La tormenta
    10-Adivina, adivinanza
    11-Nos ocupamos del mar
    12-La hoguera
    13-Circulos viciosos
     
     
     

    Diana Navarro - No te olvides de mí

    Página Oficial - Diana Navarro 
     
     
     
     

    JOHANN STRAUSS - Waltzes

    On the Beautiful Blue Danube Walzer - The Best of Johann Strauss Jr.
    Roses from the South Walzer - The Best of Johann Strauss Jr.
    Emperor Waltz Walzer - The Best of Johann Strauss Jr.
    Voices of Spring Walzer - The Best of Johann Strauss Jr.
    Morning Papers Walzer - The Best of Johann Strauss Jr.
    Tales from the Vienna Woods Walzer - The Best of Johann Strauss Jr.

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    JOHANN_STRAUSS_-_Waltzes_II.rar

    Francisco de Quevedo - Romance satírico

    Pues me hacéis casamentero,
    Ángela de Mondragón,
    escuchad de vuestro esposo,
    las grandezas y el valor.
    Él es un médico honrado,
    por la gracia del Señor,
    que tiene muy buenas letras
    en el cambio, y el bolsón.
    Quien os lo pintó cobarde
    no lo conoce, y mintió,
    que ha muerto más hombres vivos
    que mató el Cid Campeador.
    En entrando en una casa
    tiene tal reputación,
    que luego dicen los niños:
    Dios perdone al que murió.
    Y con ser todos mortales
    los médicos, pienso yo
    que son todos veniales
    comparados al doctor.
    Al caminante en los pueblos
    se le pide información,
    temiéndole más que a peste,
    de si le conoce, o no.
    De médicos semejantes
    hace el rey, nuestro señor,
    bombardas a sus castillos,
    mosquetes a su escuadrón.
    Si a alguno cura y no muere,
    piensa que resucitó,
    y por milagro le ofrece
    la mortaja y el cordón.
    Si acaso estando en su casa
    oye dar algún clamor,
    tomando papel y tinta,
    escribe: "ante mí pasó".
    No se le ha muerto ninguno
    de los que cura hasta hoy,
    porque antes que se mueran
    los mata sin confesión.
    De envidia de los verdugos
    maldice al corregidor,
    que sobre los ahorcados
    no le quiere dar pensión.
    Piensan que es la muerte algunos;
    otros, viendo su rigor,
    le llaman el día del juicio,
    pues es total perdición.
    No come por engordar,
    ni por el dulce sabor,
    sino por matar la hambre,
    que es matar su inclinación.
    Por matar mata las luces,
    y si no le alumbra el sol,
    como murciélagos viven
    a la sombra de un rincón.
    Su mula, aunque no está muerta,
    no penséis que se escapó,
    que está matada de suerte,
    que le viene a ser peor.
    En que se ve tan famoso,
    y en tan buena estimación,
    atento a vuestra belleza,
    se ha enamorado de vos.
    No pide le deis más dote
    de ver que matéis de amor,
    que en matando de algún modo,
    para en uno sois los dos.
    Casaos con él, y jamás
    de viuda tendréis pasión,
    que nunca la misma muerte
    se oyó decir que murió.
    Si lo hacéis, a Dios le ruego
    que gocéis con bendición;
    pero si no, que nos libre
    de conocer al doctor.

    Paco Ibáñez

    Javier Parada

    Javier Parada

    Horacio Quiroga - El Almohadón de Plumas

    Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

    Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

    Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

    La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

    En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

    No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

    Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

    -No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

    Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

    Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

    -¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

    Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

    -¡Soy yo, Alicia, soy yo!

    Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

    Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

    Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

    -Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...

    -¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

    Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

    Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

    Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

    -¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

    Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

    -Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

    -Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

    La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

    -¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

    -Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

    Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

    Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

    Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.