martes, 13 de julio de 2010

SECRET GARDEN - Dreamcatcher

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1. Nocturne
2. Prayer
3. Moving
4. Dreamcatcher
5. Sigma
6. Song From A Secret Garden
7. Sona
8. Passacaglia
9. Elan
10. In Our Tears
11. Celebration
12. Heartstrings
13. Steps
14. Adagio
15. The Rap
16. Hymn To Hope
17. Lore Of The Loom
18. Dawn Of A New Century
19. Last Present

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lunes, 12 de julio de 2010

Sylvaine Vaucher

Sylvaine Vaucher

Di Meola Plays Piazzolla

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  • Oblivión – 6:01
  • Café 1930 – 6:13
  • Tango Suite, Pt. 1 – 8:49
  • Tango Suite, Pt. 3 – 8:50
  • Verano Reflections (Piazzolla/Meola) – 4:10
  • Night Club 1960 – 5:44
  • Tango II – 5:33
  • Bordel 1900 – 4:30
  • Milonga del Angel – 3:44
  • Last Tango for Astor (Al Di Meola) – 6:20
  • Megaupload

    Regina Spektor - Far

    Regina_Spektor-Far-Frontal

    1.The Calculation
    2. Eet
    3. Blue Lips
    4. Folding Chair
    5. Machine
    6. Laughing With
    7. Human Of The Year
    8. Two Birds
    9. Dance Anthem of the 80's
    10. Genius Next Door
    11. Wallet
    12. One More Time With Feeling
    13. Man Of A Thousand Faces

    Bonus Tracks
    1. Time Is All Around
    2. The Sword & The Pen
    3. Eet [Video Mix]
    4. Laughing With [Video Mix]
    5. Dance Anthem of the 80's [Video Mix]
    6. Man Of A Thousand Faces [Video Mix]

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    Antonio Pereira - Obdulia, un cuento cruel

    En materia de flores, nunca me impresionó tanto la demasía como en la casa de Arganza, cuando las camelias para Obdulia. Ahora sé que no hubiera podido ser de otro modo en un mundo gobernado por la abuela Társila. Todavía no había llegado el tiempo en que la abuela Társila mandó plantar de perales toda la finca y nos obligaba a comer peras en las tres comidas, más en la merienda y entre horas, peras empanadas y al gratén y a la Colbert, rebanadas de pera untadas con confitura de pera...
    Aquel verano, Obdulia fue de los primeros en llegar, y llegó como pálida y cansada, casi más guapa que otras veces. Obdulia era la más pequeña de las tías, una vez oí que había nacido tardía, como un trigo que llaman seruendo. Hubiera sido más propio que la tía Obdulia fuese mi prima. Pero aquella manera suya de mirarte desde su altura, y la falda pantalón y la bicicleta cromada, decían que fumaba y que lo sabía la abuela. Llevábamos pocos días de las vacaciones y una tarde se rompió el silencio de la siesta como si le hubieran dado con un palo a un jarrón. Y la abuela, que nada, aquí no ha pasado nada, a veces se le soltaban a alguien las narices y el chorro se paraba con una ramita de perejil, sería eso lo que había manchado unas toallas con sangre.
    La sangre es mala de ocultar y Obdulia no volvió a salir de su habitación. Oímos decir que una congestión. Que una pulmonía. Que una pleuresía. La abuela se concentró en cuidar a la enferma; mandó acondicionar el ala más soleada de la casa; al médico le exigía, le ordenaba, le daba plazos para la curación de Obdulia. Fue en mis años más niños, después de una pesadilla que tuve una noche, cuando empecé a verle a la abuela Társila el parecido con el castaño de indias del patio, tan fuerte y descarnado por el rayo de una tormenta de agosto. Ella misma le subía a Obdulia los caldos, siempre estaba subiéndole caldos, ponches y brazadas de sábanas para mudarle la cama. Me pareció que a la abuela se le estaban cayendo un poco los hombros. Todos los nietos le dábamos las buenas noches con un beso protocolario, y una noche la abuela  Társila tenía una lágrima. Era una lágrima helada y me horrorizó la idea de que acaso son frías las lágrimas de los viejos.
    Así iban las cosas cuando un día nos mandaron a jugar y a hacer lo que quisiéramos a casa de los primos, y supimos que en la casa de Arganza iba a haber una junta de médicos. A lo largo de aquellas semanas habían visitado a Obdulia todos los médicos del país, pero ahora venía uno de Madrid en un auto alquilado. Cuando regresamos al anochecer supimos que Obdulia se moría. La  gente del campo sabe de todo y a una lechera le oímos que lo de Obdulia era galopante, lo oías y pensabas en la espuma de los caballos en una batalla perdida. Yo estaba atento a la reacción de la abuela. La abuela tenía mucha ilusión con que Obdulia hubiese logrado las cosas que ella no había podido hacer en la vida, por ejemplo hacerse ingeniero agrónomo. Pensé que sabría descubrirle un temblor, a lo mejor un descuido en la coquetería de los cuellos blancos y planchados con que remataba sus vestidos de viuda, aunque el abuelo vivía, a su aire, en el estudio de la buhardilla, con su violín y los gatos. Fue todo lo contrario. La mañana que siguió a la consulta estaba la abuela más erguida y autoritaria que nunca. Tenía que organizar el entierro, porque lo de Obdulia era cosa de horas. Preparaba las habitaciones para los parientes de lejos; tomaba previsiones en la despensa, tenía hechos dos o tres borradores para las esquelas. Y aquella voz tan suya por el teléfono:
    - La casa de Arganza. No, no quiero manzanos de Golden, los llamo para que manden un coche urgente con camelias, ¡pero muy urgente!... Camelias blancas y rojas, bien combinadas... Eso ustedes verán, todas las que quepan... Y jaspeadas.
    La camioneta de los viveros apareció a última hora de la tarde. El chofer se extrañó de que hubieran hecho un encargo tan grande de flores para una casa rodeada de claveles y de rosales. La abuela no dijo nada. Primero aparecieron muchos fajos de verde; ramas verdes y duras que parecía que acabaran de sacarles el brillo. Luego vinieron pilas de cajas de cartón y cada caja traía cuatro docenas de camelias. La abuela decidió que su hija pequeña tendría el entierro más soñado de todo el país, y es verdad que la tía Obdulia era una criatura excepcional y moría joven, como los elegidos de los dioses y esas cosas que dicen, Pero camelias, esas flores en que lo bonito es el nombre, unas flores que ni siquiera huelen.
    - Todo está en orden - decretó la abuela cuando terminamos la cena, - que cada cual se vaya a la cama. Mañana será otro día.
    Fue otro día y otro día y fueron más días. Por primera vez en la vida, la abuela no tenía una empresa entre manos. Esperar. Solamente esperar. Un enfermo da quehaceres pero deja casi de darlos cuando se ha serenado ante las puertas mismas de la muerte, ahora la lo sé, y a la abuela se la veía desorientada, con los ojos perdidos por los relojes.
    Yo miraba a la abuela con pena. Pensé que así como Obdulia era su preferida entre todas mis tías acaso fuese yo el preferido entre los nietos, aunque ella fuera tan seca para tenerle a uno cualquier detalle. A lo mejor me necesitaba, me puse a seguirla, y ella no me espantaba de su lado. Incluso cuando el viaje era a la bodega. La bodega es el sitio más fresco de la casa, y allí estaba el verde en unos baldes con agua, mientras las camelias luchaban a su manera (pensé yo) por sobrevivir en las cajas. En una de las visitas la abuela no pudo resistir la tentación de alzar una tapa, aunque el hombre de las camelias había dicho que no tocarlas, y mejor ni mirarlas. Me chocó que fueran capullos, cada uno en su departamento, y protegido por una guata enrollada. La abuela llegó a sacar un capullo de su caja. Cogió alambre de la tela metálica de cerrar las gallinas, lo trenzó como si fuera un tallo y así se unía el capullo a una rama del verde, como si estuvieran unidos de veras. Luego abrió con cuidado las hojas. Se desplegó la flor. La abuela suspiró. Pero no hizo nada más. A las flores no había nada que hacerles. A los baldes sí les cambiábamos el agua. Luego subíamos a donde los otros, y ni ella ni yo decíamos una palabra.
    Los telegramas no se habían enviado, por supuesto, pero estaban redactados para cuando llegara el momento. El que sí había llegado era el novio de Obdulia. No era gran cosa sin el uniforme. Obdulia tiene novio, habían dicho el verano pasado. Yo la aceché entonces, junto a la alberca, cuando todo el mundo andaba a sus cosas, y le pregunté si tenía una fotografía. Ella se rió con aquella boca tan roja que tenía, y los dientes un poco salidos: "para qué la quieres si él mismo va a venir a verme cualquier día". Pero fue a buscar la foto como si se lo hubiera pedido una persona importante y yo sentí una cosa por dentro, creo que nunca había sentido la idea de la familia. Obdulia sí era de la familia. Pero un novio no es nada y ahora me alegraba de que lo mandaran a una fonda del pueblo a esperar el suceso, además de que estaría mal visto dormir él bajo el mismo techo que Obdulia no estando casados. Y las camelias allá abajo, que no iban a resistir, porque la abuela hacía muestreos cada día, por no decir cada hora, y ya los capullos estaban en las últimas.
    Fue en la bodega. La abuela había bajado delante, con sus pasos menudos, que ya no marchaban con aquella seguridad implacable. Que me traigan un lápiz y podría dibujar los toneles de madera oscura, los estantes de botellas tumbadas y ordenadas, las herramientas, y hasta un rayo de polvillo de sol que entraba por la rendija de una ventana enrejada. Nos quedamos en la penumbra. Yo ya empezaba a entender de camelias y me pareció que no pasarían de aquella noche, las pobres. La abuela se sentó sobre un cajón de botes de almíbar, junto a aquel capital de flores. Me impresionó porque siempre que había visto a la abuela sentada estaba ella cosiendo o escribiendo o regañándole a alguien. Ahora estaba con los codos en las rodillas, la frente apoyada en las manos. Quieta. Me hubiera acercado un poco, pero a lo mejor ni sabía que yo había bajado con ella. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Yo tenía frío, aunque era un día de bochorno que daría
    en tormenta. De pronto, algo debió de ocurrir en los pisos de arriba, hasta ese momento silenciosos. La abuela se levantó como un rayo: “¡Obdulia!” Siguieron los gritos y carreras de toda la caterva de tías. Absurdamente, se oyó el violín del abuelo, unas notas sueltas y un poco locas. La abuela había dado ya las luces de la bodega, las dos bombillas eran de bastantes bujías, y en un santiamén tenía destapadas las cajas de camelias, una inmensidad de capullos, salvados por un tris. Entonces me cogió con fuerza, apartó el pelo que me caía sobre la frente y me dijo:
    -¡Vamos!

    Raúl Ruiz - El alfabeto de la luna

    Coleccionistas

    La primera vez que reparé en ella fue en un hotel de Ríon, en el golfo de Corinto. Yo estaba mirando desde mi ventana, atento al bullicio en torno a la piscina, donde jóvenes italianos y franceses hacían alarde de su incontenible juventud.
    No sé qué gesto del azar desvió mi mirada. El caso es que la presencia de ella desbarató la algarabía juvenil y sólo existió ya su andar pausado a orillas del mar, su figura nimbada por una luz de fuego, su melena de viento oscuro.
    Sin razón alguna que lo confirmara, se me ocurrió que aquella mujer coleccionaba puestas de sol... Y la ocurrencia agitó mi memoria: ya había visto a esta mujer junto al templo de Poseidón, en el cabo Sounion, como atesorando el oro cobrizo de la lejanía, como embriagándose de aquel mar color de vino; la había visto también sentada en las ruinas de Tirinto, como meditando sobre la decadencia de las civilizaciones, pero gozando la posibilidad de presenciar la sugerencia del pasado; también la había visto aplaudir una puesta de sol sobre el Arno, desde el Ponte Vecchio, sorprendiendo a los que la rodeaban y arrastrándolos a un aplauso dedicado a la Naturaleza que imita al Arte; la habla visto en Túnez, donde las puestas de sol huelen a Jazmines y donde ella se iba enamorando de aquel vivir sin prisas, aquel lenguaje amoroso de las flores, aquel lenguaje amistoso de las manos; habíamos coincidido en alta mar, acodados en la borda de un buque italiano, en esos momentos en que el sol vespertino parece alumbrar islas, crear contornos, dar a luz perfiles violetas...
    Y la memoria encontró la imagen primera, la matriz de estas visiones: un sueño de mis veintiún años, un sueño en el que una adolescente solitaria paseaba, con túnica roja y pies descalzos, soñando que yo la soñaba.
    Y al fin he comprendido: colecciono mujeres solitarias, que coleccionan puestas de sol, porque estas mujeres no son sino el reflejo de la que me acompaña en todos los viajes, la mujer que vive conmigo y me colecciona... Y es que ella, como yo, también conoce la hermosura y sabor de los amores al atardecer.

    domingo, 11 de julio de 2010

    Anton Chejov - El fracaso

    Ilia Sergeich Peplov y su mujer, Cleopatra Petrovna, escuchaban junto a la puerta con gran ansiedad. Al otro lado, en la pequeña sala, se desarrollaba, al parecer, una escena de declaración amorosa. Su hija Nataschenka se prometía en aquel momento con el profesor de la Escuela Provincial, Schupkin.

    -Parece que pica -murmuraba Peplov, temblando de impaciencia y frotándose las manos-. Mira, Petrovna... Tan pronto como empiecen a hablar de sentimientos, descuelgas la imagen de la pared y entramos a bendecirlos... Quedarán cogidos. La bendición con la imagen es sagrada e irrevocable... Ni aunque acuda al juzgado podrá ya volverse atrás.

    Al otro lado de la puerta estaba entablado el siguiente diálogo:

    -¡Nada de su carácter!... -decía Schupkin, frotando una cerilla en sus pantalones a cuadros para encenderla-. Le aseguro que yo no fui quien escribió las cartas.

    -¡Vamos no diga!... ¡Como si no conociera yo su letra! -reía la damisela lanzando grititos amanerados y mirándose al espejo a cada momento-. La reconocí en seguida. ¡Y qué cosa tan rara!... ¡Usted, profesor de caligrafía y haciendo esos garrapatos!... ¿Cómo va usted a enseñar a escribir a otros si escribe usted tan mal?...

    -¡Hum!... Eso no significa nada, señorita. En el estudio de la caligrafía lo principal no es la clase de letra..., lo principal es mantener sujetos a los alumnos. A uno se le pega con la regla en la cabeza..., a otro se le pone de rodillas... ¡Pero la escritura! ¡Pchs!... ¡Eso es lo de menos!... Nekrasov era un escritor y daba vergüenza ver cómo escribía. En sus obras completas viene una muestra, ¡qué muestra!, de su caligrafía.

    -Sí..., pero aquel era Nekrasov, y usted es usted... -un suspiro-. ¡A mí me hubiera encantado casarme con un escritor! ¡Se hubiera pasado el tiempo haciéndome versos!

    -También yo puedo hacerle versos si lo desea.

    -¿Y sobre qué sabe usted escribir?

    -Sobre el amor..., sobre los sentimientos.... ¡Sobre sus ojos!... Cuando los lea usted se quedará asombrada. ¡Le harán verter lágrimas! Dígame: ¿si yo le escribiera unos versos llenos de poesía me daría a besar su manecita?

    -¡Vaya una tontería!... ¡Ahora mismo si quiere! Bésela.

    Schupkin se levantó de un brinco y con ojos que parecían prontos a saltársele apretó sus labios sobre la mano gordezuela que olía a jabón de huevo.

    -¡Descuelga la imagen! -dijo apresuradamente Peplov, dando un codazo a su mujer, palideciendo de emoción y abrochándose los botones de la chaqueta-. ¡Anda, vamos! -y sin perder un segundo abrió la puerta de par en par-. ¡Hijos! -balbució, alzando las manos y con lágrimas en los ojos-. ¡Que el Señor los bendiga! ¡Hijos míos!... ¡Vivan! ¡Sean fructíferos y multiplíquense!...

    -¡Yo!... ¡También yo los bendigo! -dijo la madre, llorando de felicidad-. ¡Sean dichosos, queridos míos! ¡Oh!... -prosiguió, dirigiéndose a Schupkin-. ¡Me arrebata usted mi único tesoro!... ¡Quiera a mi hija! ¡Mímela!...

    La boca de Schupkin se abrió de asombro y de susto. El asalto de los padres había sido tan inesperado y tan atrevido que no podía pronunciar una sola palabra.

    «Me han cogido... Me han cogido... -pensó, preso de espanto-. Te ha llegado el fin, hermano... Ya no te escaparás...» Y sumisamente presentó su cabeza, como diciendo: «¡Tómenla..., estoy vencido!»

    -¡Los... ben.., bendigo... -prosiguió el padre; y empezó a llorar también-. ¡Natascheñka!... ¡Hija mía!... ¡Ponte a su lado!... ¡Petrovna, trae la imagen!

    Pero en aquel momento el llanto del padre cesó y su rostro se alteró con furia.

    -¡Zoquete!... ¡Cabeza huera! -dijo, dirigiéndose con enfado a su mujer-. ¿Es ésta acaso la imagen?...

    -¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen Santísima!...

    ¿Qué había ocurrido?... El profesor de caligrafía levantó temerosamente los ojos y se vio salvado. En su precipitación, la madre había descolgado equivocadamente de la pared el retrato del literato Lajechnikov. El viejo Peplov y su esposa Cleopatra, con él entre las manos, no sabían en su azoramiento qué hacer ni qué decir. El profesor de caligrafía aprovechó el momento de confusión y huyó.

    VIDEO: La hora 11 - Transforma la hora mas oscura de la Humanidad

    Argumento:
    La hora 11 describe el último momento en el que es posible cambiar. La película explora cómo la humanidad ha llegado a este momento: cómo vivimos, el impacto que producimos sobre los ecosistemas y lo que podemos hacer para cambiar nuestra trayectoria.
    Expertos de todo el mundo dialogan con más de cincuenta de los científicos, pensadores y líderes más importantes del momento, que presentan los hechos y hablan sobre los aspectos más urgentes a los que se enfrentan nuestro planeta y la humanidad. La narración y conducción de la misma corre a cargo del actor Leonardo DiCaprio que se implicó personalmente en la producción de la misma.
    La hora 11 es una mirada sobre la crisis ecológica actual, concretada en fenómenos tales como la sequía, el hambre, las inundaciones o la lluvia ácida, entre otras secuelas que el planeta sufre a causa del cambio climático. El documental incluye soluciones prácticas para ayudar a restaurar los ecosistemas del planeta.


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    Thierry Le Gouès

     

    Thierr y Le Gouès

    sábado, 10 de julio de 2010

    ALEJANDRO AURA – Fragmento de Pausa

    Ella es dulce como la saliva de ciertas flores que amo,
    ella es suave como su piel como la luz muy tenue,
    ella es tierna y morena y yo la quiero
    y no le gusta vivir al viento,
    ah no le gusta vivir al viento,
    y yo que partí de mis raíces duras,
    que dejé las anclas de mi nombre llenas de orín y pesadeces
    para poder vivir al viento
    y no le gusta;
    enciéndase la lámpara de los días amargos
    ¿voy a desconocer una vez más la libertad
    de estar atado a la carne del amor terreno?
    y me gustan sus cabellos para esconder la lujuria de mi aliento
    y me gustan su talle, y sus caderas
    para abrazar la arena de su vientre con mi pecho desnudo,
    ay y no le gusta vivir al viento a la niña de mis cantos

    ¿qué voy a hacer ahora?

    Desiree Dolron

    Desiree Dolron

    viernes, 9 de julio de 2010

    Horacio Quiroga - El hombre muerto

    El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

    Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.

    El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...?

    No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?

    Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.

    El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...

    ¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.

    ¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.

    El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.

    ¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.

    ...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!

    ¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.

    ...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.

    Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.

    Federico García Lorca - No te pude ver

    No te pude ver
    cuando eras soltera,
    mas de casada
    te encontraré.
    Te desnudaré,
    casada y romera,
    cuando en lo oscuro
    las doce den.

    Paco Ibáñez

    Enrique Morente

    Andy Julia

    Andy Julia

    ¡Gracias Lady Ari!