lunes, 15 de noviembre de 2010

Eric Kellerman

Eric Kellerman

Anne Marie Villefranche - EL BAÑO DE CHAMPAGNE

Alfred Stevens el ba%C3%B1o

"El baño era espacioso y decorativo, como correspondía al establecimiento. Marcel abrió una botella y sirvió dos copas de champagne para brindar por el inicio de sus aventuras comunes.
Marie Madelaine se sentó en una silla con las rodillas desnudas grácilmente cruzadas, sorbiendo su campagne totalmente embelesada, mientras Marcel se quitaba la americana y empezaba a descorchar botellas y verter burbujeante champagne en la grande y antigua bañera de ónix rosado. El delicado aroma del champagne colmaba el aire y hacía parpadear a Marie Madeleine.
-¡Es una absoluta locura! -exclamó ella, riendo.
-Sí, coincidió Marcel, riendo también mientras regaba el baño con una botella en cada mano.
Se dio prisa en abrir las cajas y descorchar las botellas con un diestro tirón, hasta vaciar el contenido de ocho docenas y sembrar el suelo de tapones, alambres y botellas vacías.
-Ahora -exclamó Marcel- su baño está preparado, princesa.
Le dio la mano y, con cortesía, la ayudó a meterse en el baño. Ella se sumergió en el dorado champagne, una visión que arrebataría el sentido a cualquier hombre.
Los delicados pezones rosados emergían a la superficie y el resto de su esbelto cuerpo y las piernas eran visibles a través del champagne."
De Locuras de amor

domingo, 14 de noviembre de 2010

Jack Delano

Jack Delano

John Kennedy Toole - La conjura de los necios

Apartó la vista de la ventanilla cuando el hombre de la barba pelirroja se alejaba corriendo, y abrió la revista Life que le había dado Darlene. En el Noche de Alegría, al menos Darlene había sido amable con él. Darlene estaba suscrita a Life porque quería cultivarse y, al darle a Jones la revista, había sugerido que quizás también pudiera serle útil. Jones intentó adentrarse por una editorial sobre la política norteamericana en Extremo Oriente, pero lo dejó hacia la mitad, preguntándose cómo aquello podría ayudar a Darlene a convertirse en una exótica, que era el objetivo al que ella había aludido una y otra vez. Pasó a los anuncios, pues eran las cosas que le interesaban de la revista. La selección de aquella revista era excelente. Le gustó mucho el anuncio de Seguros de Vida Etna, con la fotografía de la maravillosa casa que acababa de comprarse una pareja. El hombre de loción para el afeitado YARDLEY parecía un tipo rico y desenvuelto. En eso podía ayudarle la revista. Él quería tener el mismo aspecto que aquellos individuos.

Libro

John Kennedy Toole - La conjura de los necios

Apart� la vista de la ventanilla cuando el hombre de la barba pelirroja se alejaba corriendo, y abri� la revista Life que le hab�a dado Darlene. En el Noche de Alegr�a, al menos Darlene hab�a sido amable con �l. Darlene estaba suscrita a Life porque quer�a cultivarse y, al darle a Jones la revista, hab�a sugerido que quiz�s tambi�n pudiera serle �til. Jones intent� adentrarse por una editorial sobre la pol�tica norteamericana en Extremo Oriente, pero lo dej� hacia la mitad, pregunt�ndose c�mo aquello podr�a ayudar a Darlene a convertirse en una ex�tica, que era el objetivo al que ella hab�a aludido una y otra vez. Pas� a los anuncios, pues eran las cosas que le interesaban de la revista. La selecci�n de aquella revista era excelente. Le gust� mucho el anuncio de Seguros de Vida Etna, con la fotograf�a de la maravillosa casa que acababa de comprarse una pareja. El hombre de loci�n para el afeitado YARDLEY parec�a un tipo rico y desenvuelto. En eso pod�a ayudarle la revista. �l quer�a tener el mismo aspecto que aquellos individuos.

Diego Vasallo - Canciones en ruinas

1.Tarde
2.Así
3.Canto al amor
4.Donde palpitan las cosas
5.A ras de noche
6.Gardel
7.Ingravidez
8.Ver para no creer
9.Vuelve un poco de lo que perdí

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sábado, 13 de noviembre de 2010

Vadim Stein

Vadim Stein

Gilbert K. Chesterton - El hombre que fue Jueves

Fragmento del capítulo V

Mientras la conversación seguía su curso, Syme se dedicó a observar mejor a sus compañeros. Y poco a poco sintió que lo embargaba otra vez el sentimiento de horror hacia aquellas excentricidades psíquicas.

Habíale parecido al principio que todos los comensales, con excepción del peludo Gogol, eran personas comunes y corrientes por el aspecto y el traje. Pero al observarlos mejor, comenzó a descubrir en todos y cada uno de ellos lo mismo que había advertido en el que le esperó junto al Támesis: algún rasgo demoníaco. Aquella risa descentrada que desfiguraba de cuando en cuando la hermosa cara del que había sido su guía, era "típica" de todos aquellos "tipos". Todos tenían algo, perceptible tal vez a la décima o a la vigésima inspección; algo que no era del todo normal y que apenas parecía humano. Idea que trató de formularse, diciéndose que todos tenían aspecto y presencia de personas bien educadas, pero con una ligera torsión, como la que produce la falla de un espejo. Esta excentricidad semioculta, sólo podrá definirse describiendo uno a uno todos los tipos. El cicerone de Syme llevaba el título de Lunes; era el secretario del Consejo, y nada era más terrible que su tuerta sonrisa, a excepción de la espantosa y satisfecha risotada del Presidente. Pero ahora que Syme lo observaba más de cerca, advertía en el secretario otras singularidades. Su noble rostro estaba tan extenuado, que Syme llegó a figurarse que lo trabajaba alguna profunda enfermedad; pero, en cierto modo, el mismo dolor de su mirada negaba esta suposición. No: aquel hombre no era víctima de una dolencia física. Sus ojos brillaban con una tortura intelectual, como si el solo pensar fuese su dolencia. Esto era común a toda la tribu; todos tenían alguna anomalía sutil y distinta. Junto al secretario estaba el Martes, el peludo Gogol, cuya locura era más notoria. Después venía el Miércoles: un tal Marqués de San Eustaquio, figura harto característica. A primera vista, nada extraño se notaba en él, salvo que era el único a quien el traje elegante le sentaba como cosa propia. Llevaba una barbilla negra y cuadrada, a la francesa, y una levita negra y todavía más cuadrada, a la inglesa. Syme, muy sensible a tales encantos, pronto percibió que, en torno a este hombre, flotaba una atmósfera rica, tan rica que era sofocante, y que recordaba, quién sabe cómo, los olores soporíferos y las lámparas moribundas de los más tétricos poemas de Byron y de Poe. Al mismo tiempo, parecía que estuviera vestido con materiales no más ligeros, sino más suaves que los demás; el negro de su traje se dijera más denso y cálido que el de las sombras negras que le rodeaban, como si fuera el resultado de algún color vivo intensificado hasta el negro. Su levita negra semejaba negra a fuerza de ser púrpura intensa. Su barba negra negreaba a fuerza de ser azul. Y entre la espesura nebulosa de aquella barba, su boca rojo-oscura era desdeñosa y sensual. De seguro no era francés: acaso judío; tal vez procediera de mayores profundidades, en el profundo corazón del Oriente. En los abigarrados cuadros y mosaicos de Persia, que representan cacerías de tiranos, se ven esos ojos de almendra, esas azulosas barbas, esos crueles labios escarlata.

Syme ocupaba el otro asiento, y después de él venía un hombre muy viejo, el profesor de Worms, que aunque todavía ocupaba el lugar de Viernes, a diario temían que lo dejara vacante por defunción. Estaba en la más completa decadencia senil, a no ser por la inteligencia. Su rostro era tan gris como su larga barba gris; su frente se arrugaba en un surco de amable desesperación. En ninguno, ni siquiera en Gogol, el brillo del traje nupcial producía más penoso efecto de contraste. La flor roja de al solapa exageraba aún más la absoluta palidez plomiza de aquella cara, y el efecto era tan horrible como el de un cadáver vestido por unos dandies borrachos. Cuando se levantaba o se sentaba, lo cual lograba hacer con mucho trabajo y peligro, había en él algo peor que debilidad, algo inefablemente concertado con el horror de aquella escena: no era sólo decrepitud, era corrupción. Una idea abominable cruzó por la excitada mente de Syme: al menor movimiento, aquel muñeco iba a soltar una pierna o un brazo.

En el extremo de la mesa estaba el llamado Sábado: la figura más sencilla y desconcertante. Hombre pequeño, robusto, con una cara llena, oscura, afeitada: un médico llamado Bull. Tenía esa mezcla de desenvoltura y familiaridad cortés que no es raro encontrar en los médicos jóvenes. Llevaba el traje elegante con más confianza que seguridad, y una sonrisa congelada en la cara. Nada había en él notable, sino unos lentes negros y opacos. Tal vez la excitación nerviosa había ido en crescendo, pero ello es que a Syme le dieron miedo aquellos discos negros; le recordaron feas historias, semiolvidadas ya, sobre cierto cadáver en cuyos ojos habían incrustado unos peniques. No podía apartar la mirada de los vidrios negros de aquella máscara ciega. Al moribundo profesor, al pálido secretario, les hubieran sentado mejor. Pero en la cara de aquel hombre gordo y torpe eran un enigma, ocultaban de hecho la clave de la fisonomía. Ya no era posible saber lo que significaban aquella sonrisa y aquella gravedad. En parte por esto, y en parte porque su complexión revelaba una espesa virilidad de que carecían los otros, a Syme le pareció que aquél era el más perverso de la pandilla. Hasta se le figuró que se tapaba los ojos para encubrir su irresistible horror.

Chesterton - El Hombre Que Fue Jueves

jueves, 11 de noviembre de 2010

David Hamilton

David Hamilton

Jhon Cheever - El Nadador

Jhon Cheever - El Nadador

En este relato se basó la película de Frank Perry y estelarizada por Burt Lancaster.

Joja y la suerte roja