Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.
martes, 6 de julio de 2010
Gabriel García Márquez - El ahogado mas hermoso del mundo
Novedades de Junio del 2010 [PACK-LIBROS]
libros: 84
peso: 54 MB
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Alvira, Mikel - El silencio de las hayas-doc.zip
Ashley, Shelley V. - Los pavos reales-doc.zip
Asturias, Miguel Angel - Week-end en Guatemala-doc.zip
Aust, Kurt - La hermandad invisible-doc.zip
Barcelo, Miquel - Ciencia Ficcion - Guia de Lectura-doc.zip
Benmalek, Anouar - La esclava-doc.zip
Bettelheim, Bruno - Psicoanalisis de los cuentos de hadas-doc.zip
Beverley, Jo - Company of rogues 07 - La amante del demonio-doc.zip
Brandewyne, Rebecca - La profecia misteriosa-doc.zip
Brown, Sandra - Pecado y redencion 2 - Los riesgos de amar-doc.zip
Buck, Pearl S. - Otros dioses-doc.zip
Canetti, Elias - La lengua absuelta-doc.zip
Clark, Mary Higgins - Recuerdos de otra vida-doc.zip
Collins, Larry - Laberinto-doc.zip
Cornick, Nicola - Fortune's Folly 3 - Una pasion inesperada-doc.zip
Crusie, Jennifer - Dempsey 2 - La falsificadora-doc.zip
Chantepleure, Guy de - Lil de los ojos color del tiempo-doc.zip
Dal Masetto, Antonio - Hay unos tipos abajo-doc.zip
Dani, Sinclair - Moriah's Landing 03 - Secretos en la oscuridad-doc.zip
Delinsky, Barbara - Nuestro secreto-doc.zip
Divina, La - Desde mis tacones-doc.zip
Driest, Burkhard - Toni Costa 1 - Lluvia roja-doc.zip
Evanovich, Janet - S. Plum 4 - Entre pillas anda el juego-doc.zip
Finch, Carol - Un corazon para conquistar-doc.zip
French, Tana - Gardai 1 - El silencio del bosque-doc.zip
French, Tana - Gardai 2 - En piel ajena-doc.zip
Gallego, Eduardo y Sanchez, Guillem - La cosecha del centauro-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Impulso creador-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Perry Mason 17 - El caso de la vela torcida-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Perry Mason 21 - El caso del gatito imprudente-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Perry Mason 71 - El caso del secreto de la
hijastra-doc.zip
Gardner, Erle Stanley - Perry Mason 73 - El caso de los herederos
asustados-doc.zip
Gifford, Blythe - Las hermanas de Wenston 1 - Un amor sincero-doc.zip
Gisbert, Joan Manuel - Los espejos venecianos-doc.zip
Glukhovsky, Dmitry - Metro 2033-doc.zip
Gomez, Ricardo - El cazador de estrellas-doc.zip
Hachmi, Najat el - El ultimo patriarca-doc.zip
Halperin, Jorge - Las muchachas peronistas-doc.zip
Hassel, Sven - Comando Reichsfuhrer Himmler-doc.zip
Henderson, Beth - Un cazafortunas-doc.zip
Howell, Hannah - Indomable-doc.zip
Jungstedt, Mari - Anders Knutas 2 - Nadie lo ha oido-doc.zip
Jungstedt, Mari - Anders Knutas 3 - Nadie lo conoce-doc.zip
Keller, Nora Okja - Hija del bambu-doc.zip
King, Stephen - La cupula-doc.zip
Lapidus, Jens - Negra de Estocolmo 2 - Nunca la jodas-doc.zip
Larraquy, Marcelo - Marcados a Fuego 01 - De Yrigoyen a Peron 1890-1945-doc.zip
Lewis, Sinclair - Babbitt-pdf.zip
London, Jack - Asesinatos, S. L.-doc.zip
Luna, Felix - Atahualpa Yupanqui-doc.zip
MacLean, Alistair - Cabo de Java-doc.zip
Macomber, Debbie - El corazon de Texas 8 - Confianza rota-doc.zip
Magin, Encarna - Suaves petalos de amor-doc.zip
Mallery, Susan - Las hermanas Keyes 2 - Dulces pecados-doc.zip
Marmen, Sonia - Alma de Highlander 03 - La tierra de las conquistas-doc.zip
Martin, Deirdre - New York Blades 5 - Mismo campo, otra temporada-doc.zip
Martini, Steve - El abogado-doc.zip
Mayne, Elizabeth - Noche de bodas-doc.zip
McCarty, Monica - Clan Campbell 1 - La fuerza del Highlander-doc.zip
McCarty, Monica - Clan Campbell 2 - El Highlander desterrado-doc.zip
McCarty, Monica - Clan Campbell 3 - El Highlander traicionado-doc.zip
Monroe, Lucy - Princesas del mar 6 - Tentacion en la noche-doc.zip
Muñoz Seca, Pedro - La venganza de Don Mendo (Ilustrado)-doc.zip
Navarro, Marysa - Evita-doc.zip
Norton, Sheila - Que pasa con Ally-doc.zip
Novak, Brenda - Angeles vengadores - El ultimo reducto 1 - Confia en mi-doc.zip
Novak, Brenda - AV - El ultimo reducto 2 - Suenios robados-doc.zip
O'Clare, Lorie - Penitencia-doc.zip
Onfray, Michel - Teoria del Cuerpo Enamorado-doc.zip
Pilcher, Rosamunde - Solsticio de invierno-doc.zip
Quinn, Paula - Lores 02 - El senior de la tentacion-doc.zip
Rice, Lisa Marie - Midnight 03 - Midnight angel-doc.zip
Robinson, Kim Stanley - Marte 1 - Marte rojo-doc.zip
Rock, Joanne - Secretos de alcoba-doc.zip
Saramago, Jose - Memorial del convento-doc.zip
Sendker, Jan-Philipp - El arte de escuchar los latidos del corazon-doc.zip
Shaffer, M A & Barrows, A - La sociedad literaria y el pastel de piel de patata
de Guernsey-doc.zip
Simmons, Deborah - Los hermanos de Burgh 4 - Una visita inesperada-doc.zip
Simmons, Deborah - Los hermanos de Burgh 5 - Amor y Magia-doc.zip
Stone, Jean - Volver al primer amor-doc.zip
Suskind, Patrick - La historia del Sr. Sommer [ilustrado]-doc.zip
Thibaux, Jean-Michel - En busca de Buda-doc.zip
Thompson, Dawn - El lobo de Ravencliff-doc.zip
Torres Quesada, Angel - Los vientos del olvido-doc.zip
Torres Santome, Jurjo - El curriculum oculto-doc.zip
Updike, John - El centauro-doc.zip
Uris, Leon - Mila 18-doc.zip
Wood, Barbara - Cancion de cuna-doc.zip
Wood, Barbara - Sombras de un pasado-doc.zip
York, Rebecca - 43 Light Street, 29 - Fuera del tiempo-doc.zip
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Jaime Sabines - Entresuelo
Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.
lunes, 5 de julio de 2010
Matrimonio entre gente rara
Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos. Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la Iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma no es más que una manera un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente sobre el que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: también estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”.
Veo ese tipo de críticas y respondo: si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
Este apoyo al matrimonio entre católicos circula por Internet y gana adhesiones que se cuentan de a cientos.
sábado, 3 de julio de 2010
Calvert Casey - La dicha
Con gran dificultad, Jorge cerró la última maleta. La cerradura se negaba a ajustar. Primero trató de cerrarla con una presión normal de la mano; luego, cuando comprobó consternado que el resorte no cedía para que entrara el pestillo, quiso hacerlo correr, pero sin éxito. Trató entonces de forzarlo. Notó que los dedos le temblaban ligeramente. Hacía calor, pero reconoció el origen de las gotas frías de sudor que le bajaban, una a una, desde las axilas hasta la cintura. Siempre que se sentía nervioso le ocurría lo mismo.
Trató de ocultarle a Dalia –ocupada en guardar en la cartera las últimas cosas para el viaje, el boletín, dinero– las dificultades con la cerradura. Pero Dalia lo veía todo.
–¿No cierra?
–Se ha trabado. Estas cosas siempre pasan a última hora.
–No vayas a forzarla.
–¿No ves que no la estoy forzando?– Jorge trató de dominar su irritación.
–No te impacientes. Haz las cosas despacio y verás que cierra. El tren no sale hasta las doce.
Jorge previó la dificultad de que la cerradura no funcionara a pesar de todos sus esfuerzos.
–En todo caso, puedes llevarla así; la otra cerradura es fuerte, aguantará.
–No, sí no cierra no me voy. No quiero arriesgarme con una maleta a medio cerrar. Con esos trenes como van... La mandamos arreglar el lunes y cambio el pasaje para el martes.
Jorge sintió otra gota solitaria y helada correrle por el costado.
–Tú siempre ahogándote en un vaso de agua. Si no cierra, le ponemos una soga para asegurarla y ya está.
–¿Cómo voy a viajar con una maleta amarrada con una soga? Además, ¿qué apuro tiene el viaje? A lo mejor es un aviso... Yo creo en esas cosas. Si no llego hoy, llego el martes, es lo mismo.
–¿Qué dirá tu familia? Pensarán que te ha pasado algo, o que yo no te dejo ir. Con todo lo mal que ya piensan de mí...
–El telégrafo lo inventaron hace largos años.
Era la lógica implacable de Dalia, que a veces provocaba en Jorge una sensación de ahogo. En sus momentos de ternura, solía invadirle un sentimiento de gratitud que se traducía en juramentos, en confesiones de una gran necesidad por ella, por su devoción, y en caricias en las que hubiera sido difícil saber dónde terminaba la gratitud y dónde comenzaba el deseo. Pero en los últimos tiempos los momentos de ternura habían disminuido y la desagradable sensación de ahogo se producía cada vez con mayor frecuencia.
Sonriendo, Dalia le señaló una llave que estaba en el suelo, junto a la maleta, muy visible, casi debajo de sus ojos. Jorge introdujo la pequeña llave en la cerradura, el resorte cedió, el pestillo pudo entrar y la maleta quedó cerrada.
Habían quedado en que él no iría a la estación. Le impacientaban las salas de espera, las estaciones y sobre todo los aeropuertos. Todos los lugares, en fin, donde su voluntad quedaba supeditada a la voluntad de los demás, o a fuerzas ocultas y misteriosas. Los aeropuertos lo aterraban. Aquel paciente rebaño de viajeros esperando a que una voz metálica y desagradable saliendo por un amplificador les ordenara abordar un aparato, que podía ser una trampa mortal. ¡Pobre gente! Además detestaba las despedidas, los trenes que no salían después que ya todo se había dicho y los últimos besos se habían dado; las demoras de última hora que hacían recomenzar el triste ceremonial hipócrita, y por fin la salida, para alivio de todos.
Jorge la besó al salir del apartamento, ya con todo listo. Antes de abrir la puerta experimentó el deseo inesperado de volver a sentir su contacto. Le tomó una mejilla y la besó una, dos, tres veces. Casi llegó a decirle: "Ven pronto", pero se contuvo. No estaba bien. Ella se dejó besar, pero le apretó fuertemente un hombro, hablándole casi al oído.
–Cuídate, aliméntate bien, Si te da el dolor, ya sabes dónde está la jeringuilla. Hiérvela en cuanto sientas algo y llama a la encargada. Es muy buena y viene en seguida, ya yo hablé con ella.
Llevaba un pañuelito absurdamente pequeño atado a la nuca, y a él le gustaba decirle que le daba un aire de campesina siciliana, aunque jamás hubiera visto una campesina siciliana. Ella lo llamaba su pañuelito de viaje, quizá porque lo sacaba del fondo de un armario cada vez que iba a visitar a su familia. Entonces él la encontraba linda. ¿Sería quizá porque se iba, y eso siempre le hacía sentir una extraña sensación de ternura y de culpa, o porque el pañuelito le quedaba tan bien, con los labios pintados y el olor a perfume que ella reservaba para los viajes y para las escasas salidas que hacían juntos? No, recordaba que siempre le había gustado verla con el pañuelito verde que le daba un aire más joven.
Recogió las dos maletas, salió delante de ella, que llevaba el neceser y cerró la puerta, y bajó sin detenerse hasta la calle.
Afortunadamente un taxi dejaba un pasajero en la puerta del edificio, y sin transiciones ni esperas enfadosas colocó las maletas en el asiento delantero. Dalia se instaló detrás y el auto partió.
–Cuídate– fue lo último que Jorge pudo oír.
Jorge subió lentamente las escaleras, con una profunda sensación de alivio, pero también de vacío, como si la tensión de las dos largas últimas horas, desde que se levantaron hasta que la puerta del taxi se cerró bruscamente, hubieran terminado por agotarlo.
En la escalera se encontró con la encargada, una mujer nerviosa y flaca, de voz chillona, agradable a su modo aunque algo entrometida. Era la única persona en el pretencioso y feo edificio que iba más allá del saludo frío y la sonrisa de compromiso que les reservaban los demás inquilinos –matrimonios viejos, matronas cargadas de niños que atronaban los corredores desde que aparentemente la noticia de que no estaban casados se filtró. Un muchacho que eternamente sentado en el zaguán estrecho jugaba con juguetes demasiado pequeños para su edad, miraba a Jorge y a Dalia como a fenómenos de circo cada vez que entraban o salían del edificio.
–¿Solito, eh?– le dijo la encargada en el primer rellano.
–Imagínese.
–Cualquier cosa que necesite, no tenga pena.
–Gracias.
Jorge se imaginó a la flaca mujer precipitándose sobre él, jeringuilla en ristre, y clavándosela sin compasión, y casi se rió, divertido, mientras subía lentamente las escaleras interminables. Detestaba el edificio. Tanta respetabilidad y ni un mal ascensor.
Cuando llegó arriba, decidió darse una ducha y poner un poco de orden en el apartamento antes de almorzar. Miró el reloj. Las once y media. Pensó en las horas, que ahora pasarían lentamente. La espera de días, de semanas enteras, se encerraba en esas horas. Trabajando en la casa correrían más pronto.
Pero no hizo nada. Sintió un agudo cansancio, con el cual no había contado. Se echó un rato en la cama, aún deshecha, y se quedó profundamente dormido.
Despertó con un sobresalto violento. Consultó el reloj y se dio cuenta de que había dormido horas. No tendría tiempo de almorzar. Trató de organizar sus ideas lo mejor posible. Midió el tiempo. Aún podría ordenar el apartamento, ventilar la habitación, tender la cama con sábanas limpias, cambiar las toallas. Y el baño. El baño era imprescindible. Mientras el agua se calentaba en el calentador de la cocina –no podía soportar el agua fría, ni siquiera en verano– arreglaría un poco las demás habitaciones, el cuarto donde leía y trataba algunas veces de aislarse.
Mientras ordenaba, examinó con ojos críticos, como si lo viera por primera vez, el escaso mobiliario de las habitaciones, la cretona con arabescos de los muebles, que hacía juego con la cretona desvaída de las cortinas. ¿Para qué cortinas en un clima tan caliente? ¿Y por qué no flores? ¿Por qué Dalia detestaría las flores? Él las amaba y a veces las compraba y las traía a la casa, como en las películas. Pero sabía que Dalia las aceptaba, esperando el momento en que comenzaran a marchitarse para tirarlas. Daban mosquitos.
Echó una última mirada apresurada al apartamento, queriendo abarcar hasta el último rincón: todo en orden. Un poco sin vida, como estéril, seco, impersonal, pero en orden, por lo menos limpio. (¿Y por qué hoy le parecía sin vida si otras veces le parecía un pequeño paraíso de intimidad y confort, sobre todo algunas tardes en que Dalia le leía?)
Voló a la ducha. El agua tibia corrió por todo su cuerpo, refrescándolo y calmándolo. Tendría tiempo para enjabonarse dos veces. El día estaba fresco, pero había sudado tanto con las maletas. Se secó bien, se refrescó aún más la piel con colonia, y comenzó a vestirse ante el espejo del cuarto.
Aunque lo esperaba –sólo Dios sabía cuánto tiempo había estado esperándolo–, cuando oyó el toque seco de la aldaba en la puerta, el corazón le dio un vuelco. Qué firme, nada de vacilaciones, tuvo tiempo de pensar mientras se alisaba por última vez el cabello. El toque se repitió de nuevo, suave, con igual firmeza, mientras él corría. La idea de Dalia lo asaltó inoportuna al acercarse a la puerta, sin que pudiera explicarse por qué: el pañuelito verde, las recomendaciones. Abrió la puerta de par en par.
Era Laura.
La mano le tembló sobre la cerradura. Comprobó aliviado que no había nadie en el corredor, que ninguno de sus antipáticos vecinos la había visto llegar. Pero el temblor y la comprobación fueron arrastrados por la presencia de Laura, por la sonrisa tranquila, por la serenidad profunda de los ojos enormes, por el cabello exquisitamente peinado, por el amarillo del vestido de lino, por la voz pastosa, calmada y ligeramente irónica, que ahora interrumpía la contemplación estática de él.
–¿Se puede?
¡Laura! ¡Laura! Cuánto tiempo había esperado este instante mágico en que la vería aparecer en el umbral de la puerta, en que su figura se destacaría contra la luz mortecina del corredor. Cuántas veces había imaginado la escena: Laura sonriendo, Laura esperando, Laura repitiendo el toque en la puerta, contrariada de no encontrarlo. ¡Qué torpe, pero qué torpe había sido! Había planeado acercarse a una ventana que se abría sobre la escalera y, sin que ella se percatara, contemplarla esperando frente a la puerta, esperando a que él abriera, esperando por él, impacientándose –porque ella se impacientaba con facilidad–, llamando nuevamente a la puerta, y luego él corriendo y abrazándola apasionadamente. Pero se había olvidado ¡qué torpe! de su pequeño plan, y de tantos otros planes, sueños, proyectos, cuyo único objeto era detener para siempre aquel instante: Laura visitándolo por primera vez, la voz de Laura resonando en el
pisito y transformándolo, el vestido de Laura crujiendo levemente –¡pero qué tonto!, ya los vestidos no crujían, eso era antes, en las novelas–, pero sí, el vestido de Laura crujiría levemente cuando ella entrara, él lo quería así y así sería.
Y sólo le quedó rendirse ante la evidencia de la sonrisa tranquila, del traje de lino amarillo que parecía absorber toda la luz de la salita –él había entornado las persianas para este momento– y de la mano pequeña que se alzaba hasta el cabello para comprobar que estaba en su lugar, y, con un gesto torpe, pedirle que entrara.
Los primeros instantes fueron embarazosos. Ella dejó sobre un mueble su bolso de mano –un bolso que a él le pareció muy grande– y comenzó a examinar la habitación.
–Así que vives aquí.
Como él no atinaba a decir nada, absorto en su contemplación, ella volvió a examinar la pieza y repitió las mismas palabras, que a él le parecieron cargadas de una verdad profunda. Vino a salvarlo la comprobación, casi simultánea, en los dos, de que en su apuro a él se le había olvidado ponerse los zapatos y la había recibido descalzo. Estallaron en una carcajada ruidosa –quizá demasiado ruidosa– y entonces él pudo abrazarla.
Al principio sintió un temor mortal de que ella opusiera resistencias absurdas. Las mujeres eran así; cuando parecían dispuestas a todo, algún temor inexplicable, algo parecido a una defensa contra una amenaza invisible que se cerniera sobre todo el género y que sólo ellas podían prever, lo echaba a perder todo. Aunque en realidad, si alguien había opuesto resistencia era él–, resistencia a verse en cines oscuros de los que se salía con una frustración dolorosa, y más tarde en hotelitos tristes, de paredes sin pintar, que a él le parecía que abarataban su amor y acabarían por estrangularlo. No, no; esperarían para poder verse sin la tiranía del lugar y el tiempo. Y él sin explicar mucho, y ella sin preguntar nada, esperaron pacientemente a que llegaran estos días de libertad suprema, limitados por el regreso de un tren que acababa de partir.
Pero todos sus temores se desvanecieron con el primer abrazo, prolongado, algo tembloroso, atravesado de suspiros de alivio.
Ella había venido a entregarse.
Y toda aquella tarde, hasta bien oculto el sol, Jorge sintió que se iban sumergiendo en capas cada vez más espesas y profundas de dicha, ignorantes a todo, al transcurrir de las horas, al gradual oscurecimiento de la casa, a los ruidos de la calle, al timbre insistente del teléfono, a una llamada a la puerta, a las voces de sus vecinos, al cese de los ruidos en la casa, al latido del reloj que acabó por detenerse, al mundo.
Con la extinción de la luz y de la natural capacidad de arrobamiento, sobrevinieron la calma y el silencio. Jorge hubiera deseado que el silencio se prolongara, pero Laura no permitió que durara mucho y lo rompió, hablando de cosas que él no oía muy bien y tampoco quería entender. De su gran bolso comenzó a extraer cosas que confirmaron las sospechas de Jorge y lo hicieron sonreír: un pijama, cepillos (¿por qué tantos cepillos?), un libro, polvos, una mota nueva y suave (como su piel, pensó Jorge), ropa interior, las servilletas absorbentes para el cutis sin las cuales las mujeres parecen encontrar la vida imposible, extraños objetos de lata que (Jorge lo supo después) eran para el pelo. Pero ¿por qué hablaría Laura mientras extraía las cosas de su bolso sin fondo y las iba colocando sobre la cómoda? ¿Eran necesarias las palabras?
Jorge comenzó a preparar la cena. Durante semanas había planeado una pequeña colación íntima para esta noche. Había pensado llevar hasta la salita una mesa plegable, que nunca se utilizaba y él había reparado en secreto, e instalarla junto al balcón, sin abrir las puertas para evitar las miradas indiscretas, pero con las persianas entornadas para que la brisa de la noche los refrescara. Cuántas veces había imaginado los cabellos de Laura tocados por la brisa, agitándose casi imperceptiblemente, provocando aquel gesto tan suyo de alisárselos.
Pero Jorge decidió bruscamente que comerían en el comedor; así todo resultaría más simple. Se había hecho demasiado tarde, y despachada la cena podrían entregarse después a la conversación.
La comida transcurrió en silencio. Todo lo que durante tanto tiempo Jorge había planeado decirle –o no decirle– en esta primera noche de verdadera, de real intimidad, las frases felices, las pausas cargadas de significación, transidas de magia, cedió el lugar a simples observaciones.
–Parece mentira, ¿verdad?
–Verdad.
–Ya ves, todo llega.
–Lo importante es esperar.
–Verdad.
–¡Qué calor!, ¿eh?
–Tremendo.
No era cierto. Hacía rato que el terral soplaba benigno, casi paradisíaco, sobre la ciudad, refrescándola.
Jorge pensó intensamente –muy intensamente– en su felicidad. Levantó la mesa mientras Laura se retocaba en el baño. Sin proponérselo contó las veces que la llave del agua se abría y se cerraba.
De una gaveta, Jorge extrajo una pitillera que había comprado para esta ocasión, preparó dos vasitos de licor, un cenicero, fósforos, y tal como había planeado lo colocó todo en el suelo de la salita, sobre una servilleta limpia. A Laura le agradarían esos detalles. Luego apagó la luz, abrió el balcón y se tendió en el suelo. Silenciosamente, Laura se acostó a su lado y lo besó ligeramente en un hombro. Jorge sintió cierta tristeza inexplicable, que el bienestar de la digestión fue disipando.
Pero la brisa terminó por hacerse molesta y decidieron cerrar el balcón. Instantes después, el calor en la pequeña pieza los sofocaba. El sueño, que Jorge sintió llegar con una mezcla de contrariedad y alivio, fue al fin más fuerte que ellos y a los pocos minutos dormían pesadamente. Jorge no pudo precisar el momento en que abandonaron el duro suelo y siguieron durmiendo en el cuarto.
Tal como lo había planeado, Jorge se levantó muy temprano –quizá demasiado temprano–, fue a la cocina e hizo café, fuerte, como sabía que le gustaba a Laura. Cuando regresó al cuarto con la pequeña taza humeante, la contempló largamente antes de decidirse a despertarla. Se le ocurrió que los que duermen se retiran a un mundo ferozmente personal y remoto, que se basta a sí mismo, donde todo (y todos) deviene superfluo. Casi dormida, ella tomó el café, le sonrió con ojos borrosos y el mundo privado volvió a cerrarse tras ella.
Pero cuando volvió a la habitación, Jorge se dio cuenta de que estaba despierta y fingía dormir.
Tendido junto a ella, Jorge oyó los ruidos de la casa, las voces de sus vecinas que se saludaban en la escalera, el motor de los primeros ómnibus, una voz que gritaba a lo lejos titulares de periódicos, el gotear de una llave de agua, la respiración ahora irregular de Laura, su propia respiración. Luego sintió a Laura canturrear casi imperceptiblemente a su lado. Quizá miraba al techo.
Consultó el reloj; recordó que se había detenido la noche anterior. Pero no necesitaba reloj para saber que era muy temprano, demasiado temprano, y que el día. un día muy largo, acababa de comenzar. Cerrando los ojos con fuerza para no ver la luz del sol, y para impedir que las lágrimas corrieran, Jorge deseó ardientemente que el tiempo pasara y no pasara.
viernes, 2 de julio de 2010
Gabriel Celaya - Más allá del pecado
Más allá del pecado,
indecible te adoro,
y al buscar mis palabras,
sólo encuentro unos besos.
Donde tu vientre es combo,
fugitiva tu espalda,
oloroso tu cuerpo,
te quiero.
En el pecho, en la nuca,
te quiero.
En el cáliz secreto,
te quiero.
Cuando el volcán refulge,
y arde lava en la noche,
en tu montaña ardiente,
te quiero.
Más allá de la muerte,
extraño me reavivo,
y al tomarte desnuda
sólo brasas alumbro.
En el pecho, en la nuca,
te quiero.
En el cáliz secreto,
te quiero.
Más allá del pecado
indecible te adoro,
y al buscar mis palabras,
sólo encuentro unos besos.
Anton Chejov - El beso
El veinte de mayo a las ocho de la tarde las seis baterías de la brigada de artillería de la reserva de N, que se dirigían al campamento, se detuvieron a pernoctar en la aldea de Mestechki. En el momento de mayor confusión, cuando unos oficiales se ocupaban de los cañones y otros, reunidos en la plaza junto a la verja de la iglesia, escuchaban a los aposentadores, por detrás del templo apareció un jinete en traje civil montando una extraña cabalgadura. El animal, un caballo bayo, pequeño, de hermoso cuello y cola corta, no caminaba de frente sino un poco al sesgo, ejecutando con las patas pequeños movimientos de danza, como si se las azotaran con el látigo. Llegado ante los oficiales, el jinete alzó levemente el sombrero y dijo:
-Su Excelencia el teniente general Von Rabbek, propietario del lugar, invita a los señores oficiales a que vengan sin dilación a tomar el té en su casa...
El caballo se inclinó, se puso a danzar y retrocedió de flanco; el jinete volvió a alzar levemente el sombrero, y un instante después desapareció con su extraña montura tras la iglesia.
-¡Maldita sea! -rezongaban algunos oficiales al dirigirse a sus alojamientos-. ¡Con las ganas que uno tiene de dormir y el Von Rabbek ese nos viene ahora con su té! ¡Ya sabemos lo que eso significa!
Los oficiales de las seis baterías recordaban muy vivamente un caso del año anterior, cuando durante unas maniobras, un conde terrateniente y militar retirado los invitó del mismo modo a tomar el té, y con ellos a los oficiales de un regimiento de cosacos. El conde, hospitalario y cordial, los colmó de atenciones, les hizo comer y beber, no les dejó regresar a los alojamientos que tenían en el pueblo y les acomodó en su propia casa. Todo eso estaba bien y nada mejor cabía desear, pero lo malo fue que el militar retirado se entusiasmó sobremanera al ver aquella juventud. Y hasta que rayó el alba les estuvo contando episodios de su hermoso pasado, los condujo por las estancias, les mostró cuadros de valor, viejos grabados y armas raras, les leyó cartas autógrafas de encumbrados personajes, mientras los oficiales, rendidos y fatigados, escuchaban y miraban deseosos de verse en sus camas, bostezaban con disimulo acercando la boca a sus mangas. Y cuando, por fin, el dueño de la casa los dejó libres era ya demasiado tarde para irse a dormir.
¿No sería también de ese estilo el tal Von Rabbek? Lo fuese o no, nada podían hacer. Los oficiales se cambiaron de ropa, se cepillaron y marcharon en grupo a buscar la casa del terrateniente. En la plaza, cerca de la iglesia, les dijeron que a la casa de los señores podía irse por abajo: detrás de la iglesia se descendía al río, se seguía luego por la orilla hasta el jardín, donde las avenidas conducían hasta el lugar; o bien se podía ir por arriba: siguiendo desde la iglesia directamente el camino que a media versta del poblado pasaba por los graneros del señor. Los oficiales decidieron ir por arriba.
-¿Quién será ese Von Rabbek? -comentaban por el camino-. ¿No será aquel que en Pleven mandaba la división N de caballería?
-No, aquel no era Von Rabbek, sino simplemente Rabbek, sin von.
-¡Ah, qué tiempo más estupendo!
Ante el primer granero del señor, el camino se bifurcaba: un brazo seguía en línea recta y desaparecía en la oscuridad de la noche; el otro, a la derecha, conducía a la mansión señorial. Los oficiales tomaron a la derecha y se pusieron a hablar en voz más baja... A ambos lados del camino se extendían los graneros con muros de albañilería y techumbre roja, macizos y severos, muy parecidos a los cuarteles de una capital de distrito. Más adelante brillaban las ventanas de la mansión.
-¡Señores, buena señal! -dijo uno de los oficiales-. Nuestro séter va delante de todos; ¡eso significa que olfatea una presa!
El teniente Lobitko, que iba en cabeza, alto y robusto, pero totalmente lampiño (tenía más de veinticinco años, pero en su cara redonda y bien cebada aún no aparecía el pelo, váyase a saber por qué), famoso en toda la brigada por su olfato y habilidad para adivinar a distancia la presencia femenina, se volvió y dijo:
-Sí, aquí debe de haber mujeres. Lo noto por instinto.
Junto al umbral de la casa recibió a los oficiales Von Rabbek en persona, un viejo de venerable aspecto que frisaría en los sesenta años, vestido en traje civil. Al estrechar la mano a los huéspedes, dijo que estaba muy contento y se sentía muy feliz, pero rogaba encarecidamente a los oficiales que, por el amor de Dios, le perdonaran si no les había invitado a pasar la noche en casa. Habían llegado de visita dos hermanas suyas con hijos, hermanos y vecinos, de suerte que no le quedaba ni una sola habitación libre.
El general les estrechaba la mano a todos, se excusaba y sonreía, pero se le notaba en la cara que no estaba ni mucho menos tan contento por la presencia de los huéspedes como el conde del año anterior y que sólo había invitado a los oficiales por entender que así lo exigían los buenos modales. Los propios oficiales, al subir por la escalinata alfombrada y escuchar sus palabras, se daban cuenta de que los habían invitado a la casa únicamente porque resultaba violento no hacerlo, y, al ver a los criados apresurarse a encender las luces abajo en la entrada, y arriba en el recibidor, empezó a parecerles que con su presencia habían provocado inquietud y alarma. ¿Podía ser grata la presencia de diecinueve oficiales desconocidos allí donde se habían reunido dos hermanas con sus hijos, hermanos y vecinos, sin duda con motivo de alguna fiesta o algún acontecimiento familiar?
Arriba, a la entrada de la sala, acogió a los huéspedes una vieja alta y erguida, de rostro ovalado y cejas negras, muy parecida a la emperatriz Eugenia. Con sonrisa amable y majestuosa, decía sentirse contenta y feliz de ver en su casa a aquellos huéspedes, y se excusaba de no poder invitar esta vez a los señores oficiales a pasar la noche en la casa. Por su bella y majestuosa sonrisa que se desvanecía al instante de su rostro cada vez que por alguna razón se volvía hacia otro lado, resultaba evidente que en su vida había visto muchos señores oficiales, que en aquel momento no estaba pendiente de ellos y que, si los había invitado y se disculpaba, era sólo porque así lo exigía su educación y su posición social.
En el gran comedor donde entraron los oficiales, una decena de varones y damas, unos entrados en años y jóvenes otros, estaban tomando el té en el extremo de una larga mesa. Detrás de sus sillas, envuelto en un leve humo de cigarros, se percibía un grupo de hombres. En medio del grupo había un joven delgado, de patillas pelirrojas, que, tartajeando, hablaba en inglés en voz alta. Más allá del grupo se veía, por una puerta, una estancia iluminada, con mobiliario azul.
-¡Señores, son ustedes tantos que no es posible hacer su presentación! -dijo en voz alta el general, esforzándose por parecer muy alegre-. ¡Traben conocimiento ustedes mismos, señores, sin ceremonias!
Los oficiales, unos con el rostro muy serio y hasta severo, otros con sonrisa forzada, y todos sintiéndose en una situación muy embarazosa, saludaron bien que mal, inclinándose, y se sentaron a tomar el té.
Quien más desazonado se sentía era el capitán ayudante Riabóvich, oficial de pequeña estatura y algo encorvado, con gafas y unas patillas como las de un lince. Mientras algunos de sus camaradas ponían cara seria y otros afectaban una sonrisa, su cara, sus patillas de lince y sus gafas parecían decir: «¡Yo soy el oficial más tímido, el más modesto y el más gris de toda la brigada!» En los primeros momentos, al entrar en la sala y luego sentado a la mesa ante su té, no lograba fijar la atención en ningún rostro ni objeto. Las caras, los vestidos, las garrafitas de coñac de cristal tallado, el vapor que salía de los vasos, las molduras del techo, todo se fundía en una sola impresión general, enorme, que alarmaba a Riabóvich y le inspiraba deseos de esconder la cabeza. De modo análogo al declamador que actúa por primera vez en público, veía todo cuanto tenía ante los ojos, pero no llegaba a comprenderlo (los fisiólogos llamaban «ceguera psíquica» a ese estado en que el sujeto ve sin comprender). Pero algo después, adaptado ya al ambiente, empezó a ver claro y se puso a observar. Siendo persona tímida y poco sociable, lo primero que le saltó a la vista fue algo que él nunca había poseído, a saber: la extraordinaria intrepidez de sus nuevos conocidos. Von Rabbek, su mujer, dos damas de edad madura, una señorita con un vestido color lila y el joven de patillas pelirrojas, que resultó ser el hijo menor de Von Rabbek, tomaron con gesto muy hábil, como si lo hubieran ensayado de antemano, asiento entre los oficiales, y entablaron una calurosa discusión en la que no podían dejar de participar los huéspedes. La señorita lila se puso a demostrar con ardor que los artilleros estaban mucho mejor que los de caballería y de infantería, mientras que Von Rabbek y las damas entradas en años sostenían lo contrario. Empezaron a cruzarse las réplicas. Riabóvich observaba a la señorita lila, que discutía con gran vehemencia cosas que le eran extrañas y no le interesaban en absoluto, y advertía que en su rostro aparecían y desaparecían sonrisas afectadas.
Von Rabbek y su familia hacían participar con gran arte a los oficiales en el debate, pero al mismo tiempo estaban pendientes de vasos y bocas, de si todos bebían, si todos tenían azúcar y por qué alguno de los presentes no comía bizcocho o no tomaba coñac. A Riabóvich, cuanto más miraba y escuchaba, tanto más agradable le resultaba aquella familia falta de sinceridad, pero magníficamente disciplinada.
Después del té, los oficiales pasaron a la sala. El instinto no había engañado al teniente Lobitko: en la sala había muchas señoritas y damas jóvenes. El séter-teniente se había plantado ya junto a una rubia muy jovencita vestida de negro e, inclinándose con arrogancia, como si se apoyara en un sable invisible, sonreía y movía los hombros con gracia. Probablemente contaba alguna tontería muy interesante, porque la rubia miraba con aire condescendiente el rostro bien cebado y le preguntaba con indiferencia: «¿De veras?» Y de aquel indolente «de veras», el séter, de haber sido inteligente, habría podido inferir que difícilmente le gritarían «¡Busca!»
Empezó a sonar un piano; un vals melancólico escapó volando de la sala por las ventanas abiertas de par en par, y todos recordaron, quién sabe por qué motivo, que más allá de las ventanas empezaba la primavera y que aquella era una noche de mayo. Todos notaron que el aire olía a hojas tiernas de álamo, a rosas y a lilas. Riabóvich, en quien, bajo el influjo de la música, empezó a dejarse sentir el coñac que había tomado, miró con el rabillo del ojo la ventana, sonrió y se puso a observar los movimientos de las mujeres, hasta que llegó a parecerle que el aroma de las rosas, de los álamos y de las lilas no procedían del jardín, sino de las caras y de los vestidos femeninos.
El hijo de Von Rabbek invitó a una cenceña jovencita y dio con ella dos vueltas a la sala. Lobitko, deslizándose por el parquet, voló hacia la señorita lila y se lanzó con ella a la pista. El baile había comenzado... Riabóvich estaba de pie cerca de la puerta, entre los que no bailaban, y observaba. En toda su vida no había bailado ni una sola vez y ni una sola vez había estrechado el talle de una mujer honesta. Le gustaba enormemente ver cómo un hombre, a la vista de todos, tomaba a una doncella desconocida por el talle y le ofrecía el hombro para que ella colocara su mano, pero de ningún modo podía imaginarse a sí mismo en la situación de tal hombre. Hubo un tiempo en que envidiaba la osadía y la maña de sus compañeros y sufría por ello; la conciencia de ser tímido, cargado de espaldas y soso, de tener un tronco largo y patillas de lince, lo hería profundamente, pero con los años se había acostumbrado. Ahora, al contemplar a quienes bailaban o hablaban en voz alta, ya no los envidiaba, experimentaba tan solo un enternecimiento melancólico.
Cuando empezó la contradanza, el joven Von Rabbek se acercó a los que no bailaban e invitó a dos oficiales a jugar al billar. Éstos aceptaron y salieron con él de la sala. Riabóvich, sin saber qué hacer y deseoso de tomar parte de algún modo en el movimiento general, los siguió. De la sala pasaron al recibidor y recorrieron un estrecho pasillo con vidrieras, que los llevó a una estancia donde ante su aparición se alzaron rápidamente de los divanes tres soñolientos lacayos. Por fin, después de cruzar una serie de estancias, el joven Von Rabbek y los oficiales entraron en una habitación pequeña donde había una mesa de billar. Empezó el juego.
Riabóvich, que nunca había jugado a nada que no fueran las cartas, contemplaba indiferente junto al billar a los jugadores, mientras que éstos, con las guerreras desabrochadas y los tacos en las manos, daban zancadas, soltaban retruécanos y gritaban palabras incomprensibles. Los jugadores no paraban mientes en él; sólo de vez en cuando alguno de ellos, al empujarlo con el codo o al tocarlo inadvertidamente con el taco, se volvía y le decía «Pardon!». Aún no había terminado la primera partida cuando le empezó a parecer que allí estaba de más, que estorbaba. De nuevo se sintió atraído por la sala y se fue.
Pero en el camino de retorno le sucedió una pequeña aventura. A la mitad del recorrido se dio cuenta de que no iba por donde debía. Se acordaba muy bien de que tenía que encontrarse con las tres figuras de lacayos soñolientos, pero había cruzado ya cinco o seis estancias, y era como si a aquellas figuras se las hubiera tragado la tierra. Percatándose de su error, retrocedió un poco, dobló a la derecha y se encontró en un gabinete sumido en la penumbra, que no había visto cuando se dirigía a la sala de billar. Se detuvo unos momentos, luego abrió resuelto la primera puerta en que puso la vista y entró en un cuarto completamente a oscuras. Enfrente se veía la rendija de una puerta por la que se filtraba una luz viva; del otro lado de la puerta, llegaban los apagados sones de una melancólica mazurca. También en el cuarto oscuro, como en la sala, las ventanas estaban abiertas de par en par, y se percibía el aroma de álamos, lilas y rosas...
Riabóvich se detuvo pensativo... En aquel momento, de modo inesperado, se oyeron unos pasos rápidos y el leve rumor de un vestido, una anhelante voz femenina balbuceó «¡Por fin!», y dos brazos mórbidos, perfumados, brazos de mujer sin duda, le envolvieron el cuello; una cálida mejilla se apretó contra la suya y al mismo tiempo resonó un beso. Pero acto seguido la que había dado el beso exhaló un breve grito y Riabóvich tuvo la impresión de que se apartaba bruscamente de él con repugnancia. Poco faltó para que también él profiriera un grito, y se precipitó hacia la rendija iluminada de la puerta...
Cuando volvió a la sala, el corazón le martilleaba y las manos le temblaban de manera tan notoria que se apresuró a esconderlas tras la espalda. En los primeros momentos le atormentaban la vergüenza y el temor de que la sala entera supiera que una mujer acababa de abrazarlo y besarlo, se retraía y miraba inquieto a su alrededor, pero, al convencerse de que allí seguían bailando y charlando tan tranquilamente como antes, se entregó por entero a una sensación nueva, que hasta entonces no había experimentado ni una sola vez en la vida. Le estaba sucediendo algo raro... El cuello, unos momentos antes envuelto por unos brazos mórbidos y perfumados, le parecía untado de aceite; en la mejilla, a la izquierda del bigote, donde lo había besado la desconocida, le palpitaba una leve y agradable sensación de frescor, como de unas gotas de menta, y lo notaba tanto más cuanto más frotaba ese punto. Todo él, de la cabeza a los pies, estaba colmado de un nuevo sentimiento extraño, que no hacía sino crecer y crecer... Sentía ganas de bailar, de hablar, de correr al jardín, de reír a carcajadas... Se olvidó por completo de que era encorvado y gris, de que tenía patillas de lince y «un aspecto indefinido» (así lo calificaron una vez en una conversación de señoras que él oyó por azar). Cuando pasó por su vera la mujer de Von Rabbek, le sonrió con tanta amabilidad y efusión que la dama se detuvo y lo miró interrogadora.
-¡Su casa me gusta enormemente...! -dijo Riabóvich, ajustándose las gafas.
La generala sonrió y le contó que aquella casa había pertenecido ya a su padre. Después le preguntó si vivían sus padres, si llevaba en la milicia mucho tiempo, por qué estaba tan delgado y otras cosas por el estilo... Contestadas sus preguntas, siguió ella su camino, pero después de aquella conversación Riabóvich comenzó a sonreír aún con más cordialidad y a pensar que lo rodeaban unas personas magníficas...
Durante la cena, Riabóvich comió maquinalmente todo cuanto le sirvieron. Bebía y, sin oír nada, procuraba explicarse la reciente aventura. Lo que acababa de sucederle tenía un carácter misterioso y romántico, pero no era difícil de descifrar. Sin duda, alguna señorita o dama se había citado con alguien en el cuarto oscuro, había estado esperando largo rato y, debido a sus nervios excitados, había tomado a Riabóvich por su héroe. Esto resultaba más verosímil dado que Riabóvich, al pasar por la estancia oscura, se había detenido caviloso, es decir, tenía el aspecto de una persona que también espera algo... Así se explicaba Riabóvich el beso que había recibido.
«Pero ¿quién será ella? -pensaba, examinando los rostros de las mujeres-. Debe de ser joven, porque las viejas no acuden a las citas. Estaba claro, por otra parte, que pertenecía a un ambiente cultivado, y eso se notaba por el rumor del vestido, por el perfume, por la voz...»
Detuvo la mirada en la señorita lila, que le gustó mucho; tenía hermosos hombros y brazos, rostro inteligente y una voz magnífica. Riabóvich deseó, al contemplarla, que fuese precisamente ella y no otra la desconocida... Pero la joven se echó a reír con aire poco sincero y arrugó su larga nariz, que le pareció la nariz de una vieja. Entonces trasladó la mirada a la rubia vestida de negro. Era más joven, más sencilla y espontánea, tenía unas sienes encantadoras y se llevaba la copa a los labios con mucha gracia. Entonces Riabóvich habría deseado que esa fuese aquella. Pero poco después le pareció que tenía el rostro plano, y volvió los ojos hacia su vecina...
«Es difícil adivinar -pensaba, dando libre curso a su fantasía-. Si de la del vestido lila se tomaran solo los hombros y los brazos, se les añadieran las sienes de la rubia y los ojos de aquella que está sentada a la izquierda de Lobitko, entonces...»
Hizo en su mente esa adición y obtuvo la imagen de la joven que lo había besado, la imagen que él deseaba, pero que no lograba descubrir en la mesa.
Terminada la cena, los huéspedes, ahítos y algo achispados, empezaron a despedirse y a dar las gracias. Los anfitriones volvieron a disculparse por no poder ofrecerles alojamiento en la casa.
-¡Estoy muy contento, muchísimo, señores! -decía el general, y esta vez era sincero (probablemente porque al despedir a los huéspedes la gente suele ser bastante más sincera y benévola que al darles la bienvenida). ¡Estoy muy contento! ¡Quedan invitados para cuando estén de regreso! ¡Sin cumplidos! Pero ¿por dónde van? ¿Quieren pasar por arriba? No, vayan por el jardín, por abajo, el camino es más corto.
Los oficiales se dirigieron al jardín. Después de la brillante luz y de la algazara, pareció muy oscuro y silencioso. Caminaron sin decir palabra hasta la portezuela. Estaban algo bebidos, alegres y contentos, pero las tinieblas y el silencio los movieron a reflexionar por unos momentos. Probablemente, a cada uno de ellos, como a Riabóvich, se le ocurrió pensar en lo mismo: ¿llegaría también para ellos alguna vez el día en que, como Rabbek, tendrían una casa grande, una familia, un jardín y la posibilidad, aunque fuera con poca sinceridad, de tratar bien a las personas, de dejarlas ahítas, achispadas y contentas?
Salvada la portezuela, se pusieron a hablar todos a la vez y a reír estrepitosamente sin causa alguna. Andaban ya por un sendero que descendía hacia el río y corría luego junto al agua misma, rodeando los arbustos de la orilla, los rehoyos y los sauces que colgaban sobre la corriente. La orilla y el sendero apenas se distinguían y la orilla opuesta se hallaba totalmente sumida en las tinieblas. Acá y allá las estrellas se reflejaban en el agua oscura, tremolaban y se distendían, y sólo por esto se podía adivinar que el río fluía con rapidez. El aire estaba en calma. En la otra orilla gemían los chorlitos soñolientos, y en esta un ruiseñor, sin prestar atención alguna al tropel de oficiales, desgranaba sus agudos trinos en un arbusto. Los oficiales se detuvieron junto al arbusto, lo sacudieron, pero el ruiseñor siguió cantando.
-¿Qué te parece? -Se oyeron unas exclamaciones de aprobación-. Nosotros aquí a su lado y él sin hacer caso, ¡valiente granuja!
Al final el sendero ascendía y desembocaba cerca de la verja de la iglesia. Allí los oficiales, cansados por la subida, se sentaron y se pusieron a fumar. En la otra orilla apareció una débil lucecita roja y ellos, sin nada que hacer, pasaron un buen rato discutiendo si se trataba de una hoguera, de la luz de una ventana o de alguna otra cosa... También Riabóvich contemplaba aquella luz y le parecía que ésta le sonreía y le hacía guiños, como si estuviera en el secreto del beso.
Llegado a su alojamiento, Riabóvich se apresuré a desnudarse y se acostó. En la misma isba que él se albergaban Lobitko y el teniente Merzliakov, un joven tranquilo y callado, considerado entre sus compañeros como un oficial culto, que leía siempre, cuando podía, el Véstnik Yevrópy, que llevaba consigo. Lobitko se desnudó, estuvo un buen rato paseando de un extremo a otro, con el aire de un hombre que no está satisfecho, y mandó al ordenanza a buscar cerveza. Merzliakov se acostó, puso una vela junto a su cabecera y se abismó en la lectura del Véstnik.
«¿Quién sería?», pensaba Riabóvich mirando el techo ahumado.
El cuello aún le parecía untado de aceite y cerca de la boca notaba una sensación de frescor como la de unas gotas de menta. En su imaginación centelleaban los hombros y brazos de la señorita de lila. Las sienes y los ojos sinceros de la rubia de negro. Talles, vestidos, broches. Se esforzaba por fijar su atención en aquellas imágenes, pero ellas brincaban, se extendían y oscilaban. Cuando en el anchuroso fondo negro que toda persona ve al cerrar los ojos desaparecían por completo tales imágenes, empezaba a oír pasos presurosos, el rumor de un vestido, el sonido de un beso, y una intensa e inmotivada alegría se apoderaba de él... Mientras se entregaba a este gozo, oyó que volvía el ordenanza y comunicaba que no había cerveza. Lobitko se indignó y se puso a dar zancadas otra vez.
-¡Si será idiota! -decía, deteniéndose ya ante Riabóvich ya ante Merzliakov-. ¡Se necesita ser estúpido e imbécil para no encontrar cerveza! Bueno, ¿no dirán que no es un canalla?
-Claro que aquí es imposible encontrar cerveza -dijo Merzliakov, sin apartar los ojos del Véstnik Yevrópy.
-¿No? ¿Lo cree usted así? -insistía Lobitko-. Señores, por Dios, ¡arrójenme a la luna y allí les encontraré yo enseguida cerveza y mujeres! Ya verán, ahora mismo voy por ella... ¡Llámenme miserable si no la encuentro!
Tardó bastante en vestirse y en calzarse las altas botas. Después encendió un cigarrillo y salió sin decir nada.
-Rabbek, Grabbek, Labbek -se puso a musitar, deteniéndose en el zaguán-. Diablos, no tengo ganas de ir solo. Riabóvich, ¿no quiere darse un paseo?
Al no obtener respuesta, volvió sobre sus pasos, se desnudó lentamente y se acostó. Merzliakov suspiró, dejó a un lado el Véstník Yevrópy y apagó la vela.
-Bueno... -balbuceó Lobitko, encendiendo un pitillo en la oscuridad.
Riabóvich metió la cabeza bajo la sábana, se hizo un ovillo y empezó a reunir en su imaginación las vacilantes imágenes y a juntarlas en un todo. Pero no logró nada. Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños.
Cuando despertó, la sensación de aceite en el cuello y de frescor de menta cerca de los labios ya había desaparecido, pero la alegría, igual que la víspera, se le agitaba en el pecho como una ola. Miró entusiasmado los marcos de las ventanas dorados por el sol naciente y prestó oído al movimiento de la calle. Al pie mismo de las ventanas hablaban en voz alta. El jefe de la batería de Riabóvich, Lebedetski, que acababa de alcanzar a la brigada, conversaba con su sargento primero en voz muy alta, como tenía por costumbre.
-¿Y qué más? -gritaba el jefe.
-Ayer, al herrar los caballos, señoría, herraron a Golúbchik. El practicante le aplicó un emplaste de arcilla con vinagre. Ahora lo conducen de la rienda, aparte. Y también ayer, su señoría, el herrador Artémiev se emborrachó y el teniente mandó que lo ataran en el avantrén de una cureña de repuesto.
El sargento primero informó además de que Kárpov había olvidado los nuevos cordones de las trompetas y las estaquillas de las tiendas, y de que los señores oficiales habían estado de visita la noche anterior en casa del general Von Rabbek. En plena conversación, apareció en el vano de la ventana la barba roja de Lebedetski. Miró con los ojos miopes semientornados las soñolientas caras de los oficiales y los saludó.
-¿Todo marcha bien? -preguntó.
-El caballo limonero se ha hecho una rozadura en la cerviz -respondió Lobitko bostezando-. Ha sido con la nueva collera.
El jefe suspiró, reflexionó unos momentos y dijo en voz alta:
-Pues yo pienso ir a ver a Aleksandra Yevgráfovna. Tengo que visitarla. Bueno, adiós. Los alcanzaré antes de que anochezca.
Un cuarto de hora después, la brigada se puso en marcha. Cuando pasaba por delante de los graneros del señor, Riabóvich miró a la derecha hacia la casa. Las ventanas tenían las celosías cerradas. Evidentemente, allí dormía aún todo el mundo. También dormía aquella que la víspera lo había besado. Se la quiso imaginar durmiendo. La ventana de la alcoba abierta de par en par, las ramas verdes mirando por aquella ventana, la frescura matinal, el aroma de álamos, de lilas, y de rosas, la cama, la silla y en ella el vestido que el día anterior rumoreaba, las zapatillas, el pequeño reloj en la mesita, todo se lo representaba él con claridad y precisión, pero los rasgos de la cara, la linda sonrisa soñolienta, precisamente aquello que era importante y característico, le resbalaba en la imaginación como el mercurio entre los dedos. Recorrida una media versta, miró hacia atrás: la iglesia amarilla, la casa, el río y el jardín se hallaban inundados de luz; el río, con sus orillas de acentuado verdor, reflejando en sus aguas el cielo azul y mostrando algún que otro lugar plateado por el sol, era hermoso. Riabóvich lanzó una última mirada a Mestechki y experimentó una profunda tristeza, como si se separara de algo muy íntimo y entrañable.
En cambio, en la ruta sólo aparecían ante los ojos cuadros sin ningún interés, conocidos desde hacía mucho tiempo... A derecha y a izquierda, campos de centeno joven y de alforfón, por los que saltaban los grajos. Miras hacia adelante y sólo ves polvo y nucas; miras hacia atrás, y ves el mismo polvo y caras... Delante marchan cuatro hombres armados con sables: forman la vanguardia. Tras ellos va el grupo de cantores, a los que siguen los trompetas, que montan a caballo. La vanguardia y los cantores, como los empleados de las pompas fúnebres que llevan antorchas en los entierros, olvidan a cada momento la distancia que estipula el reglamento y se adelantan demasiado... Riabóvich se encuentra en la primera pieza de la quinta batería. Ve las cuatro baterías que le preceden. A una persona que no sea militar, la fila larga y pesada que forma una brigada en marcha le parece un baturrillo enigmático, poco comprensible; no entiende por qué alrededor de un solo cañón van tantos hombres, ni por qué lo arrastran tantos caballos guarnecidos con un extraño atelaje como si la pieza fuera realmente terrible y pesada. En cambio, para Riabóvich todo es comprensible y, por ello, carece del menor interés. Sabe hace ya tiempo por qué al frente de cada batería cabalga junto al oficial un vigoroso suboficial, y por qué se llama «delantero»; a la espalda de este suboficial se ve al conductor del primer par de caballos, y luego al del par central; Riabóvich sabe que los caballos de la izquierda, en los que los conductores montan, se llaman de ensillar, y los de la derecha se llaman de refuerzo. Eso no tiene ningún interés. Detrás del conductor van dos caballos limoneros. Uno de ellos lo cabalga un jinete con el polvo de la última jornada en la espalda y con un madero tosco y ridículo sobre la pierna derecha; Riabóvich sabe para qué sirve ese madero y no le parece ridículo. Todos los que montan a caballo agitan maquinalmente los látigos y de vez en cuando gritan. El cañón por sí mismo es feo. En el avantrén van los sacos de avena, cubiertos con una lona impermeabilizada, y del cañón propiamente dicho cuelgan teteras, macutos de soldado y saquitos; todo eso le da un aspecto de pequeño animal inofensivo al que, no se sabe por qué razón, rodean hombres y caballos. A su flanco, por la parte resguardada del viento, marchan balanceando los brazos seis servidores. Detrás de la pieza se encuentran otra vez nuevos artilleros, conductores, caballos limoneros, tras los cuales se arrastra un nuevo cañón tan feo y tan poco imponente como el primero. Al segundo 1e siguen el tercero y el cuarto. Junto a este va un oficial, y así sucesivamente. La brigada consta en total de seis baterías y cada batería tiene cuatro cañones. La columna se extiende una media versta. Se cierra con un convoy a cuya vera, bajando su cabeza de largas orejas, marcha cavilosa una figura en sumo grado simpática: el asno Magar, traído de Turquía por uno de los jefes de batería.
Riabóvich miraba indiferente adelante y atrás, a las nucas y a las caras. En otra ocasión se habría adormilado, pero esta vez se sumergía por entero en sus nuevos y agradables pensamientos. Al principio, cuando la brigada acababa de ponerse en marcha, quiso persuadirse de que la historia del beso sólo podía tener el interés de una aventura pequeña y misteriosa, pero que en realidad era insignificante, y que pensar en ella seriamente resultaba por lo menos estúpido. Pero pronto mandó a paseo la lógica y se entregó a sus quimeras... Ora se imaginaba en el salón de Von Rabbek, al lado de una joven parecida a la señorita de lila y a la rubia de negro; ora cerraba los ojos y se veía con otra joven totalmente desconocida de rasgos muy imprecisos; mentalmente le hablaba, la acariciaba, se inclinaba sobre su hombro, se representaba la guerra y la separación, después el encuentro, la cena con la mujer y los hijos...
-¡A los frenos! -resonaba la voz de mando cada vez que se descendía una cuesta.
Él también exclamaba «¡A los frenos!», temiendo que ese grito interrumpiera sus ensueños y lo devolviera a la realidad.
Al pasar por delante de una hacienda, Riabóvich miró por encima de la empalizada al jardín. Apareció ante sus ojos una avenida larga, recta como una regla, sembrada de arena amarilla y flanqueada de jóvenes abedules... Con la avidez del hombre embebido en sus sueños, se representó unos piececitos de mujer caminando por la arena amarilla, y de manera totalmente inesperada se perfiló en su imaginación, con toda nitidez, aquella que lo había besado y que él había logrado fantasear la noche anterior durante la cena. La imagen se fijó en su cerebro y ya no ló abandonó.
Al mediodía, detrás, cerca del convoy, resonó un grito:
-¡Alto! ¡Vista a la izquierda! ¡Señores oficiales!
En una carretela arrastrada por un par de caballos blancos, se acercó el general de la brigada. Se detuvo junto a la segunda batería y gritó algo que nadie comprendió. Varios oficiales, entre ellos Riabóvich, se le acercaron al galope.
-¿Qué tal? ¿Cómo vamos? -preguntó el general, entornando los ojos enrojecidos-. ¿Hay enfermos?
Obtenidas las respuestas, el general, pequeño y enteco, reflexionó y dijo, volviéndose hacia uno de los oficiales:
-El conductor del limonero de su tercer cañón se ha quitado la rodillera y el bribón la ha colgado en el avantrén. Castíguelo.
Alzó los ojos hacia Riabóvich y prosiguió:
-Me parece que usted ha dejado los tirantes demasiado largos...
Hizo aún algunas aburridas observaciones, miró a Lobitko y se sonrió:
-Y usted, teniente Lobitko, tiene un aire muy triste -dijo-. ¿Siente nostalgia por Lopujova? ¡Señores, echa de menos a Lopujova!
Lopujova era una dama muy entrada en carnes y muy alta, que había rebasado hacía ya tiempo los cuarenta. El general, que tenía una debilidad por las féminas de grandes proporciones cualquiera que fuese su edad, sospechaba la misma debilidad en sus oficiales. Ellos sonrieron respetuosamente. El general de la brigada, contento por haber dicho algo divertido y venenoso, rió estrepitosamente, tocó la espalda de su cochero y se llevó la mano a la visera. El coche reemprendió la marcha.
«Todo eso que ahora sueño y que me parece imposible y celestial, es en realidad muy común» -pensaba Riabóvich mirando las nubes de polvo que corrían tras la carretela del general-. «Es muy corriente y le sucede a todo el mundo... Por ejemplo, este general en su tiempo amó; ahora está casado y tiene hijos. El capitán Vájter también está casado y es querido, aunque tiene una feísima nuca roja y carece de cintura... Salmánov es tosco, demasiado tártaro, pero ha tenido también su idilio terminado en boda... Yo soy como los demás, y antes o después sentiré lo mismo que todos...»
La idea de que era un hombre como tantos y de que también su vida era una de tantas, lo alegró y reconfortó. Ya se la representaba osadamente a ella, y también su propia felicidad, sin poner freno alguno a su imaginación.
Cuando por la tarde la brigada hubo llegado a su destino y los oficiales descansaban en las tiendas, Riabóvich, Merzliakov y Lobitko se sentaron a cenar alrededor de un baúl. Merzliakov comía sin apresurarse, masticaba despacio y leía el Véstnik Yevrópy que sostenía sobre las rodillas. Lobitko hablaba sin parar y se servía cerveza. Y Riabóvich, con la cabeza turbia por los sueños de toda la jornada, callaba y bebía. Después del tercer vaso, se achispó, se debilitó y experimentó un irresistible deseo de compartir su nueva impresión con sus compañeros.
-Me sucedió algo extraño en casa de esos Von Rabbek... -empezó a decir, procurando imprimir a su voz un tono de indiferencia burlona-. Había ido, no sé si lo saben, a la sala de billar...
Se puso a contar con todo detalle la historia del beso y al minuto se calló... En aquel minuto lo había contado todo y le sorprendía tremendamente que hubiera necesitado tan poco tiempo para su relato. Le parecía que de aquel beso habría podido hablar hasta la madrugada. Habiéndolo escuchado, Lobitko, que contaba muchas trolas y por esta razón no creía a nadie, lo miró desconfiado y sonrió. Merzliakov enarcó las cejas y tranquilamente, sin apartar la mirada del Véstnik Yevrópy, dijo:
-¡Que Dios lo entienda! Arrojarse al cuello de alguien sin antes haber preguntado quién era... Se trataría de una psicópata.
-Sí, debía de ser una psicópata... -asintió Riabóvich.
-Una vez me ocurrió a mí un caso análogo... -dijo Lobitko, poniendo ojos de susto-. Iba el año pasado a Kovno... Tomé un billete de segunda clase... El vagón estaba de bote en bote y no había manera de dormir. Di medio rublo al revisor... Él cogió mi equipaje y me condujo a un compartimiento... Me acosté y me cubrí con la manta. Estaba oscuro, ¿comprenden? De súbito noté que alguien me ponía la mano en el hombro y respiraba ante mi cara... Abrí los ojos, y figúrense, ¡era una mujer! Los ojos negros, los labios rojos como carne de salmón, las aletas de la nariz latiendo de pasión frenesí, los senos, unos amortiguadores de tren...
-Permítame -lo interrumpió tranquilamente Merzliakov-, lo de los senos se comprende, pero ¿cómo podía usted ver los labios si estaba oscuro?
Lobitko empezó a salirse por la tangente y a burlarse de la poca perspicacia de Merzliakov. Esto molesté a Riabóvich, que se apartó del baúl, se acostó y se prometió no volver a hacer nunca confidencias.
Empezó la vida del campamento... Transcurrían los días muy semejantes unos a los otros. Durante todos ellos, Riabóvich se sentía, pensaba y se comportaba como un enamorado. Cada mañana, cuando el ordenanza lo ayudaba a levantarse, al echarse agua fría a la cabeza se acordaba de que había en su vida algo bueno y afectuoso.
Por las tardes, cuando sus compañeros se ponían a hablar de amor y de mujeres, él escuchaba, se les acercaba y adoptaba una expresión como la que suele aflorar en los rostros de los soldados al oír el relato de una batalla en la que ellos mismos han participado. Y las tardes en que los oficiales superiores, algo alegres, con el séter-Lobitko a la cabeza, emprendían alguna correría donjuanesca por el arrabal, Riabóvich, que tomaba parte en tales salidas, solía ponerse triste, se sentía profundamente culpable y mentalmente le pedía a ella perdón... En las horas de ocio o en las noches de insomnio, cuando le venían ganas de rememorar su infancia, a su padre, a su madre y, en general, todo lo que era familiar y entrañable, también se acordaba, infaliblemente, de Mestechki, del raro caballo, de Von Rabbek, de su mujer parecida a la emperatriz Yevguenia, del cuarto oscuro, de la rendija iluminada de la puerta...
El treinta y uno de agosto regresaba del campamento, pero ya no con su brigada, sino con dos baterías. Durante todo el camino soñó y se impacientó como si volviera a su lugar natal. Deseaba con toda el alma ver de nuevo el caballo extraño, la iglesia, la insincera familia Von Rabbek y el cuarto oscuro. La «voz interior» que con tanta frecuencia engaña a los enamorados le susurraba, quién sabe por qué, que la vería sin falta... Unos interrogantes lo torturaban: ¿cómo se encontraría con ella?, ¿de qué le hablaría?, ¿no habría olvidado ella el beso? En el peor de los casos, pensaba, aunque no se encontraran, para él ya resultaría agradable el mero hecho de pasar por el cuarto oscuro y recordar...
Hacia la tarde se divisaron en el horizonte la conocida iglesia y los blancos graneros. A Riabóvich empezó a palpitarle el corazón... No escuchaba al oficial que cabalgaba a su lado y le decía alguna cosa, se olvidó de todo contemplando con avidez el río que brillaba en lontananza, la techumbre de la casa, el palomar encima del cual revoloteaban las palomas iluminadas por el sol poniente.
Se acercaron a la iglesia y luego, al escuchar al aposentador, esperaba a cada instante que por detrás del templo apareciera el jinete e invitara a los oficiales a tomar el té, pero... el informe de los aposentadores tocó a su fin, los oficiales bajaron de sus cabalgaduras y se dispersaron por el pueblo, y el jinete no comparecía.
«Ahora Von Rabbek se enterará de nuestra llegada por los mujiks y mandará por nosotros», pensaba Riabóvich al entrar en una isba, sin comprender por qué su compañero encendía una vela ni por qué los ordenanzas se apresuraban a preparar los samovares...
Una penosa inquietud se apoderé de él. Se acostó, después se levantó y miró por la ventana si llegaba el jinete. Pero no había jinete. Volvió a acostarse. Media hora más tarde se levantó y, sin poder dominar su inquietud, salió a la calle y dirigió sus pasos hacia la iglesia. La plaza, cerca de la verja, estaba oscura y desierta... Tres soldados se habían detenido, juntos y callados, al mismísimo borde del sendero. Al ver a Riabóvich, salieron de su ensimismamiento y lo saludaron. Él se llevó la mano a la visera y empezó a bajar por el conocido sendero.
Por encima de la otra orilla, el cielo se había teñido de un color purpúreo: salía la luna. Dos campesinas, charlando en voz alta, andaban por un huerto arrancando hojas de col; tras los huertos negreaban algunas isbas... Y en la orilla de este lado, todo era igual que en mayo: el sendero, los arbustos, los sauces inclinados sobre el agua... Sólo no se oía al valiente ruiseñor, ni se notaba olor a álamo y a hierba tierna.
Ante el jardín, Riabóvich miró por la portezuela. El jardín estaba oscuro y silencioso... Sólo se distinguían los troncos blancos de los abedules próximos y un pequeño tramo de la avenida, todo lo demás se confundía en una masa negra. Riabóvich aguzaba el oído y miraba ávidamente, pero, tras haber permanecido allí alrededor de un cuarto de hora sin oír ni un ruido y sin haber visto una luz, volvió sobre sus pasos...
Se acercó al río. Ante él se destacaban la caseta de baños del general y unas sábanas colgadas en las barandillas del puentecillo. Subió al pequeño puente, se detuvo un poco, tocó sin necesidad una de las sábanas, que encontró áspera y fría. Miró hacia abajo, al agua... El río se deslizaba rápido y apenas se le oía rumorear junto a los pilotes de la caseta. La luna roja se reflejaba cerca de la orilla; pequeñas ondas corrían por su reflejo alargándola, despedazándola, como si quisieran llevársela.
«¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido! -pensaba Riabóvich contemplando la corriente-. ¡Qué poco inteligente es todo esto.»
Ahora que ya no esperaba nada, la historia del beso, su impaciencia, sus vagas esperanzas y su desencanto se le aparecían con vívida luz. Ya no le parecía extraño que no se hubiera presentado el jinete enviado por el general, ni no ver nunca a aquella que casualmente lo había besado a él en lugar de otro. Al contrario, lo raro sería que la viera.
El agua corría no se sabía hacia dónde ni para qué. Del mismo modo corría en mayo; el riachuelo, en el mes de mayo, había desembocado en un río caudaloso, y el río en el mar; después se había evaporado, se había convertido en lluvia, y quién sabe si aquella misma agua no era la que en este momento corría otra vez ante los ojos de Riabóvich... ¿A santo de qué? ¿Para qué?
Y el mundo entero, la vida toda, le parecieron a Riabóvich una broma incomprensible y sin objeto. Apartando luego la vista del agua y tras haber elevado los ojos al cielo, recordó otra vez cómo el destino en la persona de aquella mujer desconocida lo había acariciado por azar, se acordó de sus ensueños y visiones estivales, y su vida le pareció extraordinariamente aburrida, mísera y gris.
Cuando regresó a su isba, no encontró en ella a ninguno de sus compañeros. El ordenanza le informó que todos se habían ido a casa del «general Fontriabkin», que había mandado un jinete a invitarlos... Por un instante el gozo estalló en el pecho de Riabóvich, pero él se apresuró a apagar aquella llama, se acostó y, para contrariar a su destino, como si deseara vejarle, no fue a casa del general.
jueves, 1 de julio de 2010
Andres Calamaro - On The Rock
CD 1
01. Barcos (con El Cigala)
02. Te extraño (con Langui)
03. El Pasodoble de los amigos ausentes
04. Todos se van
05. Los Divinos
06. Flor de Samurai
07. Insoportablemente Cruel (con Calle 13)
08. Tres Marías (con Vicentico)
09. Te solté la rienda (con Enrique Bunbury)
10. Me Envenenaste
11. Gomontonera
12. El Perro
CD 2 Bonus:
13. Insoportablemente rmx
14. Tres Marias (con Pablo Lescano)
15. Samurai Central Station
16. Tortura china
17. Todos se van Armonia molecular
18. Tres marias NCPQ
19. Perdoname
20. Vasos vacios

