martes, 13 de julio de 2010

AGUAVIVA – POETAS ANDALUCES DE AHORA

aguaviva

01. Poetas andaluces. Parte I
02. Llanto
03. Pon tu cuerpo a tierra
04. Viajar por el espacio
05. Quise llorar con ellos
06. Un pueblo
07. Ni yo tampoco entiendo
08. Poetas andaluces. Parte II
09. Dos cuchillos
10. El último soldado
11. Aquí estuvo el amor
12. Ardían los yunques
13. Poetas andaluces. Parte III

Megaupload       Multiply

Agua viva - La casa de San Jamás

san_ja10

 
01. Llegando
02. La casa de San Jamás
03. La canción del soñador
04. La canción del que está quieto
05. La canción del que no quería mentir
06. La canción del justo
07. La canción del hombre libre
08. La canción del pescador
09. La canción del vencido
10. Anochece
11. La canción del niño que quería ir a la luna
12. La canción del peregrino
 

AC-DC - Black Ice (2008)

Rock N' Roll Train
02-Skies on Fire
03. Big Jack

Megaupload      Multiply

A Special Tribute To Pink Floyd

2805181603_c148ef1f11_o

   

1. Money - Tommy Shaw, Ritchie Kotzen, Tony Levin, Mike Beard, Edgar Winter
2. Welcome To The Machine - Doug Pinnick, Gary Hoey, Mike Porcaro, Greg Bissonette, Derek Sherinian
3. Comfortably Numb - Billy Sherwood, Chris Squire, Alan White
4. Shine On You Crazy Daimond - Steve Lukather, Marco Mendoza, Vinnie Colaiuta
5. Us And Them - Jeff Scott Soto, Bob Kulik, Jimmy Haslip, Scotty Page, Pat Torpey
6. Young Lust - Glenn Hughes, Elliot Easton, Tony Franklin, Aynsley Dunbar
7. Run Like Hell - Jason Sheff, Dweezil Zappa, Tony Franklin, Aynsley Dunbar
8. Any Color You Like - Robben Ford, Tony Franklin, Aynsley Dunbar, Steve Porcaro
9. Another Brick In The Wall - Fee Waybill, Ronnie Montrose, Mike Porcaro, Gregg Bissonette
10. Have A Cigar - Bobby Kimball, Bob & Bruce Kulick, Mike Porcaro, Gregg Bissonette
11. Breathe (In The Air) - Rick McAuley, Jeff 'Skunk' Baxter, Phil Soussan, Eric Singer

Megaupload

Aguaviva - Who Sing of Revolution

1230808

 

Megaupload

SECRET GARDEN - Dreamcatcher

AlbumArt_{C92FE59E-3984-48D1-84D8-7C1626CE0E91}_Large

1. Nocturne
2. Prayer
3. Moving
4. Dreamcatcher
5. Sigma
6. Song From A Secret Garden
7. Sona
8. Passacaglia
9. Elan
10. In Our Tears
11. Celebration
12. Heartstrings
13. Steps
14. Adagio
15. The Rap
16. Hymn To Hope
17. Lore Of The Loom
18. Dawn Of A New Century
19. Last Present

Megaupload

lunes, 12 de julio de 2010

Sylvaine Vaucher

Sylvaine Vaucher

Di Meola Plays Piazzolla

folderpco

  • Oblivión – 6:01
  • Café 1930 – 6:13
  • Tango Suite, Pt. 1 – 8:49
  • Tango Suite, Pt. 3 – 8:50
  • Verano Reflections (Piazzolla/Meola) – 4:10
  • Night Club 1960 – 5:44
  • Tango II – 5:33
  • Bordel 1900 – 4:30
  • Milonga del Angel – 3:44
  • Last Tango for Astor (Al Di Meola) – 6:20
  • Megaupload

    Regina Spektor - Far

    Regina_Spektor-Far-Frontal

    1.The Calculation
    2. Eet
    3. Blue Lips
    4. Folding Chair
    5. Machine
    6. Laughing With
    7. Human Of The Year
    8. Two Birds
    9. Dance Anthem of the 80's
    10. Genius Next Door
    11. Wallet
    12. One More Time With Feeling
    13. Man Of A Thousand Faces

    Bonus Tracks
    1. Time Is All Around
    2. The Sword & The Pen
    3. Eet [Video Mix]
    4. Laughing With [Video Mix]
    5. Dance Anthem of the 80's [Video Mix]
    6. Man Of A Thousand Faces [Video Mix]

    Megaupload

    Antonio Pereira - Obdulia, un cuento cruel

    En materia de flores, nunca me impresionó tanto la demasía como en la casa de Arganza, cuando las camelias para Obdulia. Ahora sé que no hubiera podido ser de otro modo en un mundo gobernado por la abuela Társila. Todavía no había llegado el tiempo en que la abuela Társila mandó plantar de perales toda la finca y nos obligaba a comer peras en las tres comidas, más en la merienda y entre horas, peras empanadas y al gratén y a la Colbert, rebanadas de pera untadas con confitura de pera...
    Aquel verano, Obdulia fue de los primeros en llegar, y llegó como pálida y cansada, casi más guapa que otras veces. Obdulia era la más pequeña de las tías, una vez oí que había nacido tardía, como un trigo que llaman seruendo. Hubiera sido más propio que la tía Obdulia fuese mi prima. Pero aquella manera suya de mirarte desde su altura, y la falda pantalón y la bicicleta cromada, decían que fumaba y que lo sabía la abuela. Llevábamos pocos días de las vacaciones y una tarde se rompió el silencio de la siesta como si le hubieran dado con un palo a un jarrón. Y la abuela, que nada, aquí no ha pasado nada, a veces se le soltaban a alguien las narices y el chorro se paraba con una ramita de perejil, sería eso lo que había manchado unas toallas con sangre.
    La sangre es mala de ocultar y Obdulia no volvió a salir de su habitación. Oímos decir que una congestión. Que una pulmonía. Que una pleuresía. La abuela se concentró en cuidar a la enferma; mandó acondicionar el ala más soleada de la casa; al médico le exigía, le ordenaba, le daba plazos para la curación de Obdulia. Fue en mis años más niños, después de una pesadilla que tuve una noche, cuando empecé a verle a la abuela Társila el parecido con el castaño de indias del patio, tan fuerte y descarnado por el rayo de una tormenta de agosto. Ella misma le subía a Obdulia los caldos, siempre estaba subiéndole caldos, ponches y brazadas de sábanas para mudarle la cama. Me pareció que a la abuela se le estaban cayendo un poco los hombros. Todos los nietos le dábamos las buenas noches con un beso protocolario, y una noche la abuela  Társila tenía una lágrima. Era una lágrima helada y me horrorizó la idea de que acaso son frías las lágrimas de los viejos.
    Así iban las cosas cuando un día nos mandaron a jugar y a hacer lo que quisiéramos a casa de los primos, y supimos que en la casa de Arganza iba a haber una junta de médicos. A lo largo de aquellas semanas habían visitado a Obdulia todos los médicos del país, pero ahora venía uno de Madrid en un auto alquilado. Cuando regresamos al anochecer supimos que Obdulia se moría. La  gente del campo sabe de todo y a una lechera le oímos que lo de Obdulia era galopante, lo oías y pensabas en la espuma de los caballos en una batalla perdida. Yo estaba atento a la reacción de la abuela. La abuela tenía mucha ilusión con que Obdulia hubiese logrado las cosas que ella no había podido hacer en la vida, por ejemplo hacerse ingeniero agrónomo. Pensé que sabría descubrirle un temblor, a lo mejor un descuido en la coquetería de los cuellos blancos y planchados con que remataba sus vestidos de viuda, aunque el abuelo vivía, a su aire, en el estudio de la buhardilla, con su violín y los gatos. Fue todo lo contrario. La mañana que siguió a la consulta estaba la abuela más erguida y autoritaria que nunca. Tenía que organizar el entierro, porque lo de Obdulia era cosa de horas. Preparaba las habitaciones para los parientes de lejos; tomaba previsiones en la despensa, tenía hechos dos o tres borradores para las esquelas. Y aquella voz tan suya por el teléfono:
    - La casa de Arganza. No, no quiero manzanos de Golden, los llamo para que manden un coche urgente con camelias, ¡pero muy urgente!... Camelias blancas y rojas, bien combinadas... Eso ustedes verán, todas las que quepan... Y jaspeadas.
    La camioneta de los viveros apareció a última hora de la tarde. El chofer se extrañó de que hubieran hecho un encargo tan grande de flores para una casa rodeada de claveles y de rosales. La abuela no dijo nada. Primero aparecieron muchos fajos de verde; ramas verdes y duras que parecía que acabaran de sacarles el brillo. Luego vinieron pilas de cajas de cartón y cada caja traía cuatro docenas de camelias. La abuela decidió que su hija pequeña tendría el entierro más soñado de todo el país, y es verdad que la tía Obdulia era una criatura excepcional y moría joven, como los elegidos de los dioses y esas cosas que dicen, Pero camelias, esas flores en que lo bonito es el nombre, unas flores que ni siquiera huelen.
    - Todo está en orden - decretó la abuela cuando terminamos la cena, - que cada cual se vaya a la cama. Mañana será otro día.
    Fue otro día y otro día y fueron más días. Por primera vez en la vida, la abuela no tenía una empresa entre manos. Esperar. Solamente esperar. Un enfermo da quehaceres pero deja casi de darlos cuando se ha serenado ante las puertas mismas de la muerte, ahora la lo sé, y a la abuela se la veía desorientada, con los ojos perdidos por los relojes.
    Yo miraba a la abuela con pena. Pensé que así como Obdulia era su preferida entre todas mis tías acaso fuese yo el preferido entre los nietos, aunque ella fuera tan seca para tenerle a uno cualquier detalle. A lo mejor me necesitaba, me puse a seguirla, y ella no me espantaba de su lado. Incluso cuando el viaje era a la bodega. La bodega es el sitio más fresco de la casa, y allí estaba el verde en unos baldes con agua, mientras las camelias luchaban a su manera (pensé yo) por sobrevivir en las cajas. En una de las visitas la abuela no pudo resistir la tentación de alzar una tapa, aunque el hombre de las camelias había dicho que no tocarlas, y mejor ni mirarlas. Me chocó que fueran capullos, cada uno en su departamento, y protegido por una guata enrollada. La abuela llegó a sacar un capullo de su caja. Cogió alambre de la tela metálica de cerrar las gallinas, lo trenzó como si fuera un tallo y así se unía el capullo a una rama del verde, como si estuvieran unidos de veras. Luego abrió con cuidado las hojas. Se desplegó la flor. La abuela suspiró. Pero no hizo nada más. A las flores no había nada que hacerles. A los baldes sí les cambiábamos el agua. Luego subíamos a donde los otros, y ni ella ni yo decíamos una palabra.
    Los telegramas no se habían enviado, por supuesto, pero estaban redactados para cuando llegara el momento. El que sí había llegado era el novio de Obdulia. No era gran cosa sin el uniforme. Obdulia tiene novio, habían dicho el verano pasado. Yo la aceché entonces, junto a la alberca, cuando todo el mundo andaba a sus cosas, y le pregunté si tenía una fotografía. Ella se rió con aquella boca tan roja que tenía, y los dientes un poco salidos: "para qué la quieres si él mismo va a venir a verme cualquier día". Pero fue a buscar la foto como si se lo hubiera pedido una persona importante y yo sentí una cosa por dentro, creo que nunca había sentido la idea de la familia. Obdulia sí era de la familia. Pero un novio no es nada y ahora me alegraba de que lo mandaran a una fonda del pueblo a esperar el suceso, además de que estaría mal visto dormir él bajo el mismo techo que Obdulia no estando casados. Y las camelias allá abajo, que no iban a resistir, porque la abuela hacía muestreos cada día, por no decir cada hora, y ya los capullos estaban en las últimas.
    Fue en la bodega. La abuela había bajado delante, con sus pasos menudos, que ya no marchaban con aquella seguridad implacable. Que me traigan un lápiz y podría dibujar los toneles de madera oscura, los estantes de botellas tumbadas y ordenadas, las herramientas, y hasta un rayo de polvillo de sol que entraba por la rendija de una ventana enrejada. Nos quedamos en la penumbra. Yo ya empezaba a entender de camelias y me pareció que no pasarían de aquella noche, las pobres. La abuela se sentó sobre un cajón de botes de almíbar, junto a aquel capital de flores. Me impresionó porque siempre que había visto a la abuela sentada estaba ella cosiendo o escribiendo o regañándole a alguien. Ahora estaba con los codos en las rodillas, la frente apoyada en las manos. Quieta. Me hubiera acercado un poco, pero a lo mejor ni sabía que yo había bajado con ella. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Yo tenía frío, aunque era un día de bochorno que daría
    en tormenta. De pronto, algo debió de ocurrir en los pisos de arriba, hasta ese momento silenciosos. La abuela se levantó como un rayo: “¡Obdulia!” Siguieron los gritos y carreras de toda la caterva de tías. Absurdamente, se oyó el violín del abuelo, unas notas sueltas y un poco locas. La abuela había dado ya las luces de la bodega, las dos bombillas eran de bastantes bujías, y en un santiamén tenía destapadas las cajas de camelias, una inmensidad de capullos, salvados por un tris. Entonces me cogió con fuerza, apartó el pelo que me caía sobre la frente y me dijo:
    -¡Vamos!

    Raúl Ruiz - El alfabeto de la luna

    Coleccionistas

    La primera vez que reparé en ella fue en un hotel de Ríon, en el golfo de Corinto. Yo estaba mirando desde mi ventana, atento al bullicio en torno a la piscina, donde jóvenes italianos y franceses hacían alarde de su incontenible juventud.
    No sé qué gesto del azar desvió mi mirada. El caso es que la presencia de ella desbarató la algarabía juvenil y sólo existió ya su andar pausado a orillas del mar, su figura nimbada por una luz de fuego, su melena de viento oscuro.
    Sin razón alguna que lo confirmara, se me ocurrió que aquella mujer coleccionaba puestas de sol... Y la ocurrencia agitó mi memoria: ya había visto a esta mujer junto al templo de Poseidón, en el cabo Sounion, como atesorando el oro cobrizo de la lejanía, como embriagándose de aquel mar color de vino; la había visto también sentada en las ruinas de Tirinto, como meditando sobre la decadencia de las civilizaciones, pero gozando la posibilidad de presenciar la sugerencia del pasado; también la había visto aplaudir una puesta de sol sobre el Arno, desde el Ponte Vecchio, sorprendiendo a los que la rodeaban y arrastrándolos a un aplauso dedicado a la Naturaleza que imita al Arte; la habla visto en Túnez, donde las puestas de sol huelen a Jazmines y donde ella se iba enamorando de aquel vivir sin prisas, aquel lenguaje amoroso de las flores, aquel lenguaje amistoso de las manos; habíamos coincidido en alta mar, acodados en la borda de un buque italiano, en esos momentos en que el sol vespertino parece alumbrar islas, crear contornos, dar a luz perfiles violetas...
    Y la memoria encontró la imagen primera, la matriz de estas visiones: un sueño de mis veintiún años, un sueño en el que una adolescente solitaria paseaba, con túnica roja y pies descalzos, soñando que yo la soñaba.
    Y al fin he comprendido: colecciono mujeres solitarias, que coleccionan puestas de sol, porque estas mujeres no son sino el reflejo de la que me acompaña en todos los viajes, la mujer que vive conmigo y me colecciona... Y es que ella, como yo, también conoce la hermosura y sabor de los amores al atardecer.

    domingo, 11 de julio de 2010

    Anton Chejov - El fracaso

    Ilia Sergeich Peplov y su mujer, Cleopatra Petrovna, escuchaban junto a la puerta con gran ansiedad. Al otro lado, en la pequeña sala, se desarrollaba, al parecer, una escena de declaración amorosa. Su hija Nataschenka se prometía en aquel momento con el profesor de la Escuela Provincial, Schupkin.

    -Parece que pica -murmuraba Peplov, temblando de impaciencia y frotándose las manos-. Mira, Petrovna... Tan pronto como empiecen a hablar de sentimientos, descuelgas la imagen de la pared y entramos a bendecirlos... Quedarán cogidos. La bendición con la imagen es sagrada e irrevocable... Ni aunque acuda al juzgado podrá ya volverse atrás.

    Al otro lado de la puerta estaba entablado el siguiente diálogo:

    -¡Nada de su carácter!... -decía Schupkin, frotando una cerilla en sus pantalones a cuadros para encenderla-. Le aseguro que yo no fui quien escribió las cartas.

    -¡Vamos no diga!... ¡Como si no conociera yo su letra! -reía la damisela lanzando grititos amanerados y mirándose al espejo a cada momento-. La reconocí en seguida. ¡Y qué cosa tan rara!... ¡Usted, profesor de caligrafía y haciendo esos garrapatos!... ¿Cómo va usted a enseñar a escribir a otros si escribe usted tan mal?...

    -¡Hum!... Eso no significa nada, señorita. En el estudio de la caligrafía lo principal no es la clase de letra..., lo principal es mantener sujetos a los alumnos. A uno se le pega con la regla en la cabeza..., a otro se le pone de rodillas... ¡Pero la escritura! ¡Pchs!... ¡Eso es lo de menos!... Nekrasov era un escritor y daba vergüenza ver cómo escribía. En sus obras completas viene una muestra, ¡qué muestra!, de su caligrafía.

    -Sí..., pero aquel era Nekrasov, y usted es usted... -un suspiro-. ¡A mí me hubiera encantado casarme con un escritor! ¡Se hubiera pasado el tiempo haciéndome versos!

    -También yo puedo hacerle versos si lo desea.

    -¿Y sobre qué sabe usted escribir?

    -Sobre el amor..., sobre los sentimientos.... ¡Sobre sus ojos!... Cuando los lea usted se quedará asombrada. ¡Le harán verter lágrimas! Dígame: ¿si yo le escribiera unos versos llenos de poesía me daría a besar su manecita?

    -¡Vaya una tontería!... ¡Ahora mismo si quiere! Bésela.

    Schupkin se levantó de un brinco y con ojos que parecían prontos a saltársele apretó sus labios sobre la mano gordezuela que olía a jabón de huevo.

    -¡Descuelga la imagen! -dijo apresuradamente Peplov, dando un codazo a su mujer, palideciendo de emoción y abrochándose los botones de la chaqueta-. ¡Anda, vamos! -y sin perder un segundo abrió la puerta de par en par-. ¡Hijos! -balbució, alzando las manos y con lágrimas en los ojos-. ¡Que el Señor los bendiga! ¡Hijos míos!... ¡Vivan! ¡Sean fructíferos y multiplíquense!...

    -¡Yo!... ¡También yo los bendigo! -dijo la madre, llorando de felicidad-. ¡Sean dichosos, queridos míos! ¡Oh!... -prosiguió, dirigiéndose a Schupkin-. ¡Me arrebata usted mi único tesoro!... ¡Quiera a mi hija! ¡Mímela!...

    La boca de Schupkin se abrió de asombro y de susto. El asalto de los padres había sido tan inesperado y tan atrevido que no podía pronunciar una sola palabra.

    «Me han cogido... Me han cogido... -pensó, preso de espanto-. Te ha llegado el fin, hermano... Ya no te escaparás...» Y sumisamente presentó su cabeza, como diciendo: «¡Tómenla..., estoy vencido!»

    -¡Los... ben.., bendigo... -prosiguió el padre; y empezó a llorar también-. ¡Natascheñka!... ¡Hija mía!... ¡Ponte a su lado!... ¡Petrovna, trae la imagen!

    Pero en aquel momento el llanto del padre cesó y su rostro se alteró con furia.

    -¡Zoquete!... ¡Cabeza huera! -dijo, dirigiéndose con enfado a su mujer-. ¿Es ésta acaso la imagen?...

    -¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen Santísima!...

    ¿Qué había ocurrido?... El profesor de caligrafía levantó temerosamente los ojos y se vio salvado. En su precipitación, la madre había descolgado equivocadamente de la pared el retrato del literato Lajechnikov. El viejo Peplov y su esposa Cleopatra, con él entre las manos, no sabían en su azoramiento qué hacer ni qué decir. El profesor de caligrafía aprovechó el momento de confusión y huyó.

    VIDEO: La hora 11 - Transforma la hora mas oscura de la Humanidad

    Argumento:
    La hora 11 describe el último momento en el que es posible cambiar. La película explora cómo la humanidad ha llegado a este momento: cómo vivimos, el impacto que producimos sobre los ecosistemas y lo que podemos hacer para cambiar nuestra trayectoria.
    Expertos de todo el mundo dialogan con más de cincuenta de los científicos, pensadores y líderes más importantes del momento, que presentan los hechos y hablan sobre los aspectos más urgentes a los que se enfrentan nuestro planeta y la humanidad. La narración y conducción de la misma corre a cargo del actor Leonardo DiCaprio que se implicó personalmente en la producción de la misma.
    La hora 11 es una mirada sobre la crisis ecológica actual, concretada en fenómenos tales como la sequía, el hambre, las inundaciones o la lluvia ácida, entre otras secuelas que el planeta sufre a causa del cambio climático. El documental incluye soluciones prácticas para ayudar a restaurar los ecosistemas del planeta.


    http://www.megaupload.com/?d=ITB9J4YP
    http://www.megaupload.com/?d=9U48H23F
    http://www.megaupload.com/?d=EYMKVRKP
    http://www.megaupload.com/?d=TK6SIWCH
    http://www.megaupload.com/?d=RAEPRBFM
    http://www.megaupload.com/?d=70H6C3S0
    http://www.megaupload.com/?d=XFV8XCC8
    http://www.megaupload.com/?d=CZC7502N

    Thierry Le Gouès

     

    Thierr y Le Gouès