sábado, 10 de julio de 2010

ALEJANDRO AURA – Fragmento de Pausa

Ella es dulce como la saliva de ciertas flores que amo,
ella es suave como su piel como la luz muy tenue,
ella es tierna y morena y yo la quiero
y no le gusta vivir al viento,
ah no le gusta vivir al viento,
y yo que partí de mis raíces duras,
que dejé las anclas de mi nombre llenas de orín y pesadeces
para poder vivir al viento
y no le gusta;
enciéndase la lámpara de los días amargos
¿voy a desconocer una vez más la libertad
de estar atado a la carne del amor terreno?
y me gustan sus cabellos para esconder la lujuria de mi aliento
y me gustan su talle, y sus caderas
para abrazar la arena de su vientre con mi pecho desnudo,
ay y no le gusta vivir al viento a la niña de mis cantos

¿qué voy a hacer ahora?

Desiree Dolron

Desiree Dolron

viernes, 9 de julio de 2010

Horacio Quiroga - El hombre muerto

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.

El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...?

No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?

Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.

El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...

¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.

¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.

El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.

¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.

...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!

¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.

...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.

Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.

Federico García Lorca - No te pude ver

No te pude ver
cuando eras soltera,
mas de casada
te encontraré.
Te desnudaré,
casada y romera,
cuando en lo oscuro
las doce den.

Paco Ibáñez

Enrique Morente

Andy Julia

Andy Julia

¡Gracias Lady Ari!

jueves, 8 de julio de 2010

Giovanni Marradi - Destiny

51483770 
  

1. Children of Sarajevo
2. Agape
3. Angels In Flight
4. Soupir
5. Destiny
6. Victory
7. The Lonely Piper
8. Innocence
9. Poesie
10. Cheskinoff's Theme
11. Summer Wind
 
Megaupload 

Henri Cartier-Bresson

Henri Cartier-Bresson

martes, 6 de julio de 2010

Gabriel García Márquez - El ahogado mas hermoso del mundo

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         —Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
         —¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

Novedades de Junio del 2010 [PACK-LIBROS]

libros: 84
peso: 54 MB
---------------------------------------------------------------------------
Alvira, Mikel - El silencio de las hayas-doc.zip
Ashley, Shelley V. - Los pavos reales-doc.zip
Asturias, Miguel Angel - Week-end en Guatemala-doc.zip
Aust, Kurt - La hermandad invisible-doc.zip
Barcelo, Miquel - Ciencia Ficcion - Guia de Lectura-doc.zip
Benmalek, Anouar - La esclava-doc.zip
Bettelheim, Bruno - Psicoanalisis de los cuentos de hadas-doc.zip
Beverley, Jo - Company of rogues 07 - La amante del demonio-doc.zip
Brandewyne, Rebecca - La profecia misteriosa-doc.zip
Brown, Sandra - Pecado y redencion 2 - Los riesgos de amar-doc.zip
Buck, Pearl S. - Otros dioses-doc.zip
Canetti, Elias - La lengua absuelta-doc.zip
Clark, Mary Higgins - Recuerdos de otra vida-doc.zip
Collins, Larry - Laberinto-doc.zip
Cornick, Nicola - Fortune's Folly 3 - Una pasion inesperada-doc.zip
Crusie, Jennifer - Dempsey 2 - La falsificadora-doc.zip
Chantepleure, Guy de - Lil de los ojos color del tiempo-doc.zip
Dal Masetto, Antonio - Hay unos tipos abajo-doc.zip
Dani, Sinclair - Moriah's Landing 03 - Secretos en la oscuridad-doc.zip
Delinsky, Barbara - Nuestro secreto-doc.zip
Divina, La - Desde mis tacones-doc.zip
Driest, Burkhard - Toni Costa 1 - Lluvia roja-doc.zip
Evanovich, Janet - S. Plum 4 - Entre pillas anda el juego-doc.zip
Finch, Carol - Un corazon para conquistar-doc.zip
French, Tana - Gardai 1 - El silencio del bosque-doc.zip
French, Tana - Gardai 2 - En piel ajena-doc.zip
Gallego, Eduardo y Sanchez, Guillem - La cosecha del centauro-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Impulso creador-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Perry Mason 17 - El caso de la vela torcida-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Perry Mason 21 - El caso del gatito imprudente-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Perry Mason 71 - El caso del secreto de la
hijastra-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Perry Mason 73 - El caso de los herederos
asustados-doc.zip
Gifford, Blythe - Las hermanas de Wenston 1 - Un amor sincero-doc.zip
Gisbert, Joan Manuel - Los espejos venecianos-doc.zip
Glukhovsky, Dmitry - Metro 2033-doc.zip
Gomez, Ricardo - El cazador de estrellas-doc.zip
Hachmi, Najat el - El ultimo patriarca-doc.zip
Halperin, Jorge - Las muchachas peronistas-doc.zip
Hassel, Sven - Comando Reichsfuhrer Himmler-doc.zip
Henderson, Beth - Un cazafortunas-doc.zip
Howell, Hannah - Indomable-doc.zip
Jungstedt, Mari - Anders Knutas 2 - Nadie lo ha oido-doc.zip
Jungstedt, Mari - Anders Knutas 3 - Nadie lo conoce-doc.zip
Keller, Nora Okja - Hija del bambu-doc.zip
King, Stephen - La cupula-doc.zip
Lapidus, Jens - Negra de Estocolmo 2 - Nunca la jodas-doc.zip
Larraquy, Marcelo - Marcados a Fuego 01 - De Yrigoyen a Peron 1890-1945-doc.zip
Lewis, Sinclair - Babbitt-pdf.zip
London, Jack - Asesinatos, S. L.-doc.zip
Luna, Felix - Atahualpa Yupanqui-doc.zip
MacLean, Alistair - Cabo de Java-doc.zip
Macomber, Debbie - El corazon de Texas 8 - Confianza rota-doc.zip
Magin, Encarna - Suaves petalos de amor-doc.zip
Mallery, Susan - Las hermanas Keyes 2 - Dulces pecados-doc.zip
Marmen, Sonia - Alma de Highlander 03 - La tierra de las conquistas-doc.zip
Martin, Deirdre - New York Blades 5 - Mismo campo, otra temporada-doc.zip
Martini, Steve - El abogado-doc.zip
Mayne, Elizabeth - Noche de bodas-doc.zip
McCarty, Monica - Clan Campbell 1 - La fuerza del Highlander-doc.zip
McCarty, Monica - Clan Campbell 2 - El Highlander desterrado-doc.zip
McCarty, Monica - Clan Campbell 3 - El Highlander traicionado-doc.zip
Monroe, Lucy - Princesas del mar 6 - Tentacion en la noche-doc.zip
Muñoz Seca, Pedro - La venganza de Don Mendo (Ilustrado)-doc.zip
Navarro, Marysa - Evita-doc.zip
Norton, Sheila - Que pasa con Ally-doc.zip
Novak, Brenda - Angeles vengadores - El ultimo reducto 1 - Confia en mi-doc.zip
Novak, Brenda - AV - El ultimo reducto 2 - Suenios robados-doc.zip
O'Clare, Lorie - Penitencia-doc.zip
Onfray, Michel - Teoria del Cuerpo Enamorado-doc.zip
Pilcher, Rosamunde - Solsticio de invierno-doc.zip
Quinn, Paula - Lores 02 - El senior de la tentacion-doc.zip
Rice, Lisa Marie - Midnight 03 - Midnight angel-doc.zip
Robinson, Kim Stanley - Marte 1 - Marte rojo-doc.zip
Rock, Joanne - Secretos de alcoba-doc.zip
Saramago, Jose - Memorial del convento-doc.zip
Sendker, Jan-Philipp - El arte de escuchar los latidos del corazon-doc.zip
Shaffer, M A & Barrows, A - La sociedad literaria y el pastel de piel de patata
de Guernsey-doc.zip
Simmons, Deborah - Los hermanos de Burgh 4 - Una visita inesperada-doc.zip
Simmons, Deborah - Los hermanos de Burgh 5 - Amor y Magia-doc.zip
Stone, Jean - Volver al primer amor-doc.zip
Suskind, Patrick - La historia del Sr. Sommer [ilustrado]-doc.zip
Thibaux, Jean-Michel - En busca de Buda-doc.zip
Thompson, Dawn - El lobo de Ravencliff-doc.zip
Torres Quesada, Angel - Los vientos del olvido-doc.zip
Torres Santome, Jurjo - El curriculum oculto-doc.zip
Updike, John - El centauro-doc.zip
Uris, Leon - Mila 18-doc.zip
Wood, Barbara - Cancion de cuna-doc.zip
Wood, Barbara - Sombras de un pasado-doc.zip
York, Rebecca - 43 Light Street, 29 - Fuera del tiempo-doc.zip
---------------------------------------------------------------------------
http://www.megaupload.com/?d=8QR93OIB
http://www.4shared.com/file/pA62QIXL/Nvs_201006.html
http://rapidshare.com/files/404568445/Nvs_201006.rar.html

---------------------------------------------------------------------------

[PACK-LIBROS] Novedades del Mes de Junio del 2010

Dylan Lisle


Traído de...

Jaime Sabines - Entresuelo

Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.

Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.

Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.

lunes, 5 de julio de 2010

Jeff Cowen

Jeff Cowen

Matrimonio entre gente rara

Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.

El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.

Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos. Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.

Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la Iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.

Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma no es más que una manera un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.

Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente sobre el que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: también estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.

Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”.

Veo ese tipo de críticas y respondo: si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.

Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.

En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.

Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

Este apoyo al matrimonio entre católicos circula por Internet y gana adhesiones que se cuentan de a cientos.

RADAR

sábado, 3 de julio de 2010

Calvert Casey - La dicha

Con gran dificultad, Jorge cerró la última maleta. La cerradura se negaba a ajustar. Primero trató de cerrarla con una presión normal de la mano; luego, cuando comprobó consternado que el resorte no cedía para que entrara el pestillo, quiso hacerlo correr, pero sin éxito. Trató entonces de forzarlo. Notó que los dedos le temblaban ligeramente. Hacía calor, pero reconoció el origen de las gotas frías de sudor que le bajaban, una a una, desde las axilas hasta la cintura. Siempre que se sentía nervioso le ocurría lo mismo.
Trató de ocultarle a Dalia –ocupada en guardar en la cartera las últimas cosas para el viaje, el boletín, dinero– las dificultades con la cerradura. Pero Dalia lo veía todo.
–¿No cierra?
–Se ha trabado. Estas cosas siempre pasan a última hora.
–No vayas a forzarla.
–¿No ves que no la estoy forzando?– Jorge trató de dominar su irritación.
–No te impacientes. Haz las cosas despacio y verás que cierra. El tren no sale hasta las doce.
Jorge previó la dificultad de que la cerradura no funcionara a pesar de todos sus esfuerzos.
–En todo caso, puedes llevarla así; la otra cerradura es fuerte, aguantará.
–No, sí no cierra no me voy. No quiero arriesgarme con una maleta a medio cerrar. Con esos trenes como van... La mandamos arreglar el lunes y cambio el pasaje para el martes.
Jorge sintió otra gota solitaria y helada correrle por el costado.
–Tú siempre ahogándote en un vaso de agua. Si no cierra, le ponemos una soga para asegurarla y ya está.
–¿Cómo voy a viajar con una maleta amarrada con una soga? Además, ¿qué apuro tiene el viaje? A lo mejor es un aviso... Yo creo en esas cosas. Si no llego hoy, llego el martes, es lo mismo.
–¿Qué dirá tu familia? Pensarán que te ha pasado algo, o que yo no te dejo ir. Con todo lo mal que ya piensan de mí...
–El telégrafo lo inventaron hace largos años.
Era la lógica implacable de Dalia, que a veces provocaba en Jorge una sensación de ahogo. En sus momentos de ternura, solía invadirle un sentimiento de gratitud que se traducía en juramentos, en confesiones de una gran necesidad por ella, por su devoción, y en caricias en las que hubiera sido difícil saber dónde terminaba la gratitud y dónde comenzaba el deseo. Pero en los últimos tiempos los momentos de ternura habían disminuido y la desagradable sensación de ahogo se producía cada vez con mayor frecuencia.
Sonriendo, Dalia le señaló una llave que estaba en el suelo, junto a la maleta, muy visible, casi debajo de sus ojos. Jorge introdujo la pequeña llave en la cerradura, el resorte cedió, el pestillo pudo entrar y la maleta quedó cerrada.
Habían quedado en que él no iría a la estación. Le impacientaban las salas de espera, las estaciones y sobre todo los aeropuertos. Todos los lugares, en fin, donde su voluntad quedaba supeditada a la voluntad de los demás, o a fuerzas ocultas y misteriosas. Los aeropuertos lo aterraban. Aquel paciente rebaño de viajeros esperando a que una voz metálica y desagradable saliendo por un amplificador les ordenara abordar un aparato, que podía ser una trampa mortal. ¡Pobre gente! Además detestaba las despedidas, los trenes que no salían después que ya todo se había dicho y los últimos besos se habían dado; las demoras de última hora que hacían recomenzar el triste ceremonial hipócrita, y por fin la salida, para alivio de todos.
Jorge la besó al salir del apartamento, ya con todo listo. Antes de abrir la puerta experimentó el deseo inesperado de volver a sentir su contacto. Le tomó una mejilla y la besó una, dos, tres veces. Casi llegó a decirle: "Ven pronto", pero se contuvo. No estaba bien. Ella se dejó besar, pero le apretó fuertemente un hombro, hablándole casi al oído.
–Cuídate, aliméntate bien, Si te da el dolor, ya sabes dónde está la jeringuilla. Hiérvela en cuanto sientas algo y llama a la encargada. Es muy buena y viene en seguida, ya yo hablé con ella.
Llevaba un pañuelito absurdamente pequeño atado a la nuca, y a él le gustaba decirle que le daba un aire de campesina siciliana, aunque jamás hubiera visto una campesina siciliana. Ella lo llamaba su pañuelito de viaje, quizá porque lo sacaba del fondo de un armario cada vez que iba a visitar a su familia. Entonces él la encontraba linda. ¿Sería quizá porque se iba, y eso siempre le hacía sentir una extraña sensación de ternura y de culpa, o porque el pañuelito le quedaba tan bien, con los labios pintados y el olor a perfume que ella reservaba para los viajes y para las escasas salidas que hacían juntos? No, recordaba que siempre le había gustado verla con el pañuelito verde que le daba un aire más joven.
Recogió las dos maletas, salió delante de ella, que llevaba el neceser y cerró la puerta, y bajó sin detenerse hasta la calle.
Afortunadamente un taxi dejaba un pasajero en la puerta del edificio, y sin transiciones ni esperas enfadosas colocó las maletas en el asiento delantero. Dalia se instaló detrás y el auto partió.
–Cuídate– fue lo último que Jorge pudo oír.
Jorge subió lentamente las escaleras, con una profunda sensación de alivio, pero también de vacío, como si la tensión de las dos largas últimas horas, desde que se levantaron hasta que la puerta del taxi se cerró bruscamente, hubieran terminado por agotarlo.
En la escalera se encontró con la encargada, una mujer nerviosa y flaca, de voz chillona, agradable a su modo aunque algo entrometida. Era la única persona en el pretencioso y feo edificio que iba más allá del saludo frío y la sonrisa de compromiso que les reservaban los demás inquilinos –matrimonios viejos, matronas cargadas de niños que atronaban los corredores desde que aparentemente la noticia de que no estaban casados se filtró. Un muchacho que eternamente sentado en el zaguán estrecho jugaba con juguetes demasiado pequeños para su edad, miraba a Jorge y a Dalia como a fenómenos de circo cada vez que entraban o salían del edificio.
–¿Solito, eh?– le dijo la encargada en el primer rellano.
–Imagínese.
–Cualquier cosa que necesite, no tenga pena.
–Gracias.
Jorge se imaginó a la flaca mujer precipitándose sobre él, jeringuilla en ristre, y clavándosela sin compasión, y casi se rió, divertido, mientras subía lentamente las escaleras interminables. Detestaba el edificio. Tanta respetabilidad y ni un mal ascensor.
Cuando llegó arriba, decidió darse una ducha y poner un poco de orden en el apartamento antes de almorzar. Miró el reloj. Las once y media. Pensó en las horas, que ahora pasarían lentamente. La espera de días, de semanas enteras, se encerraba en esas horas. Trabajando en la casa correrían más pronto.
Pero no hizo nada. Sintió un agudo cansancio, con el cual no había contado. Se echó un rato en la cama, aún deshecha, y se quedó profundamente dormido.
Despertó con un sobresalto violento. Consultó el reloj y se dio cuenta de que había dormido horas. No tendría tiempo de almorzar. Trató de organizar sus ideas lo mejor posible. Midió el tiempo. Aún podría ordenar el apartamento, ventilar la habitación, tender la cama con sábanas limpias, cambiar las toallas. Y el baño. El baño era imprescindible. Mientras el agua se calentaba en el calentador de la cocina –no podía soportar el agua fría, ni siquiera en verano– arreglaría un poco las demás habitaciones, el cuarto donde leía y trataba algunas veces de aislarse.
Mientras ordenaba, examinó con ojos críticos, como si lo viera por primera vez, el escaso mobiliario de las habitaciones, la cretona con arabescos de los muebles, que hacía juego con la cretona desvaída de las cortinas. ¿Para qué cortinas en un clima tan caliente? ¿Y por qué no flores? ¿Por qué Dalia detestaría las flores? Él las amaba y a veces las compraba y las traía a la casa, como en las películas. Pero sabía que Dalia las aceptaba, esperando el momento en que comenzaran a marchitarse para tirarlas. Daban mosquitos.
Echó una última mirada apresurada al apartamento, queriendo abarcar hasta el último rincón: todo en orden. Un poco sin vida, como estéril, seco, impersonal, pero en orden, por lo menos limpio. (¿Y por qué hoy le parecía sin vida si otras veces le parecía un pequeño paraíso de intimidad y confort, sobre todo algunas tardes en que Dalia le leía?)
Voló a la ducha. El agua tibia corrió por todo su cuerpo, refrescándolo y calmándolo. Tendría tiempo para enjabonarse dos veces. El día estaba fresco, pero había sudado tanto con las maletas. Se secó bien, se refrescó aún más la piel con colonia, y comenzó a vestirse ante el espejo del cuarto.
Aunque lo esperaba –sólo Dios sabía cuánto tiempo había estado esperándolo–, cuando oyó el toque seco de la aldaba en la puerta, el corazón le dio un vuelco. Qué firme, nada de vacilaciones, tuvo tiempo de pensar mientras se alisaba por última vez el cabello. El toque se repitió de nuevo, suave, con igual firmeza, mientras él corría. La idea de Dalia lo asaltó inoportuna al acercarse a la puerta, sin que pudiera explicarse por qué: el pañuelito verde, las recomendaciones. Abrió la puerta de par en par.
Era Laura.
La mano le tembló sobre la cerradura. Comprobó aliviado que no había nadie en el corredor, que ninguno de sus antipáticos vecinos la había visto llegar. Pero el temblor y la comprobación fueron arrastrados por la presencia de Laura, por la sonrisa tranquila, por la serenidad profunda de los ojos enormes, por el cabello exquisitamente peinado, por el amarillo del vestido de lino, por la voz pastosa, calmada y ligeramente irónica, que ahora interrumpía la contemplación estática de él.
–¿Se puede?
¡Laura! ¡Laura! Cuánto tiempo había esperado este instante mágico en que la vería aparecer en el umbral de la puerta, en que su figura se destacaría contra la luz mortecina del corredor. Cuántas veces había imaginado la escena: Laura sonriendo, Laura esperando, Laura repitiendo el toque en la puerta, contrariada de no encontrarlo. ¡Qué torpe, pero qué torpe había sido! Había planeado acercarse a una ventana que se abría sobre la escalera y, sin que ella se percatara, contemplarla esperando frente a la puerta, esperando a que él abriera, esperando por él, impacientándose –porque ella se impacientaba con facilidad–, llamando nuevamente a la puerta, y luego él corriendo y abrazándola apasionadamente. Pero se había olvidado ¡qué torpe! de su pequeño plan, y de tantos otros planes, sueños, proyectos, cuyo único objeto era detener para siempre aquel instante: Laura visitándolo por primera vez, la voz de Laura resonando en el
pisito y transformándolo, el vestido de Laura crujiendo levemente –¡pero qué tonto!, ya los vestidos no crujían, eso era antes, en las novelas–, pero sí, el vestido de Laura crujiría levemente cuando ella entrara, él lo quería así y así sería.
Y sólo le quedó rendirse ante la evidencia de la sonrisa tranquila, del traje de lino amarillo que parecía absorber toda la luz de la salita –él había entornado las persianas para este momento– y de la mano pequeña que se alzaba hasta el cabello para comprobar que estaba en su lugar, y, con un gesto torpe, pedirle que entrara.
Los primeros instantes fueron embarazosos. Ella dejó sobre un mueble su bolso de mano –un bolso que a él le pareció muy grande– y comenzó a examinar la habitación.
–Así que vives aquí.
Como él no atinaba a decir nada, absorto en su contemplación, ella volvió a examinar la pieza y repitió las mismas palabras, que a él le parecieron cargadas de una verdad profunda. Vino a salvarlo la comprobación, casi simultánea, en los dos, de que en su apuro a él se le había olvidado ponerse los zapatos y la había recibido descalzo. Estallaron en una carcajada ruidosa –quizá demasiado ruidosa– y entonces él pudo abrazarla.
Al principio sintió un temor mortal de que ella opusiera resistencias absurdas. Las mujeres eran así; cuando parecían dispuestas a todo, algún temor inexplicable, algo parecido a una defensa contra una amenaza invisible que se cerniera sobre todo el género y que sólo ellas podían prever, lo echaba a perder todo. Aunque en realidad, si alguien había opuesto resistencia era él–, resistencia a verse en cines oscuros de los que se salía con una frustración dolorosa, y más tarde en hotelitos tristes, de paredes sin pintar, que a él le parecía que abarataban su amor y acabarían por estrangularlo. No, no; esperarían para poder verse sin la tiranía del lugar y el tiempo. Y él sin explicar mucho, y ella sin preguntar nada, esperaron pacientemente a que llegaran estos días de libertad suprema, limitados por el regreso de un tren que acababa de partir.
Pero todos sus temores se desvanecieron con el primer abrazo, prolongado, algo tembloroso, atravesado de suspiros de alivio.
Ella había venido a entregarse.
Y toda aquella tarde, hasta bien oculto el sol, Jorge sintió que se iban sumergiendo en capas cada vez más espesas y profundas de dicha, ignorantes a todo, al transcurrir de las horas, al gradual oscurecimiento de la casa, a los ruidos de la calle, al timbre insistente del teléfono, a una llamada a la puerta, a las voces de sus vecinos, al cese de los ruidos en la casa, al latido del reloj que acabó por detenerse, al mundo.
Con la extinción de la luz y de la natural capacidad de arrobamiento, sobrevinieron la calma y el silencio. Jorge hubiera deseado que el silencio se prolongara, pero Laura no permitió que durara mucho y lo rompió, hablando de cosas que él no oía muy bien y tampoco quería entender. De su gran bolso comenzó a extraer cosas que confirmaron las sospechas de Jorge y lo hicieron sonreír: un pijama, cepillos (¿por qué tantos cepillos?), un libro, polvos, una mota nueva y suave (como su piel, pensó Jorge), ropa interior, las servilletas absorbentes para el cutis sin las cuales las mujeres parecen encontrar la vida imposible, extraños objetos de lata que (Jorge lo supo después) eran para el pelo. Pero ¿por qué hablaría Laura mientras extraía las cosas de su bolso sin fondo y las iba colocando sobre la cómoda? ¿Eran necesarias las palabras?
Jorge comenzó a preparar la cena. Durante semanas había planeado una pequeña colación íntima para esta noche. Había pensado llevar hasta la salita una mesa plegable, que nunca se utilizaba y él había reparado en secreto, e instalarla junto al balcón, sin abrir las puertas para evitar las miradas indiscretas, pero con las persianas entornadas para que la brisa de la noche los refrescara. Cuántas veces había imaginado los cabellos de Laura tocados por la brisa, agitándose casi imperceptiblemente, provocando aquel gesto tan suyo de alisárselos.
Pero Jorge decidió bruscamente que comerían en el comedor; así todo resultaría más simple. Se había hecho demasiado tarde, y despachada la cena podrían entregarse después a la conversación.
La comida transcurrió en silencio. Todo lo que durante tanto tiempo Jorge había planeado decirle –o no decirle– en esta primera noche de verdadera, de real intimidad, las frases felices, las pausas cargadas de significación, transidas de magia, cedió el lugar a simples observaciones.
–Parece mentira, ¿verdad?
–Verdad.
–Ya ves, todo llega.
–Lo importante es esperar.
–Verdad.
–¡Qué calor!, ¿eh?
–Tremendo.
No era cierto. Hacía rato que el terral soplaba benigno, casi paradisíaco, sobre la ciudad, refrescándola.
Jorge pensó intensamente –muy intensamente– en su felicidad. Levantó la mesa mientras Laura se retocaba en el baño. Sin proponérselo contó las veces que la llave del agua se abría y se cerraba.
De una gaveta, Jorge extrajo una pitillera que había comprado para esta ocasión, preparó dos vasitos de licor, un cenicero, fósforos, y tal como había planeado lo colocó todo en el suelo de la salita, sobre una servilleta limpia. A Laura le agradarían esos detalles. Luego apagó la luz, abrió el balcón y se tendió en el suelo. Silenciosamente, Laura se acostó a su lado y lo besó ligeramente en un hombro. Jorge sintió cierta tristeza inexplicable, que el bienestar de la digestión fue disipando.
Pero la brisa terminó por hacerse molesta y decidieron cerrar el balcón. Instantes después, el calor en la pequeña pieza los sofocaba. El sueño, que Jorge sintió llegar con una mezcla de contrariedad y alivio, fue al fin más fuerte que ellos y a los pocos minutos dormían pesadamente. Jorge no pudo precisar el momento en que abandonaron el duro suelo y siguieron durmiendo en el cuarto.
Tal como lo había planeado, Jorge se levantó muy temprano –quizá demasiado temprano–, fue a la cocina e hizo café, fuerte, como sabía que le gustaba a Laura. Cuando regresó al cuarto con la pequeña taza humeante, la contempló largamente antes de decidirse a despertarla. Se le ocurrió que los que duermen se retiran a un mundo ferozmente personal y remoto, que se basta a sí mismo, donde todo (y todos) deviene superfluo. Casi dormida, ella tomó el café, le sonrió con ojos borrosos y el mundo privado volvió a cerrarse tras ella.
Pero cuando volvió a la habitación, Jorge se dio cuenta de que estaba despierta y fingía dormir.
Tendido junto a ella, Jorge oyó los ruidos de la casa, las voces de sus vecinas que se saludaban en la escalera, el motor de los primeros ómnibus, una voz que gritaba a lo lejos titulares de periódicos, el gotear de una llave de agua, la respiración ahora irregular de Laura, su propia respiración. Luego sintió a Laura canturrear casi imperceptiblemente a su lado. Quizá miraba al techo.
Consultó el reloj; recordó que se había detenido la noche anterior. Pero no necesitaba reloj para saber que era muy temprano, demasiado temprano, y que el día. un día muy largo, acababa de comenzar. Cerrando los ojos con fuerza para no ver la luz del sol, y para impedir que las lágrimas corrieran, Jorge deseó ardientemente que el tiempo pasara y no pasara.