sábado, 11 de diciembre de 2010

Fray Luis de León - La perfecta casada

Franz Kafka - Ante la ley

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero, al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente, siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y, como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Maria Zambrano - Claros Del Bosque

F. G. Lorca - EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA

Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.
El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena, pues, de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.

Marc Pettersen

Marc Pettersen

Un viejo que leía novelas de amor - Luis Sepúlveda

jueves, 9 de diciembre de 2010

HARUKI MURAKAMI - TOKIO BLUES

Silvia Rodríguez Bravo - ENTREGA II

Ven, redúceme al instinto carnal de tu laberinto,
comulga en mi templo la penitencia del pecado
que no es pecado, es la necesidad justa, natural,
grano a grano de tus manos en mis labios.
Poro a poro, sin fatiga tu cuerpo y mi cuerpo
se irán desgranando en el verbo prehistórico de los deseos.
Bebe de mi piel cada sorbo, mira estos labios
que buscan la humedad de tu sexo.

Ven, busca en mis pupilas asilo para tus demonios,
toca la expresión de mi carne, la alquimia de mis senos,
antes que el amanecer extermine esta hora.
Devoro tu cuerpo como Saturno a sus hijos,
y es que siento como tus aspas rompen el madero
de mi cautiverio y soy el reventar de olas nocturnas,
el caudal que silencioso recoge la nieve del verano.

Tu respirar corto, agitado, espacioso anuncia el malparir
de nieves condensadas, y yo cómplice del aborto,
dejo caer servilletas blancas sobre la selva sudorosa de tus colinas.
Hemos calmado la náusea placentera del alma y cuerpo,
hemos sondeado el vértigo del placer, el aullar de la noche,
hemos liberado al demonio escondido...
a ese esclavo anónimo que llevamos dentro.

Naia del Castillo

Naia del Castillo

Juan Rulfo - El llano en llamas

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Manuel Puig - El beso de la mujer araña

Cueva de Lascaux

Se puede acceder a toda la información acerca de estas pinturas rupestres, sus orígenes y su significado en Cueva de Lascaux

Andrés Castellanos

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Andrés Castellanos

Jaroslav Hašek - El mas grande escritor checo

En virtud de que ya más de una vez aludí a mi persona relatando la historia del Partido del Progreso Moderado Dentro de los Límites de la Ley, me siento en la obligación de dejar la modestia inoportuna para criticarme a mi mismo digna e imparcialmente delante de todo el público.
Como líder que soy del Partido del Progreso Moderado Dentro de los Límites de la Ley, y su candidato, tengo que juzgar mis acciones y mi conducta lo más objetiva y sinópticamente que me sea posible para que nadie pierda ni un ápice de mi carácter. De verdad, hay momentos en mi vida, en los que me digo a mí mismo por lo bajo, henchido de entusiasmo por alguno de mis actos: "Dios mío, pero que alhajita soy". Aunque, por otro lado, de qué me serviría todo eso si no se enterara de ello el mundo entero. El mundo debe llegar a tal conclusión, la humanidad tiene que apreciarme en todo lo que valgo; y no solamente por mis grandes dotes y enormes capacidades, sino también por mi talento fabuloso y mi carácter prístino, que no tiene igual. No obstante, alguien podría objetar el que no deje a otra persona más competente escribir esta oda, el que fuerce tan violentamente mi modestia elogiándome a mí mismo.
Contesto: Ello es debido a que nadie me conoce mejor que yo mismo, y además, seguramente que no escribiré de mí nada que no se corresponda con la realidad porque sería ridículo que yo exagerara escribiendo acerca de mí mismo. Por esta razón recurro a las expresiones más modestas al elogiarme cuando ello es imprescindible, aunque parta resueltamente del punto de vista de que, si bien es cierto que la modestia adorna al hombre, un hombre de verdad no se debe adornar, razón por la cual no debemos ser excesivamente modestos. Hagamos pues a un lado todo vestigio de sentimentalismo, por culpa del cual nos apodaron nación de palomas, y seamos hombres. ¡No nos avergoncemos de reconocer públicamente nuestras virtudes! Qué hermoso es poder afirmar con osadía, "Sepa usted que yo soy un genio", cuando un hombre modesto diría imprudentemente, "Ya ve usted qué bestia soy".
Del mismo modo, un hombre razonable se coloca siempre en el primer plano de una manera inteligente y se grita a sí mismo: ¡Viva! Mientras que un hombre remilgado se queda sentado en el retrete, su compañero más feliz, después de haberse justipreciado debidamente, sabe triunfar en la vida pública. La melindrosidad constituye la peor faceta del carácter humano. Es un engaño envuelto en el pañuelo de la modestia, y precisamente en mí, hombre tan emérito y celebrado por toda la literatura, la política y la vida pública checa, sería una vergüenza, sería un pecado de lesa patria cometido en contra de toda la nación checa, que osara dejarla en la incertidumbre de si soy o no un hombre genial.
Por esta razón digo llanamente: en la historia de toda la humanidad ha habido solamente un individuo tan multifacéticamente perfecto, y ese soy yo. Tome, por ejemplo, alguno de mis cuentos extraordinariamente mejor logrados ¿Qué es lo que usted ve al dar vuelta a una y otra y otra página? Cada frase tiene un profundo sentido, cada palabra está en el lugar justo que le corresponde, todo está de acuerdo con la realidad. Si empiezo a describir un paisaje, usted lo tiene ante sí como si estuviera fotografiado y ve enfrente, como si estuvieran vivas las personas que le voy mostrando en el curso de una trama tejida de manera graciosísima. Al mismo tiempo, el checo en mis trabajos literarios es el más castizo, que sobrepuja en pureza al checo de la Biblia de Kralice. Es una delicia verdadera leer por lo menos una línea de mis trabajos, y cuando usted lo haga verá qué encanto inunda su alma, cómo va a entrar en calor, cómo una sonrisa de felicidad ya jamás se apartará de ese libro y lo llevará siempre consigo. Cuántas veces he sido testigo de que la gente pone a un lado una revista porque en ella no halla nada mío. Yo he hecho otro tanto, porque yo también me cuento entre mis admiradores y no hago de ello ningún secreto. Hago que mi esposa Jarmila, la mujer más graciosa y más inteligente del mundo, me lea cada trabajo impreso salido de mi pluma, y a cada frase que oigo no puedo reprimir una exclamación de admiración bien merecida: "¡Qué brillante, qué hermoso! ¡Qué cabeza la de ese señor Hašek!". Sin embargo esto lo mencioné nada más de paso porque es precisamente un documento excelente que demuestra el entusiasmo que despiertan mis trabajos literarios a los lectores, y estoy seguro de que miles y miles de ellos lo manifiestan con igual arrebato. Esa admiración me es cara porque brota de los corazones de una muchedumbre sumamente inteligente, para la cual seré por siempre el escritor más famoso del mundo. Yo mismo soy una muestra viva de la mendacidad de las noticias que divulgan críticos poco escrupulosos cuando afirman que en nuestro país no contamos con ningún escritor de talla mundial.
Ahora pasaré brevemente a valorar mi carácter.
Un hombre que escribe cosas tan hermosas como yo tiene por fuerza que tener también un alma hermosa, ¡y en las próximas lecciones para el Consejo del Imperio habrá seguramente posibilidades de que, una vez que se me elija por unanimidad de votos como representante por uno o más distritos, lave al parlamento austríaco la vergüenza de que hasta ahora no haya sesionado en él el hombre más noble del imperio austro-húngaro! Tal vez no necesite explicar que al referirme a ese hombre nobilísimo estoy pensando en mí mismo. Para finalizar, proclamaré explícitamente que también esto que acabo de pergeñar es una de los más grandes y nobles hechos puesto que: ¿Qué puede haber más hermoso que el que un hombre eleve a la cumbre de la gloria a alguien con absoluto desinterés? Con este capítulo se les abrirán los ojos a muchos que tal vez buscaron en este libro, en esta gran historia, una serie de libelos y de crítica despectiva de numerosas personalidades de la vida pública. ¡Si estas líneas son un libelo, entonces no sé que es de veras un libelo!


Jaroslav Hasek