viernes, 26 de noviembre de 2010

Andre Brito

Andre Brito

Malcolm Lowry - Bajo el volcán

Con los ojos de la mente volvió a ver «Los Borrachones», aquella extraordinaria imagen colgada en la pared de Laruelle, sólo que ahora adquiría un aspecto un tanto distinto. ¿Acaso no tendría otro significado ese cuadro, carente de intención como su humorismo, más allá de lo simbólicamente obvio? Vio que aquellos personajes con aspecto de espíritus, aparentemente se volvían más libres, más separados, y sus nobles rostros característicos tornaban a ser más característicos, más nobles, mientras mayor era su ascenso hacia la luz; aquellos seres rubicundos que se semejaban a demonios amontonados, se volvían más parecidos entre sí, más juntos, más semejantes a un único demonio mientras mayor era su cercanía a las tinieblas. Tal vez esto no fuera tan ridículo. Cuando él había luchado por elevarse, como al principio de su existencia con Yvonne, ¿acaso los «rasgos» de la vida no habían parecido aclararse, animarse más, los amigos y enemigos volverse más identificables, los problemas especiales, las escenas, y con ellos el sentido de su propia realidad, más separados de sí mismo? ¿Y no resultó que, mientras más se hundía mayor era la tendencia de aquellos rasgos a disimularse, a obstruirse y resolverse, para, a la larga, transformarse en algo apenas mejor que horrendas criaturas de su hipócrito yo interno y externo, o de su lucha, si la lucha existía aún? Sí, pero aunque lo hubiera deseado, anhelado, este mismo mundo material, por ilusorio que fuese, pudo haberse convertido en aliado para indicarle el buen camino. En este caso no habría habido recurrencia, por medio de voces irreales y engañosas y formas de disolución que cada vez se asemejaban más a una sola voz, a una muerte más muerta que la muerte misma, sino una infinita dilatación, una infinita evolución y extensión de límites, en que el espíritu era una entidad, perfecta e íntegra: ¡ah! ¿quién sabe por qué fue ofrecido al hombre —por acosada que fuese su suerte— el amor? Y sin embargo, tenía que enfrentarse a ello: había caído, caído, caído hasta... pero ahora mismo se percataba de no haber llegado enteramente hasta el fondo. Todavía no era el fin completo. Era como si su caída se hubiese detenido sobre un estrecho borde, borde desde el que no podía subir ni bajar, y sobre el cual yacía bañado en sangre y medio aturdido mientras que allá abajo, en las lejanas profundidades, aguardaba el abismo bostezando.

Fragmento de Bajo el volcán

jueves, 25 de noviembre de 2010

Alexandra Catiere

Alexandra Catiere

Carlos Sampayo - Duke Ellington & John Coltrane

Sobre esas pesadillas y anhelos, el polvo también flotaba, acechando. En su ingravidez, era la constatación de nuestra espera, la imagen casi corpórea del éxtasis y la inocencia ávida con que recibimos la novedad de que John Coltrane y Duke Ellington habían grabado un disco juntos. En él, otra vez gracias a los buenos oficios de Bob Thiele, que seguramente se creía el Dios de los monoteístas, se acabarían las discusiones sobre la autenticidad de uno u otro signo. No habría más batallas entre modernistas y clasicistas (llamados tradicionalistas en las playas remotas), ni furibundas miradas ni sabotajes: Ellington, que en los años veinte había sido tan hot como Armstorng o Sidney Bechet, permitía que el primero entre los heterodoxos, un bulímico espiritualista lleno de manías y con la sorpresa de la destrucción encerrada en su cuerpo, entrara en sus aparentemente democráticos dominios para un coloquio entre iguales, paralelos, independientes, superpuestos y complementarios.

Duke Ellington & John Coltrane comienza con un conmovedor “In a Sentimental Mood” donde Duke, inventor de la melodía, perfila mediante una figura repetida, de consistencia frágil, un estado de ánimo que no es exactamente sentimental sino el de la rememoración de otro estado de ánimo. La fórmula de su mano derecha, combinada con las notas largas de Coltrane, es mágica. En esa época el saxofonista tenía la costumbre de calmarse la ansiedad con enormes vasos de agua caliente, sustancia exenta de cualquier significado. Las otras siete piezas del repertorio del disco, ya encaminadas por la primera, ponen al descubierto combinaciones tan extrañas como lo son las que sustentan cualquier amistad profunda o relación de amor entre personas moralmente equilibradas (donde bien puede tratarse de dos inmorales, dos asesinos, dos artistas)... aunque Coltrane y Ellington no eran amigos; más de uno puso en duda que, después del experimento, volvieran a cruzarse más allá que en ocasión de algún festival de jazz. El uno con sus grandes vasos de agua caliente, el otro con sus gotas de codeína en los ojos, en las piadosamente conocidas como “las ojeras de Ellington”.

martes, 23 de noviembre de 2010

Leni Riefenstahl

Leni Riefenstahl

Eduardo Galeano - Los nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida,
            jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja
            de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

de El libro de los abrazos

lunes, 22 de noviembre de 2010

MARIO BENEDETTI – ASALTO EN LA NOCHE

Doña Valentina Palma de Abreu, 49 años, viuda desde sus 41, se despertó bruscamente a las 2 de a madrugada. Le pareció que el ruido venía del living. Sin encender la luz, y así como estaba, en camisón, dejó la cama y caminó con pasos afelpados hacia el ambiente mayor del confortable piso. Entonces sí encendió la luz. Tres metros más allá, de pie y con expresión de desconcierto, estaba un hombre joven, de vaqueros azules y gabardina desabrochada.

- Hola! -dijo ella. Debido tal vez a la brevedad del saludo, logró no tartamudear.

- Usted perdone -dijo el intruso- Me habían informado que usted estaba de viaje. Pensé que no había nadie.

- Ah. Y a qué se debe la visita?

- Tenía la intención de llevarme algunas cositas.

- Cómo pudo entrar?

- Por la cocina. No tuve que forzar la cerradura. En estas lides soy bastante habilidoso.

- Puedo saber si está armado?

- No me ofenda. Siempre averiguo antes de llevar a cabo una operación. Esta vez no me informé bien, lo reconozco. Pero solo decido operar cuando estoy seguro de que no voy a encontrar a nadie. Y si es así, para qué necesito armas?

- Y qué cositas le habrían interesado? Me imagino que sabrá que a esta hora intempestiva no es fácil largarse con un televisor de 22"" o un horno microondas, o una porcelana de Lladró.

- Tiene todo eso? Enhorabuena. Pero en estas excursiones de medianoche no me dedico a mercaderías de difícil transporte. Prefiero joyas, dinero en efectivo (si es posible, dólares, o en todo caso marcos), alguna antigüedad mas bien chiquita, que quepa en un bolsillo de la gabardina. Cosas así, rendidoras, de buen gusto, de escaso riesgo o fáciles de convertir en vil metal.

- Desde cuándo se dedica a una profesión tan lucrativa y con tanto futuro?

- Dos años y cuatro meses.

- Que precisión

- Lo que pasa es que mi primer procedimiento lo efectué al día siguiente de mi cumpleaños número treinta y cuatro.

- Y qué lo impulsó a tomar este rumbo?

- Mire, señora, yo soy casi arquitecto. en realidad, me faltan tres materias y la carpeta final. Pero me estaba muriendo de hambre. Tal vez usted no sepa que aquí el trabajo escasea. Por otra parte, no tengo padres ni tíos que me financien la vida. Ni siquiera padrino. Como dicen en España, estoy más solo que la una. Y ya lo ve, desde que emprendí mis excursiones nocturnas, al menos sobrevivo. Y hasta ahorro. Cuando tenga lo suficiente, creo que me compraré un taxi. Sé de otros dos casi arquitectos y un casi ingeniero que se decidieron por el taxi y les va bien.

- Y en ese caso abandonaría estas gangas clandestinas?

- No lo creo. El taxi sería sólo un complemento.

Doña Valentina, viuda de Abreu, entendió que era el momento de sonreír. Y sonrió.

- Qué le parece si dejamos para más tarde la elección de las cositas que compondrán su amable pillaje de esta noche, y ahora nos tomamos un trago?

Al hombre le llevó unos minutos acostumbrarse a esta nueva sorpresa, pero al final asintió.

- Está bien. Veo que usted asume con serenidad las situaciones inesperadas.

- Qué quería? Que me pusiera a temblar?

- De ninguna manera. Es mucho mejor así.

La dueña de casa se dirigió al barcito de caoba y extrajo dos vasos.

- Qué whisky prefiere? Escocés, irlandés o americano?

- Irlandés, por supuesto.

- Yo también. Con o sin hielo?

Una vez servidas las exactas medidas en los largos vasos de cristal azulado, posiblemente de Bohemia, el intruso levantó el suyo.

- Brindemos, señora.

- Por qué o por quién?

- Por la comprensión de la alta burguesía nacional.

- Salud! Y también por la frustración arquitectónica.

Cuando iban por la segunda copa, doña Valentina midió al hombre con una mirada que tenía un poco de cálculo y otro poco de seducción. Pensó además que era el momento de recuperar su sonrisa. Y la recuperó.

- Ahora dígame una cosa. En su botín de esta noche, no le interesaría mi camisón?

- Su camisón?

- si. Le advierto que bajo el camisón no tengo nada abajo. Tiene autorización para quitármelo.

- Pero.

- Acaso éste es un cuerpo demasiado viejo para usted?

- No, señora, le confieso que usted luce muy bien.

- Quiere decir: muy bien para mis años?

- Muy bien, sencillamente.

- Hace ocho años que quedé viuda y desde entonces no me he acostado con nadie. Qué opina de esa abstinencia mi asaltante particular?

- Señora, no necesito decirle que estoy a sus órdenes.

- Por favor, no me digas señora. Y tutéame.

- Te quito el camisón?

Ante el gesto de aprobación de la mujer, y antes de dedicarse al camisón de marras, el buen hombre se quitó la gabardina, los vaqueros, y el resto de su ropa, modesta pero limpia. A esa altura, ella había decidido no aguardar la iniciativa del otro y lo esperaba desnuda.

En la cama doble, el asaltante probó que no sólo era experto en rapiñas nocturnas, sino también en otros quehaceres de la noche. Por su parte, doña Valentina, a pesar de su prolongado ayuno de viuda, demostró a su vez que no había perdido su memoria erótica.

Igual que con el whisky, también con el sexo repitieron el brindis. Al final, ella lo besó con franca delectación, pero a continuación vino el anuncio.

- Ahora vamos a lo concreto, no te parece? Tenés que irte antes de que amanezca. Por razones obvias, que se llaman portero, proveedores, etcétera. Vamos, vestite. Y después veremos qué cositas podés llevarte.

Mientras él se vestía, y a pesar de su oferta anterior, ella volvió a ponerse el camisón.

Luego abrió las puertas de un placard, que en el fondo tenía un cofre. De éste fue extrayendo paquetitos de dólares y otras menudencias

- Qué tal? Hay algo que quisieras llevarte?

Sobre una mesita de roble fue depositando joyas de oro, brillantes, esmeraldas. También un reloj suizo ("era de mi marido, es un Rolex legítimo"), una petaca de marfil y otras chucherías de lujo.

- También está este revólver de colección. Dicen que perteneció a un coronel nazi. Te interesa?

Cuando el hombre, que había estado examinando las joyas, levantó la vista, ella oprimió el gatillo. El disparo alcanzó al tipo en la cabeza. Se derrumbó junto a la cama doble. Ella recogió todo el material en exhibición y lo volvió a guardar en el cofre. Todo, menos el revólver.

Luego de comprobar que el hombre estaba muerto, pasó cuidadosamente sobre el cadáver. Por un momento le puso el arma en la mano derecha, sólo para dejar constancia de sus huellas. Luego la recuperó y la dejó sobre la cama. Después fué al baño, se lavó varias veces la cara y las manos. También usó el bidet.

Entonces fue al living, reintegró la botella a su sitio, llevó los largos vasos de cristal azul a la cocina y allí los lavó, los secó y volvió al living para guardarlos. Luego levantó el tubo del teléfono y discó un número.

- Policía? Habla Doña Valentina Palma, viuda de Abreu, domiciliada en la avenida Tal, número tal y cual, apartamento 8-B. Les pido por favor que vengan aquí, urgentemente. Un asaltante entró, no sé cómo ni por dónde, en mi casa para robar. Por si eso fuera poco, intentó violarme. Constantemente me amenazaba con un revólver, pero se confió demasiado y de pronto no sé de dónde saqué fuerzas para arrebatarle el arma y sin vacilar le disparé. Tengo la impresión de que acabé con él. En defensa propia, claro. Vengan enseguida, porque la impresión y el susto han sido tremendos y les confieso que estoy a punto de desmayarme.

George Rodger

George Rodger